La agonía de la derecha clerical
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Opinión
Juan Manuel Vial Juan Manuel Vial
Periodista

La agonía de la derecha clerical

Jamás he visto en acción conjunta a una derecha liberal. Tengo 45 años y estimo que ya es hora de dilucidar si tal concepto, el de derecha liberal, no será en realidad una invención de los comentaristas de lo incierto, de los acróbatas del engaño, o quizás de algún oportunista tras el voto incauto. La inquietud escuece hoy más que ayer: al haber sido derrotados en las primarias de la semana pasada los candidatos que representaban posturas conservadoras (Ossandón es ultra católico; Kast, demasiado dogmático para su edad, es hijo modelo de un santón de la UDI), uno se siente tentado a imaginar que al ganador, Piñera, se le ocurrirá dejar algún tipo de legado en su sector, y que esa herencia bien podría ser la de despercudir a la derecha de un par de lastres históricos: la proverbial desconfianza en el prójimo y el imprudente amor a Dios.

"La situación le es tan favorable a Piñera, que ha de ser él quien exija, de ahora en adelante, halagos y mercedes de aquellos que, haciendo gala de un descaro risible, pretenden imponer condiciones"

La oportunidad es clara: superada la primaria, Piñera ya no necesita dedicarle zalemas a la extrema derecha, ni tampoco a la derecha clerical. La molestia extendida que ha desatado el pésimo gobierno de Bachelet entre el votante de centro y centroizquierda invita a pensar en grande: la clave podría estar en expandir, en seducir, en incluir a gente nueva, ajena a los partidos de derecha, por sobre la estrategia cómoda, ramplona, y en último término riesgosa, de refugiarse en los conglomerados cautivos y complacer, otra vez, a los nenes de siempre. El presente clama por arrojo.

La situación le es tan favorable a Piñera, que ha de ser él quien exija, de ahora en adelante, halagos y mercedes de aquellos que, haciendo gala de un descaro risible, pretenden imponer condiciones antes de concederle un apoyo que está más que asegurado. La armazón de lo que llaman “agenda valórica” -concepto un tanto detestable- debiera jugar un rol importante a la hora de seducir a los desencantados que creó, y que seguirá creando, nuestro actual gobierno. A lo anterior hay que sumarle el hecho de que una parte de la DC va a votar por Piñera sin sentir asco, incluso con agrado, ya sea en primera o segunda vuelta. El asunto, por lo demás, no resulta sorprendente: la espina dorsal de Piñera ha dejado ver ciertas vértebras de textura democratacristiana, y eso es algo que saben distinguir muchos militantes avispados, no sólo Mariana Aylwin.

Mientras gobernó, Piñera tuvo que hacer demasiadas concesiones a gente que lo despreciaba. Esto él lo sabe mejor que nadie, pues hablo de personas que formaron parte de su gobierno, como, por ejemplo, aquellos que creen que el servicio público consiste únicamente en servir a una religión. Dicho de otro modo: si alguna vez existió, la derecha liberal jamás tuvo el poder de imponerse a su contracara beata. 

La derecha clerical fue la gran derrotada en las primarias del domingo pasado. El momento de despercudir al sector, de curarlo de taras históricas, ha llegado. Piñera debe ahora concentrarse en dejar un legado positivo (lo negativo ya existe). Y si entretanto, durante el proceso de alcanzar el poder, el candidato le otorga sustento y fuerza a esa quimera que algunos excedidos llaman derecha liberal, es bien probable que muchos chilenos sientan alivio. Entre ellos, no lo dudo, varios de los que nunca hemos votado por la derecha.