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Trump pone a prueba a Medio Oriente

Trump pone a prueba a Medio Oriente

Si hay algo que Donald Trump ha demostrado a lo largo de este año, es que es un hombre realmente dispuesto a cumplir sus promesas de campaña. Y su reconocimiento público de Jerusalén como capital de Israel, así como su deseo de trasladar allá la embajada estadounidense -actualmente en Tel Aviv- lo demuestran a cabalidad.

El problema es que este anuncio tendrá claras consecuencias para la política exterior estadounidense y de todo Medio Oriente, las que no demorarán en hacerse visibles. Y cuyo impacto a futuro, aún resulta difícil de dimensionar.

Jerusalén es una ciudad con una carga histórica y religiosa de siglos para cristianos, musulmanes y judíos; “lugares santos” como la mezquita Al Aqsa, el Muro de los Lamentos o el Santo Sepulcro lo demuestran.

Sin embargo, en los años posteriores al término de la Segunda Guerra Mundial, esta disputada ciudad cobró una nueva importancia. Básicamente porque a partir de la resolución 181 de Naciones Unidas (1947) se estableció la partición del antiguo protectorado británico de Palestina en dos Estados-nación: uno judío y otro árabe. Y en ese contexto, Jerusalén quedaría bajo protección de la ONU durante diez años, a la vuelta de los cuales se buscaría resolver su estatus.

Esos planes fracasaron tras la fundación de Israel en 1948, lo que gatilló la primera guerra árabe-israelí. Y que echó por tierra la creación de un Estado palestino y dejó a Jerusalén dividida en una mitad bajo control israelí y otra jordana.

Un escenario que cambió radicalmente en 1967, durante la llamada Guerra de los Seis Días, en la que Israel se apoderó de la península del Sinaí (Egipto), las Alturas del Golán (Siria) y de Cisjordania (Jordania), tomando así el control total de Jerusalén.

Y aunque el gobierno israelí la declaró oficialmente como su capital en 1980, debido a lo delicado del tema, todos los países que tienen relaciones diplomáticas con Israel han establecido sus embajadas en Tel Aviv. El punto es que los palestinos reivindican Jerusalén Este como capital de su futuro Estado.

De esta manera, Trump rompe con décadas de statu quo por parte de Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional. Y aunque el mandatario aseguró que esta decisión no afecta su compromiso con la búsqueda de la paz, la verdad es que debilita de manera significativa su posición en Medio Oriente.

Será muy difícil reconstruir la confianza que, por ejemplo, en 1993 permitió los acuerdos de Oslo y el inicio del proceso de paz israelo-palestino, o las gestiones contrarreloj de la llamada cumbre de Camp David II, en 2000; ambas, iniciativas apoyadas por el gobierno de Bill Clinton.

La decisión en torno a Jerusalén, ciertamente, estrechará aún más los vínculos entre Trump y el primer ministro Benjamin Netanyahu, quien aplaudió el anuncio. Pero inevitablemente enturbiará la relación de EE.UU. con actores clave en la región, como Arabia Saudita, Turquía o Irán. Todos ellos países que, además, juegan un rol indesmentible en cualquier proceso destinado a lograr el término de la guerra civil en Siria.

Asimismo, el tema de Jerusalén también podría tensionar los vínculos de Israel con Egipto y Jordania, que además de ser vecinos, son los únicos países árabes con los que ha firmado tratados de paz.

Y desde el punto de vista del gobierno palestino encabezado por Mahmoud Abbas, la decisión de Trump representa un claro retroceso en sus aspiraciones de independencia, lo que complicará cualquier futuro esfuerzo por sentarlos a una mesa de negociaciones. Pero, lo más preocupante, es que podría ser la chispa que encienda la violencia de una nueva intifada.

Por último, el tema de Jerusalén seguramente será reivindicado por los remanentes del Estado Islámico (EI), que a pesar de haber perdido los territorios de su autoproclamado califato, continúa siendo una amenaza. De modo que no debería sorprender que a futuro nuevos atentados del EI se vinculen a este tema.

Si Trump -como lo ha hecho con otros temas- buscaba desmarcarse de sus predecesores, lo logró con creces. El problema es que su anuncio sobre Jerusalén, inevitablemente, refuerza la idea de que su política exterior es cortoplacista y errática.

Y que en la Casa Blanca no parece haber alguien -ya sea dentro del gabinete o de su grupo de asesores- capaz de dimensionar las consecuencias de las decisiones que está tomando. 


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