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El peligroso ajedrez de Corea del Norte

El peligroso ajedrez de Corea del Norte

El reciente ensayo nuclear norcoreano -el sexto desde 2006- encendió las alarmas a nivel global porque esta vez sí se habría tratado de la detonación de una bomba de hidrógeno (un dispositivo de fusión), cuya capacidad destructiva es muy superior a la de una bomba nuclear tradicional (por fisión). Y que Pyongyang asegura que puede emplazar en un misil balístico de largo alcance.

El último punto aún es discutible, considerando las fallas que han tenido muchos de sus proyectiles. Pero lo que sí es un hecho indesmentible, es que Corea del Norte es un actor nuclear real y no pretende abandonar esa condición.

De los seis ensayos nucleares, solo dos fueron realizados por Kim Jong-il, padre del actual gobernante, lo que demuestra el interés de Kim Jong-un de consolidar lo más rápido posible este poderío no convencional. Y los motivos son varios.

El primer lugar, con cada ensayo o prueba de misiles balísticos, Kim consolida su liderazgo ante las fuerzas armadas norcoreanas, que son un pilar fundamental de este régimen dinástico que solo ha conocido a tres gobernantes desde su nacimiento (Kim Jong-un, su padre y su abuelo). Y además, potencia el nacionalismo y el apoyo incondicional de una población civil que no tiene acceso libre a internet, telefonía celular o medios de comunicación, y que ha sido adoctrinada desde la infancia en torno a la idea de que Estados Unidos y buena parte de Occidente solo buscan su destrucción.

En ese contexto, el programa nuclear también es una poderosa garantía de disuasión a nivel internacional, que busca volver intocable al régimen de Pyongyang. El ejército norcoreano está dentro de los más numerosos del mundo, pero no está en la lista de los más poderosos. Hoy el poder no se mide en número de soldados, sino en términos de tecnología y estrategia. En otras palabras, sus fuerzas convencionales están muy por detrás de países vecinos como Corea del Sur o Japón, con armas antiguas y aviones de combate de los años 60. Y frente a eso, el desarrollo de armas nucleares es la única herramienta efectiva para enfrentar a Occidente.

Kim ya vio cómo acabaron regímenes como los de Saddam Hussein o Muammar Gaddafi y no pretende correr la misma suerte. Al igual que en los tiempos de la Guerra Fría, tener un arsenal nuclear es la mejor carta de disuasión que puede haber.

Por lo tanto, lo que Kim busca es generar una presión lo suficientemente efectiva y prolongada como para obligar a EE.UU. y al resto de la comunidad internacional a sentarse a negociar con Corea del Norte. Pero no el desmantelamiento de su arsenal nuclear ni renunciar a su programa de misiles balísticos. Lo que Pyongyang busca es el reconocimiento oficial de su condición de potencia nuclear y que el mundo tenga que aprender a vivir con ese hecho, como ocurrió finalmente con India y Pakistán.

Cada día que pasa es menos probable que Kim considere renunciar al poderío que ha construido. Y aunque Washington ha presionado constantemente a Beijing para que ejerza su influencia sobre Pyongyang, lo cierto es que esa vía cada vez resulta más ineficaz. En primer lugar, porque Kim se ha mostrado como un gobernante díscolo frente a su poderoso vecino y aliado, desestimando sus consejos. Y, en segundo lugar, porque a China no le conviene el derrumbe del gobierno de Kim, ya que un cambio de régimen abriría las puertas de un eventual proceso de reunificación, similar al vivido a comienzos de los 90 entre la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana, en que la primera acabó absorbiendo a la segunda. Si eso ocurriera, China quedaría limitando con una nueva Corea, unificada, democrática y que heredaría los 35.000 efectivos militares que hoy mantiene EE.UU. en Surcorea.

El punto es que permitirle a Norcorea mantener su arsenal nuclear contradiría el deseo de China, EE.UU. y Corea del Sur de desnuclearizar la península. Y sería muy difícil para Washington convencer a Seúl y Tokio, dos de sus aliados clave en Asia, que ellos no desarrollaran sus propios programas de armas nucleares.

Kim está jugando una peligrosa partida de ajedrez, maniobrando temerariamente entre EE.UU. y China, y apostando a lograr beneficios concretos en el mediano o incluso el largo plazo, esgrimiendo la carta del “chantaje nuclear”. El detalle está en que si un día uno de sus proyectiles falla y termina cayendo en alguna zona poblada de algún país vecino, eso cambiará toda esta ecuación de poder y la ventana de oportunidad para las negociaciones se habrá cerrado, obligando a una respuesta militar de consecuencias insospechadas.


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