El Davalazo
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Opinión
Jorge Schaulsohn B Jorge Schaulsohn B
Abogado

El Davalazo

Lo venía pidiendo hacía meses y el fiscal se oponía, esperando tal vez que por milagro o casualidad  aparecieran los antecedentes que le permitieran cantar victoria, es decir, formalizar al imputado: Cuantas veces habrá soñado con el titular de primera página, las invitaciones a los matinales y la entrevista con Mosciatti. ¿Qué sobrenombre le pondría la prensa? Fiscal de hierro, el insobornable, o el Giovanni Falcone chileno (como el fiscal italiano anti corrupción asesinado por la Costa Nostra). Pero el tiempo inexorable transcurría sin resultados. Hasta que llegó el día en que pasó lo que tenía que pasar en un Estado de Derecho donde nadie puede ser investigado para  siempre: La Corte De Apelaciones de Rancagua decretó el sobreseimiento definitivo porque el fiscal no reunió antecedentes que le permitieran acreditar la participación del imputado en ningún hecho delictivo, ni siquiera para formalizarlo.

Durante todo este tiempo Sebastián Dávalos enfrentó el repudio de una opinión pública enardecida que ni siquiera lo dejaba caminar por las calles. Se transformó  en pararrayos del odio  y desprecio que desata su madre, la Presidenta de la Republica, en un segmento de la población;  en un instrumento perfecto para destruir la popularidad y estima en que la tenía, hasta ese momento la mayoría de la ciudadanía. Su condena fue instantánea y definitiva  en la corte de la opinión pública. Alimentada por filtraciones ilegales de la investigación que lo hacían aparecer como culpable  de los más atroces delitos, por periodistas opinólogos tras el rating y muchos políticos inescrupulosos que se aprovecharon  del pánico para perjudicar al gobierno. Hechos que son innegables. En este Circo Romano en que vivimos, donde basta que redes sociales o los medios de comunicación “levanten  el pulgar”, la presunción de inocencia vale menos que 100 Bolívares Fuertes al igual que un fallo absolutorio de los tribunales;  porque cuando se produce la población reacciona frustrada porque no corrió la sangre como exigía e indignada se ampara en la consigna de que en Chile no hay justicia.

"No conozco a Sebastián Dávalos y por lo que he visto en los medios no parece una persona muy agradable ni particularmente inteligente. Su reacción ante el sobreseimiento fue torpe y auto destructiva"

A Patricio Tombolini le ocurrió exactamente lo mismo. Se transformó en el niño símbolo de la corrupción, objeto de chistes denigrantes sobre su persona en el Festival de Viña, del Huaso en Olmué, en el Estadio Nacional, donde la gente se mataba de la risa. Al final, cuando la Corte Suprema en fallo unánime lo absolvió, en vez de pedirle disculpas se acusó  a la “masonería” de arreglar el fallo. Los mapuches absueltos por el asesinato del matrimonio Lushsinger están pasando por lo mismo. La opinión pública aleonada rechazó el fallo unánime que los encontró no culpables. Hubo una campaña contra en juez que presidió el tribunal destacando su chaqueta roja. Finalmente  la resolución  de la corte que anuló el fallo  fue recibido con aplausos hasta por el gobierno que se olvidó de la independencia del Poder Judicial. No quiero ni imaginar lo que pasará si en el nuevo juicio presidido por un magistrado de chaqueta negra se los declarara inocentes.

El gran mérito de la reforma procesal penal fue establecer un sistema en el que se deben respetar los derechos constitucionales y civiles de los ciudadanos sometidos a investigación o juicio; ello significa, por ejemplo, que una prueba obtenida mediante ingreso ilegal al hogar de un imputado no se puede usar en el juicio, aunque se trate de la “pistola humeante”. Que los fiscales no deben utilizar los casos para hacerse famosos, abonar futuras carreras políticas o prepararse para ejercer lucrativamente la profesión de abogado penalista. La gran virtud de la reforma es su carácter garantista; pero en este clima de linchamiento en la plaza pública el término se ha transformado en un garabato. Se confunde al imputado con el delincuente y se exige prisión preventiva para todos, olvidando que la libertad condicional es un derecho constitucional. Más de alguno cambiará de opinión el día en que por circunstancias de la vida él o ella o algún pariente o amigo tengan que enfrentar a la justicia.

No conozco a Sebastián Dávalos y por lo que he visto en los medios no parece una persona muy agradable ni particularmente inteligente. Su reacción ante el sobreseimiento fue torpe y auto destructiva. Pero su rabia es perfectamente  entendible considerando que su vida ha sido destruida tras un  largo proceso jurídico-mediático que terminó en nada.

Sin embargo, para Dávalos lo peor está por venir pues ahora entramos en la fase de la “condena ética”, que no es otra cosa que reemplazar el derecho por los prejuicios de los opinólogos quienes, liberados de la “camisa de fuerza” que impone el debido proceso  podrán calificar a su antojo como graves transgresiones aquello que les resulte incómodo o les parezca impropio. El Centro de Justicia se traslada a las radios, CNN, medios electrónicos y periódicos donde no existe el derecho  a defensa ni de réplica. Quedamos todos a merced de los dispensadores  de moralina.