La guerra de Barros
Opinión
Carlos Correa Carlos Correa
Académico y consultor en Opinión Pública

La guerra de Barros

El párroco jesuita de Tirúa, en una entrevista este miércoles a T13 Radio, planteó el riesgo que después de la visita del Papa quedara sólo un bonito libro con sus homilías acompañado de excelentes fotografías. Lo que no se contará en ese libro es la sorda lucha alrededor del Obispo Barros donde uno de los actores fue la Compañía de Jesús, orden a la que pertenece el párroco de la localidad sureña.

Si pudiera hacerse sería una historia tan buena como la novela Los Borgia, de Mario Puzo, donde se describe cómo se movían los hilos de poder alrededor del Papa. Uno de los mejores capítulos en ese libro que, sin duda, no verá el padre Bresciani, será la filtración de una carta firmada de puño de letra por el propio Sumo Pontífice, donde deja claro que su deseo es apartar por un año sabático a Barros, pero que las operaciones del Nuncio hicieron poco viable tal opción.

"Más allá del daño que sufrió la Iglesia chilena por el caso Karadima, ésta tiene el problema que se enfrenta a una sociedad que, con una velocidad increíble, se alejó de los templos y se volvió mucho más secular"

También formará parte de la historia cómo el Obispo Barros se paseó por todas las ciudades donde el Papa ofrecería misa y logró que los medios giraran en torno a él dejando en segundo plano los discursos de Su Santidad. Los católicos creen que el Espíritu Santo habita en el Papa y le ilumina, dándole sapiencia y capacidad de influir en la grey. De ser así, tendríamos entonces una desconexión temporal a lo Black Mirror, pues no hay peor discurso que el que no trasciende.

La guerra del Papa con la Iglesia chilena por el actual Obispo de Osorno tiene ya su tiempo. En el año 2015 un reportaje de la revista Qué Pasa contó con detalles cómo Ezzati trató de oponerse a tal nombramiento sin resultado alguno. Barros es acusado de complicidad en la serie de abusos sexuales que cometió Karadima. Sus víctimas relatan incluso que el obispo estaba presente mientras ocurrían tales horrores. Por tanto, su nombramiento era un lío político para una Iglesia que tiene que enfrentar un desprestigio mayor.

Más allá del daño que sufrió la Iglesia chilena por el caso Karadima, ésta tiene el problema que se enfrenta a una sociedad que, con una velocidad increíble, se alejó de los templos y se volvió mucho más secular. Buena parte de ello tiene que ver con la propia modernidad. En un país de pobres como era el que conoció el Papa Juan Pablo II, los curas jugaban un rol importante en las poblaciones como aglutinadores sociales. Hoy, el mall y las redes sociales los reemplazaron.

"También quedará en el misterio qué pasó en esa reunión con los jesuitas. Conociendo el alma brava de estos hombres, es difícil de creer que no le plantearon al Papa, integrante de la Compañía como ellos, el daño mayor del episodio Barros para una Iglesia que va en picada"

También se enfrentaba a un gobierno que hacía cambios que de todas maneras iban a tocar los intereses de la Iglesia. Por un lado, una reforma educacional que impidió lucrar a los colegios particulares subvencionados, industria donde la Iglesia tenía muchos intereses. Además de ello, la decisión firme de la Presidenta de avanzar en una ley que despenalizara excepciones para el aborto era también un desafío para los obispos chilenos, que necesitaban de poder político para enfrentarse a este tsunami legislativo. El episodio Barros les restaba fuerzas y legitimidad para la enorme tarea de lobby que se venía encima.

Pareciera que eso el Papa no logró nunca verlo, pese a que sus propios hermanos jesuitas tenían claro tal desafío que sufre la Iglesia. Las señales de su visita, en vez de fortalecerla la dejan aún más debilitada.  Será muy difícil explicar para los que quedan, el enredo de la carta firmada por Francisco y más aún, la señal dada por el Papa de apoyo directo y claro a Barros.

También quedará en el misterio qué pasó en esa reunión con los jesuitas. Conociendo el alma brava de estos hombres, es difícil de creer que no le plantearon al Papa, integrante de la Compañía como ellos, el daño mayor del episodio Barros para una Iglesia que va en picada. Todos ellos renunciaron a su locuacidad previa y han guardado, posterior al encuentro, un disciplinado silencio. Como logró Francisco calmarlos, será también parte de los misterios del futuro libro sobre su visita.

Pero tampoco podrán los párrocos apelar a los discursos del Papa. La mayoría de ellos, frente a audiencias mucho menores a la esperadas fueron tibios y llenos de palabras correctas. Nada comparable a las imprecaciones de Juan Pablo II o las piezas intelectuales de Benedicto XVI. Las imágenes en televisión de un hombre agotado, corroboran la tesis de una Iglesia cansada y fuera de los tiempos actuales. Quizá los pequeños momentos de sonrisas cuando tocaba a personas reales, el gesto político de ninguneo a Piñera y sin duda, la vergüenza expresada en La Moneda serán los pequeños tesoros que los curas podrán mostrar a quienes siguen alejándose de sus parroquias.