Segundo gobierno de Piñera
Opinión
Hugo Herrera Hugo Herrera
Académico UDP

Segundo gobierno de Piñera

La victoria de Piñera fue histórica. Lo escribía la semana pasada: nunca lo que se entiende contemporáneamente como centroderecha en Chile había alcanzado sobre el 54 por ciento de los votos.

Probablemente el factor decisivo del éxito (además del hastío con Bachelet y su gobierno, y el miedo ante una perpetuación de su legado) fue éste: la incorporación de todas las vertientes del sector en la segunda vuelta de la campaña, tanto en el discurso (más tímidamente) cuanto en los liderazgos. Allí estaban liberales laicos, socialcristianos, nacionales y liberales cristianos. Este gesto de madurez política permitió que todos esos sectores se sintieran reconocidos y se movilizaran.

Se detectan, sin embargo, todavía insuficiencias ideológicas en la centroderecha. Esas insuficiencias se han ido saldando, pero aún queda mucho camino por recorrer. Especialmente, porque se tiene al frente una izquierda nueva, con capacidades ideológicas y de comunicación, que se han encarnado en el movimiento estudiantil y social, campos donde la presencia de la centroderecha es aún muy débil.

Debe considerarse también el significado que han adquirido las nuevas clases medias y populares. Sus demandas son más esquivas y sofisticadas que las del proletariado de comienzos del siglo XX. Por lo mismo, resulta más difícil atender a ellas y llevarlas a un discurso y una institucionalidad de manera pertinente.

Pero hay una similitud importante con el siglo XX. La llamada “crisis del centenario” de la república, que se desencadenó en 1910, casi junto con las celebraciones, se debió, entre otros factores, a que la clase política devino oligárquica, no fue capaz de dar cabida y reconocimiento a la pulsión proletaria y ésta se vio acicateada por lo que Alberto Edwards llamara un “proletariado intelectual”: nuevos profesionales pobres, altamente críticos del sistema político, social y económico. La consecuencia palmaria de tal combinación de incidentes fue una época de inestabilidad y malestar que se extendió por décadas, hasta el segundo gobierno de Arturo Alessandri. Cual señala Góngora: Alessandri carga con la culpa de muchas muertes. Pero debe reconocérsele que logró dar base a un nuevo pacto y un sistema político que perduró ocho lustros.

Hoy nos enfrentamos a un desafío parecido al del centenario: nuevas capas sociales plantean sus exigencias, y el sistema político y económico no las está acogiendo. A esto se deben, probablemente, la baja participación política, el malestar y la irritabilidad ciudadana, así como los estallidos, apoyados por la izquierda. La clase política acusa hoy visos oligárquicos. Y, si se mira la extendida cobertura universitaria y la cantidad de doctores y maestros que regresan sin empleo de los programas de becas del gobierno, no es difícil indicar que nos estamos proveyendo de un “proletariado intelectual” análogo al de comienzos del siglo XX.

La comparación con el centenario es ilustrativa, pues, hasta donde se deja ver, al gobierno de Sebastián Piñera se le abren dos caminos. O bien persistir en la senda de buena gestión y crecimiento económico, dejando en segundo plano la cuestión ideológica, el debate más político con la nueva izquierda. Es un camino parecido al de otro Alessandri: Jorge, ducho administrador pero mediocre político. El camino que siguió es insuficiente, pues es parcial. A ese camino, que es pilar de un gobierno exitoso, debe agregársele la preocupación especial por el discurso político.

Esta preocupación política incluye dos aspectos imprescindibles. Primero, el ejercicio de la presidencia de la república con plena consciencia del papel simbólico que la institución posee, liderando, el presidente, la discusión pública. Para conseguir lo anterior –segundo– es menester contar con un discurso que, a la eficiencia en las tareas de gobierno, agregue nociones específicamente políticas, como las de integración nacional (social y territorial) y la división del poder, incluida la importancia política (no sólo económica) del mercado como factor de la división del poder social.

Este es un camino político parecido al que siguió Alessandri padre en su segundo gobierno, el que lo transformó, más allá de las críticas severas que deben hacérsele (¡como responsable de tantas muertes!), en uno de los grandes estadistas de nuestro accidentado siglo pasado.