Pensamiento grupal
Opinión
Carlos Correa Carlos Correa
Académico y consultor en Opinión Pública

Pensamiento grupal

En los años 70, el psicólogo organizacional Irving Janis inventó el término “groupthink” (en español pensamiento grupal) para referirse al momento que, debido al alto stress, un grupo de tarea en una organización tomaba decisiones irracionales, en buena parte porque debido a su propia distorsión de la realidad y aislamiento no era capaz de entender los entornos.

Janis describía varias características del pensamiento grupal. Una de ellas y que es la más aplicable a esta extraña segunda vuelta, es el esfuerzo por lograr una unanimidad respecto a cierto punto, y con ello castigar los disensos. Esto hace que incluso aquellos miembros de una organización que ven los errores, prefieren callar para no dañar al equipo, o un objetivo. En el caso de una campaña, para no dañar una candidatura. También otro síntoma del pensamiento grupal es estereotipar a los competidores o minimizar su real influencia en un mercado o espacio electoral.

"El caso más evidente es Piñera, que pareciera dedicar su clásica energía desbordante a pensar todos los días qué debe hacer para perder la elección"

Los trabajos de Janis han sido muy utilizados por los consultores en comportamiento organizacional, pero resulta extraño al mundo político. Una clara muestra es la distorsión que afecta a ambas candidaturas presidenciales y que convierte a  esta segunda vuelta en una carrera sobre quien mete menos las patas.

El caso más evidente es Piñera, que pareciera dedicar su clásica energía desbordante a pensar todos los días qué debe hacer para perder la elección. Además del desaguisado grave de cuestionar la calidad de las elecciones en Chile, desplazó a sus voceros de primera vuelta por la estridencia de la familia Kast, en vez de la moderación que debiera tener quien logró en primera vuelta una ventaja sustancial sobre su contendor.

Solo la distorsión de la realidad propia del pensamiento grupal hace que su comando termine creyendo que Guillier, un caballero antiguo conocido por su parsimonia, sea algo así como el nuevo Che Guevara que saldrá de La Moneda a recoger uvas en una nacionalizada viña, como hacía el guerrillero argentino con la caña de azúcar en Cuba.

También este fenómeno lleva a creer al comando de Piñera que polarizar la campaña hará que los chilenos tengan miedo y con ello acudan en masa a votar contra el probable soviet que trae la Nueva Mayoría en alianza con el Frente Amplio (FA). Y lo peor que es el propio candidato de Chile Vamos el que transmite dicho estereotipo. Lo razonable es que la Nueva Mayoría fuera la que intentara radicalizar la elección, para atraer electores antipiñeristas, pero no fue necesario, pues el ex presidente hizo ya el trabajo.

La distorsión de los hechos es evidente y muy peligrosa. Convertir al candidato de Chile Vamos en un personaje odioso, en vez de destacar que tiene mejor percepción en materia de crecimiento, es un incentivo para muchos que pensaban quedarse en casa y cambiar de opinión por el solo placer de dejarlo fuera de la política para siempre. En especial, la excesiva derechización de la campaña está generando un sentimiento de empatía con Guillier en quienes votaron por el FA. La estrategia correcta era exactamente la contraria, lograr que se quedaran en casa twitteando contra el duopolio.

"La verdad es que Guillier tiene que juntar más de 1 millón y medio de votos para poder tener posibilidades de ganar en la segunda vuelta, tres veces más de los que tiene que juntar Piñera"

Pero también en el comando de la Nueva Mayoría está ocurriendo el mismo fenómeno. Los desaguisados de Piñera han construido en el guillierismo la ilusión de invulnerabilidad, otro síntoma de la enfermedad del groupthink. A manera de ejemplo, muchos están convencidos que el apoyo de Beatriz Sánchez timbró completamente el triunfo.

La verdad es que Guillier tiene que juntar más de 1 millón y medio de votos para poder tener posibilidades de ganar en la segunda vuelta, tres veces más de los que tiene que juntar Piñera. Los ejercicios numéricos de trasvasije automático de votos que han hecho varios en el oficialismo, corresponden más a un deseo que a la dura realidad que conocen varios que han manejado segundas vueltas.

Esta ilusión puede hacer que no se redoblen los esfuerzos por el trabajo territorial, ni se revisen las comunas donde hay bolsones interesantes y la campaña se centre en un ejercicio de simpatía en los medios y autoconvencimiento de partidarios. Para un candidato que sacó el más bajo porcentaje de la centroizquierda, 14 puntos menos que  Piñera y en un país donde la segunda vuelta siempre la gana el triunfador de la primera, tal espejismo es camino seguro a la derrota.