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Trump, Kim Jong-un y el fantasma de la guerra de 1950

Trump, Kim Jong-un y el fantasma de la guerra de 1950

No se puede aceptar que esta banda criminal se arme con misiles nucleares. Tenemos una gran paciencia, pero si nos vemos obligados a defendernos o a defender a nuestros aliados, no tendremos otra opción que destruir totalmente a Corea del Norte. Ya es hora de que se dé cuenta de que la desnuclearización es su único futuro posible. El ‘hombre cohete’ está en misión suicida consigo mismo”.

Las palabras de Donald Trump durante su esperado primer discurso en Naciones Unidas como presidente de EE.UU., no dejaron a nadie indiferente. Sobre todo porque hablar de la destrucción de Corea del Norte involucraría -tal como él lo planteó- el exterminio de 25 millones de personas; una amenaza clara y directa al régimen de Pyongyang. Pero también fueron las palabras que Kim Jong-un esperaba escuchar desde hace tiempo.

Para EE.UU., la Guerra de Corea (1950-1953) es solo un recuerdo lejano del primer gran conflicto de la Guerra Fría. Sin embargo, lo que para muchos es un capítulo perdido en los libros de historia, en la península coreana se trata de algo absolutamente distinto y vigente.

La invasión lanzada a mediados del siglo XX por Kim Il-sung -abuelo del actual gobernante norcoreano- contra su vecino del sur, inició una guerra con múltiples consecuencias: involucró a EE.UU. a la cabeza de una coalición multinacional que operó bajo el amparo de Naciones Unidas (fue la primera vez que el Consejo de Seguridad autorizó el uso de la fuerza militar contra un país) y obligó a la República Popular China a intervenir en el conflicto a partir del momento en que las fuerzas lideradas por el general Douglas MacArthur cruzaron el paralelo 38 y entraron a territorio norcoreano. Además, fue el inicio de años de hambruna y muerte para gran parte de la población civil de la península.

El conflicto se detuvo gracias al armisticio firmado el 27 de julio 1953 entre EE.UU. (en representación de la ONU), Corea del Norte y China, y que se mantiene vigente hasta hoy. Pero un armisticio es solo un acuerdo de cese el fuego y no un tratado de paz, de modo que -técnicamente- ambas Coreas aún están en guerra.

Y la zona desmilitarizada, la infranqueable frontera que divide la península coreana -de 4 kilómetros de ancho y 250 kilómetros de largo- es la demostración más clara de que este conflicto continúa activo 64 años después de la firma del armisticio.

El régimen norcoreano se ha encargado de mantener vivo el recuerdo de esta guerra durante décadas a través de la educación en las aulas y la existencia de museos como el de Sinchon, dedicado a denunciar los supuestos crímenes de las tropas estadounidenses contra la población civil norcoreana.

Sin embargo, lo cierto es que más allá de cualquier propaganda, las imágenes de bombarderos estadounidenses destruyendo ciudades, puentes y líneas férreas durante la guerra contra Corea del Norte son reales, lo que ha permitido reforzar el discurso de Pyongyang de que Washington desea destruir el país.

En ese contexto, el discurso de Trump en la ONU le hizo un gran favor a Kim Jong-un, ya que avala las palabras del gobernante norcoreano: que su programa nuclear y el desarrollo de misiles balísticos solo buscan proteger a Norcorea y disuadir cualquier intento de ataque estadounidense.

Gran parte de los 25 millones de norcoreanos nunca ha salido de su país, no tiene acceso libre a internet, smartphones, televisión extranjera ni medios de comunicación occidentales, de modo que todo lo que conocen sobre esta prolongada crisis internacional es solo lo que el régimen les comunica. Y seguramente las palabras de Trump en Naciones Unidas han sido profusamente difundidas a través de los medios oficiales, avivando en la población el temor a un ataque estadounidense.

Hasta el momento, la comunidad internacional ha enfrentado al gobierno norcoreano a través de numerosos paquetes de sanciones económicas tras cada nuevo ensayo nuclear o prueba con misiles, pero que hasta el momento siguen demostrando su incapacidad para frenar los planes de Pyongyang.

Tal vez, tal como ocurrió con Irán -aunque este país no tenía un programa nuclear bélico-, la solución sea aceptar la existencia de una Corea del Norte con armas nucleares, pero abierta a la inspección internacional y al compromiso de detener su escalada de provocaciones. Aunque por otro lado, tal como lo demostró Kim Jong-il con el gobierno de Bill Clinton a fines de los 90, Norcorea arrastra un largo historial de engaños y mentiras.

El punto es que la opción diplomática sigue siendo la mejor manera de resolver este tema. Amenazar con la destrucción de Norcorea no es el camino y EE.UU. -así como el resto de la comunidad internacional- debería enfocarse en desmantelar el discurso propagandístico de Kim Jong-un con argumentos y aumentar la presión de China sobre su vecino, en vez de “darle municiones” a su retórica belicista.


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