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Trump y el liderazgo internacional de EE.UU.

Trump y el liderazgo internacional de EE.UU.

Al cumplirse el primer año de Donald Trump como presidente de EE.UU., los balances no se han hecho esperar, destacando su personalidad explosiva, su verdadera obsesión por desmantelar los hitos de la administración Obama, su conflicto permanente con los medios de comunicación, su tendencia a gestionar la política a través de su hiperactiva cuenta personal de Twitter y su imparable capacidad de polarizar a la opinión pública.

Y en esa exhaustiva revisión, un flanco ineludible ha sido la manera en que su gobierno ha manejado las relaciones exteriores de la mayor potencia del mundo.

Trump llegó a la Casa Blanca -el 20 de enero del año pasado- con lo que parecía solo un boceto de lo que él y su equipo tenían en mente, en términos de cuáles serían los énfasis de su política exterior durante los siguientes cuatro años.

Algo ya se había adelantado durante la campaña presidencial: la salida de EE.UU. del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), el inicio de un proceso de expulsión masivo de extranjeros indocumentados, la construcción de un nuevo muro fronterizo con México (cuyo costo sería solventado por los propios mexicanos), la amenaza velada de distanciarse de sus aliados de la OTAN y el posible comienzo de una guerra comercial con China.

Sin embargo, a los pocos meses quedó de manifiesto que la presidencia de Trump no tenía -ni tiene aún- una clara definición de cómo llevar las relaciones internacionales del país más poderoso del planeta. Y que, por el contrario, las decisiones son reactivas y no el reflejo de una estrategia definida, como lo demostró el retiro de EE.UU. del acuerdo medioambiental de París o de la Unesco, por ejemplo.

En el caso de Siria, un bombardeo masivo como advertencia al gobierno de Bashar al Assad, tras un ataque con armas químicas contra civiles, hizo pensar que EE.UU. finalmente se involucraría en la búsqueda de una solución a esta guerra civil iniciada en 2011. Pero el episodio quedó como un hecho aislado, para colmo, en el marco de la visita del presidente Xi Jinping a la residencia de Trump en Florida.

Por su parte, en Afganistán, el mandatario estadounidense ordenó lanzar la mayor bomba no nuclear de EE.UU. (la GBU-43) contra supuestos miembros del Estado Islámico (EI) en ese país. Otro episodio sin proyección en el tiempo. 

Y si hablamos del Estado Islámico, lo cierto es que la caída de sus principales bastiones durante 2017 -Mosul (Irak) y Raqqa (Siria)- se debió al apoyo ofrecido durante el gobierno de Obama y al trabajo de las fuerzas militares locales, especialmente de los kurdos.

A su vez, Trump encontró en Kim Jong-un, el impredecible gobernante de Corea del Norte, a un oponente a la medida; su archinémesis, alguien capaz de encarnar todas las amenazas que pudieran existir para EE.UU. Sobre todo, si su régimen combina un programa nuclear con ensayos de misiles de largo alcance.

Y el anuncio de Trump de que no asistirá a la inauguración de la nueva embajada estadounidense en Reino Unido, solo porque su construcción fue autorizada por el gobierno de Barack Obama, parece un pobre excusa para no tener que estar cara a cara con Sadiq Khan, el alcalde musulmán de la capital británica.

En ese contexto, Rex Tillerson seguramente pasará a la historia como el secretario de Estado más invisible que ha tenido la diplomacia de EE.UU.. Muy lejos de figuras como Henry Kissinger, James Baker, Madeleine Albright, Colin Powell, Condoleezza Rice o la misma Hillary Clinton, Tillerson ha demostrado que no tiene la capacidad para construir ni llevar adelante la política exterior de su país. De lo contrario, seguramente Washington no habría reconocido a Jerusalén como capital de Israel, agregando aún más tensión a una zona particularmente volátil como es Medio Oriente.

Con decisiones de este este tipo, Trump demuestra su desconfianza del multilateralismo y de toda organización que pudiera significar alguna amenaza a los intereses de EE.UU.. Lo que se ha traducido en una importante pérdida de liderazgo a nivel mundial, permitiendo que países como China o Rusia llenen ese vacío de poder e inicien una reconfiguración de la arquitectura del sistema político internacional contemporáneo.

Aún quedan tres años de su actual mandato; tiempo suficiente para enmendar los errores o profundizarlos. Un escenario que genera gran incertidumbre para la comunidad internacional, considerando la cantidad de temas y crisis que deben ser resueltos, y en los que Washington puede -y debe- jugar un rol fundamental como la potencia mundial que sigue siendo. 


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