Crédito: Agencia Uno
Centroderecha: un nuevo comienzo

Centroderecha: un nuevo comienzo

Por primera vez, desde que existe lo que modernamente se llama centroderecha, esta obtiene en Chile más del 54 por ciento de los votos en una elección presidencial. 

Esta victoria sin precedentes puede marcar una nueva era en la política chilena. Pasa que ni los inveterados desaciertos de Bachelet ni la decadencia de la centroizquierda alcanzan para explicar el triunfo.

Es difícil auscultar lo que ocurre en las honduras del pueblo. Cualquier explicación sobre la situación ha de considerar también el alto nivel de abstención. Aun así, la elucidación de un triunfo político tan contundente tiene que atender, como a uno de sus factores, al giro que ha venido dando la centroderecha.

Desde que comenzara el trabajo de diagnóstico en el sector, los partidos y movimientos se articularan en una alianza política, se elaborara el documento “Convocatoria política”, hasta la inclusión en el discurso y el programa de la candidatura de Sebastián Piñera de nociones como las de solidaridad y Estado de bienestar (“a la chilena”), agua ha pasado bajo el puente. Se ha logrado, poco a poco, pero consistentemente, dar un paso relevante. Es el paso desde un relato tradicional de corte más economicista (salpicado de moral, liberal o cristiana, según el ala), hacia contenidos y tradiciones de talante más nítidamente políticos.

El actual discurso del sector ha aumentado su nivel de densidad y ese discurso más complejo ha logrado hacerse parcialmente carne en la acción política de la centroderecha. Aún falta mucho por avanzar, pero esa centroderecha chilena ya no es lo que era a fines de los noventa o incluso en el primer gobierno de Piñera. Hay mayor consciencia sobre la necesidad de tener una visión política del país, conseguir mayores niveles de integración nacional, modernizar la institucionalidad política y económica, atender con prestancia a los anhelos populares.

En estas circunstancias, la última victoria podría ser el inicio de un nuevo ciclo. Uno en el que la centroderecha, apropiándose no sólo de su nicho, sino también de vastos grupos del centro, asentada firmemente en sectores medios, logre ofrecer caminos de sentido capaces de convocar a una mayoría de carácter más permanente, que pueda ser la base electoral de varios gobiernos.

La condición para tal avance de posiciones de la centroderecha, es que ella consolide el dominio de ese centro político, incorporando nuevos liderazgos, propuestas reformistas de largo aliento, todo ello apoyado en un discurso de carácter nítidamente republicano y nacional.

Un discurso republicano es aquél consciente de la relevancia que la división del poder social tiene para la libertad. Esta división debe operar, primeramente, entre los privados y el Estado; luego dentro del Estado (funcional y territorialmente) y dentro del mercado (para evitar monopolios y oligopolios).

Un discurso nacional es aquél que apunta a integrar, en una visión de conjunto, toda la multiplicidad de grupos, sensibilidades y variaciones étnicas y culturales que aloja el país, de tal suerte que puedan fortalecerse los lazos de confianza social y solidaridad. Es menester que el pueblo se integre a sí mismo, se integre a su territorio y se esparza por él.

Si el republicanismo dispersa y evita caer en la concentración del poder, el principio nacional impide que la dispersión devenga disolvente. Si el republicanismo permite hacer frente al asambleísmo de la izquierda, el principio nacional posibilita complementar la racionalidad puramente económica con un criterio de integración, en virtud del cual todos participen de ciertas condiciones comunes razonables.

El desafío es, sin embargo, complejo. Aún hay quienes pretenden volver a posiciones de derecha de Guerra Fría, a cierta ortodoxia economicista, quien busca depurar las contribuciones que están llamadas a hacer las diversas tradiciones del sector: la liberal laica, la nacional popular, la socialcristiana, la liberal cristiana. Sólo el reconocimiento de ese acervo sofisticado y plural, y la discusión productiva entre esas tradiciones, permitirán consolidar la ampliación de la base electoral que se acaba de lograr y proyectarla a los lustros por venir.

Los intentos –conscientes o inconscientes– de simplificación en aras de una eventual mayor coherencia no sólo desconocen que la política es el arte de unir opuestos, sino además terminarían por hacer retroceder a la centroderecha a los límites de lo que fuera en sus años más oscuros.


Lo más visto en T13