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Las lecciones del mapamundi
Opinión

Las lecciones del mapamundi

En esta ventana conversaremos sobre Derecho Internacional y temas relacionados, lo que frecuentemente requerirá que miremos un mapa, literal y figurativamente hablando.

Quiero abrir esta ventana evocando, precisamente, un viejo mapamundi.

-¿Cómo se llama el país con forma de bota?

-Italia!

-¿Y el país en guerra con Argentina?

-Inglaterra.

-¡Bien!

Yo tenía siete años, y sentarme a estudiar el mapamundi que colgaba afuera de la cocina de mi casa era uno de mis pasatiempos favoritos. Me preparaba así, no para el colegio, sino para el interrogatorio dominical que a modo de juego me hacía la persona que, usando ese mapa, me ayudaba a aprender sobre el mundo. Esa persona era mi tío, primo de mi madre.

-¿Y el país dividido por un muro?

-Alemania.

Mis padres estaban separados; y como mi padre se había mudado a Concepción -donde lo veía en vacaciones-, durante buena parte del año, la figura paterna era ejercida (sin mediar obligación alguna) por este tío cuarentón y soltero.

En una época sin computadores y donde las enciclopedias eran un bien escaso –las comprábamos de segunda mano en las librerías de calle San Diego, o bien por fascículos-, este juego de países y capitales, sin reglas ni premios, era un momento estelar de la semana. A veces, si íbamos a un museo o al zoológico, la lección de geografía se mezclaba con historia, bellas artes o biología.

"Mis padres estaban separados; y como mi padre se había mudado a Concepción -donde lo veía en vacaciones-, durante buena parte del año, la figura paterna era ejercida (sin mediar obligación alguna) por este tío cuarentón y soltero."

-¿El país más grande de América?

- ¡Brasil!

- No. El más grande del continente es Canadá. Fíjate; está arriba de Estados Unidos.

Sin estudios universitarios, el tío era fuente inagotable de cultura. Trabajaba como vendedor de seguros, y part-time en la florería de otros parientes. No recuerdo que me haya contado de ningún viaje suyo al extranjero. Pero su intelecto no tenía fronteras.

Habitué de las tiendas de la calle Bandera, el tío de elegante vocabulario y encantadores modales se vestía con distinción: sabía elegir telas, cortes y diseños. En su casa, nos servía el té en una hermosa porcelana que –confesaba orgulloso- había encontrado en algún mercadillo de ocasión.

Su refinamiento era tan grande como su bondad. Siempre contaba que cuando le tocaba trabajar en la florería, ponía especial atención a las ancianas que pasaban solitarias a admirar la tienda, sin atreverse a comprar. Le gustaba sorprenderlas, regalándoles una flor. Porque él conocía la soledad, y el consuelo que entregaba la belleza.

-Tío, voy a traer a un amigo el sábado. Estudiamos en la misma universidad. Quiero que lo conozcas.

-Ya. ¿Preparémosle algo rico, sobrina? Para que deje de ser sólo tu amigo, digo yo…

Mi tío logró verme de universitaria, pero no convertida en internacionalista. Una enfermedad minó su salud hasta llevarse su vida, mientras yo rendía mi último examen de la carrera de Derecho.

Nunca pude darle suficientes gracias por abrir mis ojos al mundo. Por enseñarme que el conocimiento y la belleza nutren el espíritu, y no son cuestión de dinero. Que la orientación sexual de cada cual no obsta al rol de padre o madre; y que los vínculos parentales del alma son tan importantes como los biológicos. Que la humanidad, diversa como los países del mapamundi, merece los mismos derechos.

Y que un simple juego de geografía puede llevar a una profesión, trazando así una vida.

Evoco estas lecciones cada vez que miro un mapa.

Gracias por todo, tío.


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