Juego de poder en la agenda legislativa
Opinión
Carlos Correa Carlos Correa
Académico y consultor en Opinión Pública

Juego de poder en la agenda legislativa

Acompañado de los presidentes de los partidos de Chile Vamos, los jefes de bancada y su círculo de hierro, y por supuesto, con amplia publicidad en los medios escritos, el Presidente electo, Sebastián Piñera, le dio un portazo a la agenda legislativa presentada por el gobierno saliente. Entre los aspectos más emblemáticos está la ley de identidad de género, con posiciones distintas dentro de la propia coalición del Presidente, la agenda educacional y como joyita de la corona, la reforma al sistema de pensiones.

Si bien fue visto como el fin del fair play, la verdad es que la oposición actual tiene todo el derecho de manifestarse en contra de cualquier proyecto del gobierno. Aquí se aplica más que nunca el refrán repetido en cafés y conversaciones: la política es sin llorar, y sin siquiera sollozar. Pero también bajo la misma lógica, el gobierno tiene, hasta el último día, el deber y el derecho de realizar su programa de gobierno.

"Quizá Piñera pensó que ya estaba en La Moneda con el desfile de ministros rindiéndole cuentas en su casa, en uno de los peores errores comunicacionales del actual oficialismo"

Quizá Piñera pensó que ya estaba en La Moneda con el desfile de ministros rindiéndole cuentas en su casa, en uno de los peores errores comunicacionales del actual oficialismo. Por eso se explica su  estupor ante la instalación de las urgencias legislativas por parte de los que todavía tienen el poder formal.

Probablemente de todos los proyectos a los que se les puso urgencia, el de la reforma de pensiones es el que más le debe causar incomodidad al presidente electo. Piñera esperaba construir un acuerdo y pasar a la historia como el que logró resolver uno de los problemas económicos más difíciles y con eso desactivar la bomba de tiempo en que se ha convertido la crítica a las AFP.

La Moneda, de despedida, le provocó un mal momento, al obligar al Congreso a discutir el proyecto que implica la creación de un fondo solidario administrado por un ente estatal, a diferencia de lo que está en el programa y en la cabeza de quienes asumirán el poder el 11 de marzo. Primaron por ambos lados, sobre la lógica de construir un acuerdo entre quienes se van y quienes llegan, el deseo de ganar el último juego de poder que harán Piñera y Bachelet.

Desde el punto de vista del piñerismo, ya pareciera no tener sentido negociar con el gobierno actual. Están de salida y los reportajes de los medios muestran más la estampida que la estrategia de una retirada ordenada. En el futuro Congreso, en el medio del desorden de la izquierda y la DC será posible ir a cazar votos para construir acuerdos y así sacar un proyecto de pensiones más acorde con lo que se plantearon en su programa.

Por otro lado, en el gobierno se instaló una especie de canto de cisne final sobre el legado. La columna publicada en El Mercurio con la firma de la Presidenta Bachelet muestra que la fiebre de creer en un país ilusionado con las reformas no se pasó ni con el balde de agua fría de los resultados electorales. Por ello prefirieron acelerar la máquina legislativa, sin reparar a construir acuerdos o hacer trabajo previo con las distintas fuerzas políticas. La creencia es que si la derecha rechaza los proyectos se verá el engaño al que sometieron a los electores.

La tesis de las masas alienadas que votaron ciegamente por Piñera no se ha pasado del segundo piso, ni siquiera en su estampida final.

Por cierto, todo esto no es más que un juego de sombras chinescas. Dentro del Congreso las distintas coaliciones sacarán sus cuentas propias y manejarán los tiempos legislativos, sin mirar mucho lo que haga Palacio.