Hannibal
Opinión

Hannibal: Caja de Pandora

Es casi una despedida, porque NBC declaró que este sería su último ciclo con ellos y aún no se anuncia que algún canal haya tomado la antorcha. Pero quizás por eso valga aún más la pena ver la tercera temporada de “Hannibal”, que AXN acaba de estrenar y exhibe todos los lunes (su primer ciclo además está en Netflix). La serie re-imagina una precuela para el personaje de Hannibal Lecter, antes de que lo tomaran preso y se convirtiera en un sicópata digno del Oscar. Y las razones para engancharse sobran.

“Hannibal” ofrece una reflexión extrema de lo que son capaces de hacer las personas para sentirse reconocidas, vistas, entendidas. Los protagonistas, Lecter y Will Graham (los excepcionales Mads Mikkelsen y Hugh Dancy respectivamente), son personajes aberrantes que en el otro encuentran un espejo, una posibilidad de ser comprendidos que nunca antes habían imaginado posible y que, por eso, encuentran irresistible. Eso los lleva estar unidos de una manera inefable  y explosiva que afecta de irreparablemente a todos con quienes se han relacionado.

"Esta temporada parte con todos los personajes recuperándose de catástrofes de proporciones, y los cambios que ello les ha causado definirán el curso de la historia. Sin concesiones."

Esto último hace que este ciclo retome uno de los temas más interesantes que aborda la serie: las consecuencias de la violencia en quienes la sobreviven y son testigos de ella. Esta temporada parte con todos los personajes recuperándose de catástrofes de proporciones, y los cambios que ello les ha causado definirán el curso de la historia. Sin concesiones.  

Otra de las ventanas que abre la serie es una de sus mayores fascinaciones: lo monstruoso. En todos sus sentidos. Resulta irresistible ver cómo Bryan Fuller y su equipo de guionistas convierten el mundo surreal de “Hannibal” en un escenario perfecto para explorar todas las maneras en que los seres humanos se pueden convertir en monstruos. Y no sólo lo hacen tolerable, sino que además hermoso. Lo que contribuye, por contraste, a resaltar más aún su mensaje.

Mención aparte merece cómo, en esta temporada, los creadores dejaron cualquier pretensión de seguir alguna receta más o menos familiar, tanto desde el punto de vista narrativo como estético. Un capítulo casi sin diálogos y lleno de imágenes que evocan frescos renacentistas; referencias abiertas a la relación homoerótica entre los protagonistas, que antes sólo se deslizaba; un juego entre el canon de los libros y lo que se ve en pantalla cada vez más intrincado y subversivo.

El tercer ciclo se ve como si Fuller y compañía hubiesen sabido que, casi de seguro, sería el último. Y se querían despedir en sus propios términos.

Sólo por su manejo de las imágenes, su intención, su belleza, la manera deliberada en que se ocupa cada encuadre y cada composición, Hannibal ya valdría la pena. Pero hay tanto más en esta serie que estaba destinada a ser un recocido del asesino en serie más famoso de la literatura, pero que, en cambio, se convirtió en una de las mejores series de la década.     


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