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El pueblo de la televisión

La TV, la industria, era hasta ahora territorio comanche para la izquierda dura. El opio. Digo hasta ahora, porque las izquierdas jóvenes que hoy irrumpen planifican su invasión política a partir del desembarco mediático: la tele es el campo de batalla para instalar discurso -“los términos de la conversación”-, fundar y posicionar liderazgos, e influir en la opinión pública.

Pablo Iglesias, líder del movimiento español Podemos, figura provocadora de la izquierda europea, es dueño del título de esta columna: el pueblo de la televisión. Su tesis es que la gente no “milita en los partidos, sino en los medios de comunicación”. La TV, dice, es el “gran dispositivo ideológico de nuestras sociedades, el parlamento moderno… Buena parte de los argumentos políticos que podemos escuchar en bares, medios de transporte, en el trabajo, proviene de creadores de opinión que hablan en la televisión y en la radio”.

"La antigua izquierda siempre sospechó que la TV los instrumentalizaba para transformarlos -degradarlos- en “integrados” (...) Hoy se trata de sintonizar con los ciudadanos a tal punto de mimetizarse con ellos"

Podemos es hijo de la comunicación política y de la TV. Nace, cuenta Iglesias, cuando “apareció el ingrediente imprescindible de la hipótesis Podemos: la posibilidad de liderazgo de una figura mediática que disfrutaba de un alto nivel de notoriedad en España… fue a partir de mayo del 2013 cuando mi presencia en los medios de masas se hizo constante. En el verano de aquel año empezamos a reflexionar sobre la posibilidad de usar mi protagonismo mediático para intervenir políticamente en nuestro país”.

Primero el medio; luego, el candidato; y, con él, el mensaje. Un traje a la medida pensado desde y para el televisor.

 El profesor del moño

Nada al azar. La dirigencia de Podemos se entrenó con rigor e intensidad en la comunicación audiovisual. Iglesias fue rostro de programas de televisivos de nicho -La Tuerka y Fort Apache- y tras eso ascendió a ligas masivas, como panelista en espacios de tertulia política en la radio y la TV, medio que, sumergidos en la crisis económica hispana, sumaron a nuevos voceros -a los de la calle- a sus programas. Ahí llegó Iglesias, echando mano a tres ventajas competitivas: la ya comentada experiencia en comunicación audiovisual, su calidad de docente de la Universidad Complutense de Madrid y… su “coleta” o moño.

“El pueblo de la televisión no conocía a una nueva formación política llamada Podemos, sino a un tertuliano con coleta... En el contexto de profunda desafección hacia las elites, nuestro objetivo era identificar a ese pueblo de la televisión con un nosotros nuevo, aglutinado inicialmente por el significante Pablo Iglesias”, relata el líder, enfatizando su rol y esencia como el “panelista de moño”: “representar a las víctimas de las crisis”. Cada minuto de tele y radio ganados tuvo ese Norte.

 La mimetización mediática

Es una elaborada instrumentalización de la TV. La antigua izquierda, en las antípodas, siempre sospechó que la TV los instrumentalizaba para transformarlos -degradarlos- en “integrados”.

Hoy se trata de sintonizar con los ciudadanos a tal punto de mimetizarse con ellos. Para eso están las acciones significantes mediáticas: rehuir de la corbata -“la ropa informal es nuestra habitual estética”, explica Iglesias- y de las formas engoladas de las elites tradicionales en el Parlamento; moverse en transporte público y rehuir de los autos oficiales, ir con los hijos al Congreso, adoptar un léxico cotidiano en la arena política. Todo suma en la mimetización.

Rol fundamental cumplen los dispositivos mediáticos. Acciones efectivas -y efectistas- que instalan agenda. Un ejemplo: cuando los eurodiputados de Podemos se reunieron con el rey Felipe VI en el Parlamento Europeo -abril del 2015- lo sorprendieron: le regalaron los DVD de la serie Juegos de Tronos. Iglesias se encargó de relatar lo que le dijo al monarca: “esto puede resultarte útil para comprender lo que sucede en España”. El regalo -y el tuteo- provocaron infinitas conversaciones. Podemos -ante y para los medios- explicó el “gesto subversivo”: “Pablo Iglesias se ha atrevido a hablar con el monarca utilizando un tono inimaginable en un líder político tradicional”.

La mimetización conlleva un riesgo comunicacional: al entrar al juego político formal, indefectiblemente se ingresa “al club”. La campaña de Podemos asumió que ese tránsito, de voz de la calle a candidato institucional, era complejo. Para resolverlo qué mejor que la TV. La estrategia electoral fue invisibilizar lo máximo posible el rol de “candidato o líder político” para priorizar la del “panelista referente de la TV”.

“El objetivo principal de la campaña era básicamente explicar que «el chico de la coleta» que salía en la televisión se presentaba a las elecciones. Esas circunstancias son las que explican que optáramos por una iniciativa inédita en nuestro país: usar la cara del candidato en la papeleta electoral. El pueblo de la televisión no conocía a una nueva formación política llamada Podemos, sino a un tertuliano con coleta”, relata Iglesias.

"Es plausible suponer que la postulación de Beatriz Sánchez no es un accidente, sino un plan bien urdido, que mediáticamente debe mover el tablero político"

La otra batalla mediática se juega en torno del lenguaje. Podemos se vanagloria de “introducir nuevos conceptos y argumentos que definen el terreno de batalla a nuestro favor”. Consiste en elegir palabras y cargarlas de significado a través de la redundancia comunicacional: instalaron con éxito en la opinión publica la palabra casta como sinónimo de “las elites privilegiadas que han secuestrado el poder de la gente”. Hoy, en España, casta es un adjetivo calificativo cargado de ideología; lo mismo pasó acá con la palabra lucro tras las marchas estudiantiles del 2011. O con “la cocina”, motejo que hoy en Chile define -peyorativamente- las negociaciones entre las elites.

 Guillier y Sánchez

En Chile no es novedad que figuras de la TV salten de la pantalla al Congreso, porque sus niveles de conocimiento son altos y, por ende, tácticamente, existe ahorro en tiempo y dinero para captar la atención del electorado.

La opción de Alejandro Guillier se podría inscribir en esa táctica, una jugada oportuna para superar los vacíos de poder de la NM.

Pero si atendemos a las destrezas comunicacionales de la izquierda de Jackson y Boric, fogueada en las manifestaciones estudiantiles, es plausible suponer que la postulación de Beatriz Sánchez no es un accidente, sino un plan bien urdido, que mediáticamente debe mover el tablero político, sobre todo, a través del impacto comunicacional.

El resultado de la apuesta es una quimera, pero sea éxito o fracaso algo es indudable: lo veremos por TV.


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