Otra cosa es con tambor
Foto: Agencia Uno
Opinión
Juan Manuel Vial Juan Manuel Vial
Periodista

Otra cosa es con tambor

Es fácil solidarizar con los vecinos de Valparaíso que se oponen al carnaval Mil Tambores, pues la principal razón que dan para patalear suena muy sensata: tras 18 años soportando el evento, ya están hasta más arriba de la coronilla de que la ciudad se transforme en una bacanal endemoniada durante tres días. Me cuesta dar con una imagen más tortuosa y horrísona que la de miles de tamborileros animando una eterna batucada sin ton ni son, pero, claro, soy un pusilánime al que las multitudes lo aterran, y, para peor, tengo baja tolerancia al feísmo colectivo. Solidarizo con los porteños porque, luego de haber gastado buena parte de mi juventud en Valparaíso, le tomé cariño al lugar, aunque, siendo honesto, no he andado por allá hace años, probablemente debido a un paulatino pero sostenido aburguesamiento. Como sea, estoy convencido de que Valparaíso no necesita más toneladas de basura, ni más grafitis parvularios, ni más ríos de orines corriendo cerro abajo. La fetidez debería tener límites, incluso en Valparaíso.

No es fácil comulgar con Mario Vargas Llosa, quien las emprendió con dureza en contra de la cultura popular en un ensayo deslucido y quejumbroso titulado La civilización del espectáculo (2012). Sin embargo, con el correr de los años, el peruano recibió un paradójico escarmiento por su arranque de esnobismo intelectual: publicó una serie de novelas prescindibles y livianitas, demasiado parecidas a los best seller que fustigaba, y terminó casándose con la reina de la farándula española, Isabel Preysler. La posición que en torno a este tema sustenta Terry Eagleton me parece más atinada. En Cultura, un ensayo notable, el pensador irlandés arguye algo simple, fácil de recordar y digno de tener siempre en cuenta: “Gran parte de la cultura popular es excelente, mientras que el canon literario contiene bastante material de mala calidad”. 

"Eagleton les encontraría toda la razón a los vecinos de Valparaíso, puesto que la cultura popular no puede resultar insoportable"

Eagleton no es un populista. Prueba de ello es que está totalmente de acuerdo con aquella máxima del filósofo Richard Rorty que sostiene que uno jamás debiera perder el tiempo discutiendo con alguien que te dice que un punto de vista es tan válido como cualquier otro, simplemente porque esa clase de sujeto es insignificante. Además, desconfía de los defensores de la diversidad, de “los apóstoles posmodernos de la pluralidad”, de la gente dedicada a los estudios culturales y de los estudiantes políticamente correctos. Eagleton, vale agregar después de lo recién dicho, tampoco es un conservador. De hecho, cree en una versión sumamente personal de lo que, a falta de un mejor término, podríamos llamar “marxismo cristiano evolucionado”. A lo que voy: Eagleton les encontraría toda la razón a los vecinos de Valparaíso, puesto que la cultura popular no puede resultar insoportable.

Tal vez la peor impostura que nos dejó el retorno a la democracia fue la de creernos un país carnavalesco, así, de la noche a la mañana. Mis ancestros mapuches –los suyos, los nuestros, los de todos– no practicaban este tipo de celebraciones. Por el contrario: a quien les llegase con tamborcitos cacofónicos, lo zurcían a mazazos. No existen en esta cultura introvertida, cerril, desperdigada, pulsiones atávicas que nos predispongan hacia el genuino desenfreno de un carnaval. En consecuencia, Mil Tambores vendría a ser otro exotismo solventado por aquella sabiduría de matinal que nos tiene convencidos de que cualquier sandungueo, por rasca que sea, es una “manifestación de la cultura popular”.

"Veo angustia en la cara del alcalde Jorge Sharp ante lo que se le viene encima. Otra cosa es con tambor"

Veo angustia en la cara del alcalde Jorge Sharp ante lo que se le viene encima. Otra cosa es con tambor. La paradoja, en su caso, resulta bastante nítida: maestros en el arte de armar batucadas para ungir, protestar o celebrar, da igual, los jóvenes idealistas del Frente Amplio, que todo lo iban a cambiar para mejor, sólo aplicaron un giro más a esa tuerca herrumbrosa y fétida que hoy se entiende por cultura popular. No se equivoca Eagleton: hay que desconfiar de los defensores de la diversidad, de “los apóstoles posmodernos de la pluralidad”, de los estudiantes políticamente correctos.