Piñera con el síndrome Pedro Güell
Opinión
Carlos Correa Carlos Correa
Académico y consultor en Opinión Pública

Piñera con el síndrome Pedro Güell

El verdadero asunto peligroso del gabinete de Piñera no es que haya repetición de platos. Eso es una buena noticia, pues el Presidente electo sinceró en el comité político cuál es su verdadera red de confianza, y eso es mucho más honesto que los segundos pisos invisibles, sobredimensionados y sin responsabilidad política. Además de ello, la triada Chadwick – Pérez – Blumel funciona bastante bien y tiene muchos menos enemigos en los partidos de derecha que los que tenían Peñailillo- Elizalde – Rincón, que tuvieron que vivir ninguneos y operaciones varias desde el primer día que llegaron a la Moneda.

Tampoco es la designación de Alfredo Moreno en el Ministerio de Desarrollo Social. El empresario tiene conocidas habilidades en gestión de equipos y recursos desde los tiempos que trajo a Chile el supermercado por teléfono y en la Cancillería demostró tener la ductilidad necesaria para todo tipo de contendientes ideológicos. Mucho menos puede ser los varios parlamentarios salientes que se incorporan al gabinete. La elección la ganó ampliamente Piñera y lo lógico es que le entregue espacio político a la coalición que lo sostuvo y que será la que tendrá que ver en el Congreso su agenda política.

"Un niño símbolo de este arrebato derechista es el canciller Roberto Ampuero, que tiene la misma pasión contra la izquierda, que la que tenía por el comunismo"

Lo riesgoso es una cierta visión corrida a la derecha que tiene en general el nuevo gabinete, comparado con experiencias anteriores, e incluso con el propio discurso de Piñera en la campaña. Pareciera que el Presidente electo cayó en la misma ilusión que hizo famoso a Pedro Güell, el principal consejero del segundo piso. Este vio en el triunfo de Bachelet y en los resultados de la primera vuelta un malestar con el modelo que implica que los ciudadanos ven más con los ojos de izquierda. Piñera pareciera que interpretó que su victoria correspondía a una oleada conservadora en la sociedad y la plasmó en su visión del gabinete.  

Es notoria, en los ministerios sectoriales,  la ausencia de personas liberales con visiones más moderadas que apoyaron a Piñera en su contienda. Con la excepción de las ministras de Cultura y Transportes, se ve en contraste un piño de ministros conservadores, educados en colegios caros y en la Universidad Católica, ligados a think tanks ultramontanos que dedicaron estos años, con ingenio y tesón, a despotricar contra cualquier posible reforma que igualara la cancha en Chile. La ausencia de centros de pensamientos más moderados como el CEP o el Instituto de Estudios de la Sociedad, o de personeros de Ciudadanos es notoria en este gabinete.

Un niño símbolo de este arrebato derechista es el canciller Roberto Ampuero, que tiene la misma pasión contra la izquierda, que la que tenía por el comunismo cuando era yerno de “Charco de Sangre”; un alto jerarca del gobierno de Fidel Castro, que debe su apodo a la cantidad de fusilamientos de los que fue responsable en los primeros años de la Revolución cubana. La señal hacia América Latina es clara, o son conservadores o son demonios.

Esa ilusión ultramontana es tan errónea y disparatada como el malestar de Pedro Güell. Piñera no ganó por ser de derecha, sino porque fue capaz de mostrar un programa de gobierno coherente y un compromiso con el crecimiento, en contraste con un candidato que vociferaba contra los ricos y asesorado por un publicista que veía encuestas fantasmas.  El actual Presidente logró llevar a las urnas no solamente a grandes cantidades de votantes en los distritos tradicionales de derecha, sino a personas comunes y corrientes, aburridos de la Nueva Mayoría y asustados por los índices de bajo crecimiento que tiene Chile.

Pero esas mismas personas que votaron por Piñera piensan mayoritariamente que Chile necesita la ley que dictó la presidenta, están a favor de la gratuidad y opinan que las AFP son en buena parte culpables de las bajas pensiones en Chile. Creer que ellos de manera mágica que los votantes se volvieron de derecha, es un riesgo parecido al que cometió el actual oficialismo, cuando vio en los resultados de primera vuelta una mayoría ciudadana por las reformas y contra Piñera.