El peor gobierno de la historia
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Opinión
Juan Manuel Vial Juan Manuel Vial
Periodista

El peor gobierno de la historia

Esta semana Donald Trump cumplió seis meses en el poder batiendo un nuevo récord: gobierna nada más que para el 36 por ciento de los ciudadanos que aún creen en él. Cuando Salvador Allende admitió en 1972 que él no era presidente de todos los chilenos, dando así a entender que gobernaba exclusivamente para el tercio de los votantes que lo habían elegido, no sólo demostró una honestidad suicida, sino que a la vez barrió con ese falaz mito republicano que sostenía que en Chile los mandatarios se ocupaban de todos los habitantes del país, sin importar filiaciones, credos o ideologías.

La fuga de adherentes que sufrió el gobierno de Michelle Bachelet fue notoria desde un principio, aunque tras el destape del caso Caval, ocurrido en febrero de 2015, el desangramiento tornó a dramático. A partir de esa vacación aciaga, Bachelet nunca volvió a gobernar con propiedad. Fueron consideraciones de orden personal –la relación con su hijo; la posibilidad de que él y su mujer terminaran en la cárcel– las que ocuparon casi toda la energía de la mandataria, obligándola a desatender su mandato. Surgió así la figura de un comodín, Nicolás Eyzaguirre, quien ciertamente pudo haberlo hecho mejor. Lástima que en él prevaleciera el envanecimiento por sobre otros atributos. 

"Bachelet gobierna prácticamente para dos grupitos ínfimos: los subalternos que le deben a ella, y sólo a ella, sus actuales fuentes de ingresos, y aquellos que se niegan a condenar la tiranía venezolana"

Hoy por hoy, Michelle Bachelet gobierna prácticamente para dos grupitos ínfimos: los subalternos que le deben a ella, y sólo a ella, sus actuales fuentes de ingresos, y aquellos que se niegan a condenar la tiranía venezolana. Traicionada por los partidos de la Nueva Mayoría, Bachelet aprendió a lo largo de su tortuoso gobierno a valorar más que nada la lealtad. Y es por eso que a la hora de proteger a los leales, la presidenta se ha mostrado fiera. En cualquier caso, y volviendo a la idea anterior, no estamos ante lo que algunos alarmistas llaman desgobierno. Para nada. De hecho, lo único que ahora corresponde es demostrar temple sacándole nuevos brillos al cliché de que “las instituciones funcionan”.

"Si Piñera cede ante los termocéfalos, cabe esperar un reinado de morones incontinentes. Ni un solo parlamentario de derecha dio argumentos razonables en contra de las tres causales de aborto"

Gobernar con un mínimo apoyo ciudadano no solamente es posible, sino que ha llegado a ser una situación más o menos normal en varios países. Lo interesante, ya que estamos en esto, sería dilucidar para quiénes gobernarían los candidatos que hoy están mejor ubicados en las encuestas.

Si Piñera cede ante los termocéfalos, cabe esperar un reinado de morones incontinentes. Ni un solo parlamentario de derecha dio argumentos razonables en contra de las tres causales de aborto aprobadas el jueves en el Congreso. Y de haberlos hay, eso lo sabe cualquier aspirante a sofista. Fue tal el pánico que cundió entre ellos, tan grande la alharaca desconcertada que armaron, que uno entiende a la perfección que “histeria” provenga del término griego que refiere al útero.

Ahora bien, con Guillier la cuestión es diferente. En vista de que lo considero incapaz de gobernar –¿cómo va a administrar un país alguien que no puede articular un comando?–, parece más sensato acomodar la inquietud a su caso y preguntarnos, en cambio, quiénes quisieran ver a Guillier de presidente. El trueque, sin embargo, no mejora sustancialmente la perspectiva, pues supongo que sólo aquel que manifiesta debilidad por la grisura, por la ramplonería, por la mediocridad, puede a la vez sentir una atracción idílica por Guillier.

He observado un rasgo común, una manía, tal vez, en cierta clase de chilenos. Son personas por lo general ilustradas, para quienes el gobierno de turno, sea cuál sea, siempre termina siendo el peor de la historia. Recuerdo una ocasión en que, refiriéndose a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el poeta Armando Uribe me aseguró tajante que desde Ramón Barros Luco, “un tonto de capirote”, no se veía a alguien tan inepto ejerciendo la presidencia. Nunca se equivocan nuestros magnicidas de salón: el mañana no dejará de proveer un nuevo gobierno al cual ajusticiar.