El debate presidencial de la modorra
Opinión
Carlos Correa Carlos Correa
Académico y consultor en Opinión Pública

El debate presidencial de la modorra

Quizá el formato anquilosado, bastante alejado de cómo se mueven las audiencias, hizo que este fuera uno de los debates más soporíferos que se recuerda en el último tiempo. El formato que eligieron los organizadores no guarda relación alguna con las capacidades que tiene la industria de los medios, que le permite interactuar de distinta manera con sus auditores y aprovechar el excelente impacto que pueden dar las redes sociales.

También la elección de las preguntas, con excepciones, huelen mucho más a lo que le interesa a los lectores de la prensa escrita, que son cada vez menos, que las que podrían tener las personas comunes y corrientes, como suele hacer la televisión en EE.UU. ante los debates.

"Los formatos planos terminan favoreciendo a quien va en primer lugar, que puede rápidamente escabullirse de los flancos débiles que puedan encontrarle sus contrincantes"

Tampoco se permitió el contraste duro entre los candidatos, sino una tímida respuesta a una interpelación lo que hizo aún más apagado el foro.

Los debates presidenciales juegan un rol importante en la configuración de decisiones de votos. Permiten reforzar a quienes tienen ya decidido el voto y es una oportunidad para los candidatos que están a la zaga de los líderes de aprovechar la igualdad de condiciones para marcar una diferencia e ir a la caza de electores.

Los formatos planos terminan favoreciendo a quien va en primer lugar, que puede rápidamente escabullirse de los flancos débiles que puedan encontrarle sus contrincantes. Así ha sido en cada una de las elecciones y es este el caso, donde tanto Piñera como Guillier eligieron la estrategia de no correr riesgos, y la estructura rígida los protegió de los contrincantes.

"Kast demostró que tiene capacidad de aguarle la fiesta (a Piñera). No solamente por su desplante escénico, sino porque ocupa palabras que suenan a música celestial para quienes suelen decir que no votan por la política"

Pero aún así, hay algunas señales que prestar atención. Por el lado derecho, José Antonio Kast habla con el lenguaje común de la derecha. Su neoconservadurismo explicado en simple entra bien en muchos hogares y puede hacer sudar la gota gorda a Piñera. No porque le amenace su preponderancia, sino porque puede quitarle votos que le hagan disminuir su ventaja sobre Guillier. La estrategia del comando de Piñera la explicó bien Andrés Chadwick en una entrevista: necesitan construir una ventaja de más de 15 puntos sobre Guillier, que genera la estampida en la izquierda para la segunda vuelta, y con ello repetir la cómoda ventaja que tuvo Bachelet en la elección de 2013.

Kast demostró que tiene capacidad de aguarle la fiesta. No solamente por su desplante escénico, sino porque ocupa palabras que suenan a música celestial para quienes suelen decir que no votan por la política, sino por las personas, el más común de los eufemismos que ocupan quienes no quieren confesar ser de derecha.

Habló del respeto perdido, como lo hizo Sarkozy en su momento. Planteó rebajas sustanciales de impuestos para atraer inversión como lo hizo Trump. Barrió con los políticos tradicionales, como lo hace el personaje de Waldo en la serie Black Mirror. Mandó a Navarro a Venezuela, como hacían los partidarios del gobierno militar en su tiempo, que decían que buena parte de la solución era mandar para afuera a lo que se llamaba “los señores de izquierda”. Evitó el error de Ossandón de barrer el piso con Piñera. Había suficiente candidato de izquierda en la sala disponible para ello.

En el caso de los candidatos de la ex Nueva Mayoría, las pocas diferencias que exhibieron ratificó que fue la impericia y la ambición de corto plazo de los líderes del PS lo que evitó una primaria. Aunque es una buena noticia para la segunda vuelta, sigue siendo una tarea pendiente demostrar que hay capacidades de volver a gobernar en conjunto.

Los medios pueden jugar un rol fundamental para los próximos debates, si leen más a las audiencias que a los políticos, y hagan debates más parecidos a los buenos programas políticos que hay en estos días en pantalla. De lo contrario, la apatía puede seguir instalada y vamos camino a una disminución sustancial de la cantidad de electores en la urna, con el consiguiente efecto en la legitimidad democrática del país.