Crédito: Agencia Uno
Cuarta noche de Festival: Más ochenta que en los ochenta
Opinión

Cuarta noche de Festival: Más ochenta que en los ochenta

El ejercicio de la nostalgia tiene el riesgo de poner todo en un mismo nivel. Y claro, escuchar a Lionel Richie y a Rick Astley activa los mismos recuerdos, pero no los iguala, porque son dos nombres que ocupan lugares completamente diferentes en la historia del pop. 

La presentación del dueño de éxitos mundiales como Easy, Hello, All night long y We are the world, quedará entre lo más destacado de este Festival de Viña 2016 y entrará a la historia de las grandes presentaciones en la Quinta Vergara por varias razones. Pocos artistas han presentado una sucesión de hits planetarios tan contundente,  sucesos radiales a toda prueba. Hablamos de un tipo que en una sola actuación incluye por lo menos tres número uno del Billboard. Mantiene una sorprendente calidad vocal y una simpatía que calza muy bien con el espíritu del público que va a la Quinta Vergara . Un show "perfecto" para Viña, un espectáculo que habría sido motivo de orgullo nacional si se hubiese concretado en 1984, pero que en 2016 no destiñe en lo absoluto, sino que mejora como el vino.

Lionel Richie tiene un talento que muchos grandes artistas quisieran tener: sabe hacer éxitos. Y sabe manejar al público. Mezcla la balada y la música bailable en forma magistral y por sobre toda consideración logra entretener. Dedica un set a la época con The Commodores y se despacha cinco de las ocho canciones de su álbum más exitoso como solista, Can't slow down editado en 1983 por el sello Motown.

Lo de Rick Astley es completamente distinto. Un suceso juvenil de 1987 que no tuvo continuidad y que al escucharlo cantar en Viña uno se pregunta por qué desperdició ese talento vocal cantando canciones de menor calidad o por qué no insistió en el formato soul tipo Simply Red y se conformó con ser un número vintage que recuerda al personaje de Hugh Grant en la película Letra y música. Como sea, mantuvo la noche prendida hasta tarde y logró que la mayoría  del público permaneciera estoico escuchando las canciones de la competencia para terminar la fiesta ochentera como corresponde: bailando. 

En medio de la nostalgia apareció Pedro Ruminot que no logró igualar el éxito de sus compañeros comediantes en las noches anteriores. Una rutina con altibajos y un final con muchos nervios. Malas decisiones en la estructura y un punto de inflexión cuando insistió en chistes religiosos que derechamente colmaron la paciencia de una parte del público. Se escucharon las primera pifias para un humorista este año y aunque tuvo momentos muy divertidos pareciera que nunca logró la empatía  necesaria para este tipo de situaciones.

Afortunadamente, Ruminot pertenece a una generación que no sólo está renovando el humor en Chile, sino que también se toma su paso por el festival en forma menos dramática, sin echarle la culpa al empedrado y entendiendo que si no te ganas las dos gaviotas en Viña no pasa nada, la vida continúa. 


Lo más visto en T13