Crédito: Canal 13
Fiebre de sábado por la tarde
Opinión

Fiebre de sábado por la tarde

Hace mucho tiempo, en la lejana galaxia de un empobrecido país sudamericano, existió un programa de televisión familiar de 8 horas de transmisión en vivo. Un espacio semanal de bajo presupuesto, que lograba trascender diferencias políticas y clases sociales. Pese al altísimo rating, las críticas acusaban vulgaridad y fueron siempre implacables. Pero en el horizonte gris del Chile de la época, ese popurrí incombustible de música, humor, drama, reportajes y concursos garantizaba evasión, al menos por un rato, para adultos y niños por igual.

En 1986, fui una de esos niños.

A petición de mi colegio, asistí a un casting para una nueva sección infantil de Sábados Gigantes. Pequeños con conocimientos avanzados sobre un tema de su elección serían interrogados por un jurado académico durante varias semanas consecutivas, con un viaje pagado a Disney como premio final. Seleccionada para el debut de la sección (que gané), invitada a asistir a la versión Miami del programa (recién estrenada) y después a contar en Chile mi experiencia de viaje, cerré ese año bailando con el Clan Infantil, habiendo pasado muchas tardes observando tras bambalinas a los adultos que trabajaban en esos sábados eternos.

Entre mis fotos mentales de ese tiempo, asoman las cansadas figuras que veía al apagarse las cámaras. Subiendo y bajando de vuelos Santiago-Miami y sin las herramientas tecnológicas de hoy, Don Francisco y sus insomnes colaboradores hacían cada semana, en lados opuestos del continente, dos programas de idéntico nombre y estilo similar. En un país, eran figuras consagradas, trabajando en una institución establecida; en el otro, completos desconocidos que intentaban no ser despedidos mientras hacían un programa que disimulaba lastimosas instalaciones y escaso público. El ritmo que llevaban era infernal. La dualidad, esquizofrenia pura.

El tiempo pasó. Los niños crecimos. Sábado Gigante se deshizo de la pluralidad no sólo en cuanto a la letra “s” de su nombre original; se volvió un programa único, made in Miami, de sonsonete caribeño. Acortó su duración y aumentó el destape de las modelos. Su raíz chilena, más conservadora, se volvía indistinguible. Pese a la mutación, Don Francisco logró, a punta de constantes viajes para campañas caritativas y nuevos formatos televisivos de corta duración, mantenerse como referente en su país de origen; pero la resonancia local de su histórico programa se esfumó. En Estados Unidos, sin embargo, las dificultades iniciales dieron paso a un éxito sin precedentes.

Hace algunos años, viviendo por trabajo en Washington DC, comprobé cómo entre los latinos ser chileno significaba ser “del país del Don Francisco” (ya no del país de Pinochet). Y cómo a partir de esa asociación –infalible para romper el hielo, incluso si era para criticar el programa por su sexismo u otra razón- se generaba cierta complicidad al darnos cuenta que, más allá de nuestra nacionalidad específica y variable grado de educación, no sólo nos unía el idioma común o el hecho de ser migrantes, sino también códigos musicales o humorísticos quizá muy básicos, pero que el tiempo había tornado entrañables. De la mano de Don Francisco, los chilenos, los más aislados del continente, finalmente nos habíamos vuelto latinos y nos podíamos reconocer como tales.

El mayor mérito de Sábado Gigante en sus dos encarnaciones, chilena y latina-estadounidense, ha sido precisamente la construcción de comunidades: la reunión de la familia desunida. Ese espíritu tiene mucho que ver con la historia personal del hombre que concibió este programa hace más de cincuenta años, Mario Kreutzberger, el hijo de refugiados judíos que llegaron a Chile escapando del Holocausto. El verdadero Don Francisco conoció en carne propia lo que significa la discriminación, la soledad y la integración a un país partiendo de cero. La televisión fue su herramienta para buscar aceptación sacando una risa que permitiera olvidar una realidad adversa, o empujando causas benéficas.

La fiebre del sábado por la tarde acaba. El piano ya no toca más. Se desmonta la escenografía. Hay luces y sombras en el set.

Pero prevalecen las luces.


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