La izquierda en el diván
Opinión
Jorge Schaulsohn B Jorge Schaulsohn B
Abogado

La izquierda en el diván

La izquierda está sentada en el diván tratando de entender las causas de su derrota. El problema no es menor; del relato con que emerja  de la consulta del psicólogo  depende  su futuro. Hasta ahora ensayo varias teorías, ninguna de las cuales cuajó en la opinión pública. La más reciente fue la conspiración del Banco Mundial, pero se desinflo rápidamente, al igual que la “teoría de la mala suerte” esbozada por el ministro de Hacienda y que consistía en lamentar que la economía se estuviese recuperando cuando ya se había terminado el partido. Pero la cruda realidad es que lo que algunos llaman despectivamente “la modernización  capitalista” cambió la fisonomía de Chile creando una enorme clase media que pasó de mirar como el gato a la carnicería a participar-o creer que  puede participar- de los beneficios del progreso económico que produce el sistema; un electorado nuevo (stakeholders) es decir, personas que tienen un interés creado positivo en el modelo de desarrollo. Un público abierto a escuchar con atención el mensaje económico y social de la derecha. Gente que no ve con antipatía las universidades privadas en las cuales estudian sus propios hijos, dispuestas a suscribir el CAE y a pagarlo (60% está al día) que piensa que aun cuando el servicio sea malo hay que pagar el viaje en transantiago. Demócratas que ya no aceptan la supremacía moral de la izquierda en materia de DDHH. Gente que no se compró  la  agenda refundacional de Bachelet ni la asamblea constituyente, muchos de los cuales fueron fieles electores de la Concertación.

Por eso el shock es tan profundo y devastador. Los líderes de la izquierda saben que los síntomas apuntan a una bancarrota del proyecto de la Nueva Mayoría que abandonó el camino socialdemócrata que encarnó  la Concertación. Algo que no se arregla con ingeniería electoral o frentes únicos pegados con moco. La crítica más recurrente e hiriente que la izquierda dura siempre le formuló a la Concertación era que se había  limitado a administrar el modelo neo liberal de Pinochet, negándose a las reformas estructurales que el pueblo exigía en las calles. Por eso, se  decía  Bachelet le entregó la banda a Piñera y que Frei perdió por tibio y continuista, una lectura voluntarista e ideológica de la realidad. Resulta tragicómico escuchar a los mismos que acusaban a la Concertación de ser demasiado  neo liberal (y que perdieron la elección por ser demasiado izquierdistas) criticar al gabinete de Piñera ser demasiado derechista.

La transición terminó hace rato y hoy vivimos en “The New Normal o “Nueva Normalidad”, que se caracteriza porque la derecha democrática es más competitiva que una izquierda contaminada por partidos con tendencias totalitarias; lo que no significa que una  mayoría de la población sea de derecha. No lo es, pero ven el vaso medio lleno y no medio vacío y a Chile como el país de las oportunidades y no de las desigualdades. No se sienten convocados por el discurso nostálgico y desesperanzador  que encuentra que todo está  malo.

Es este nuevo Chile el que le dio un mandato a Piñera para cambiar el rumbo que el gobierno de la Nueva Mayoría  le imprimió al país durante los últimos cuatro años, no para administrar las reformas de Bachelet.  Nadie puede considerar una “declaración  de guerra” como dijo un personero del Frente Amplio que se nombre a un ministro de Educación que es contrario a la gratuidad o una ministra de la Mujer que esté  en contra del aborto. Así es la democracia, unos ganan y los otros  pierden. Otra cosa distinta es que todos, ganadores y perdedores deben aplicar la ley, mientras no se cambie o derogue. Piñera no va a desmantelar las reformas ( no tendría los votos para hacerlo aunque quisiera)  pero las pondrá en un ESTADO DE COMA INDUCIDO utilizando,  legítimamente la potestad   reglamentaria para enmendar normas dictadas, por ejemplo por la Dirección del Trabajo en la aplicación de la reforma laboral; o retirando urgencias o modificando proyectos en tramitación. Un demócrata no puede pretender que perdiendo una elección todo siga igual ni sentirse agredido por la implementación del  programa del ganador. Naturalmente, que la oposición puede criticar, oponerse, movilizarse, pero jamás ofenderse.

En la era de la nueva normalidad el triunfo del otro  no tiene porqué  ser un “paréntesis”, algo “freak”  como calificó la izquierda al primer gobierno de Piñera. Esta dentro de lo posible  que la derecha se repita el plato como en su día lo hizo   cinco veces  la Concertación. Y de lo probable si la izquierda no recupera la impronta social demócrata de los 90 y persiste en una alianza con sectores  conservadores y retrogradados como lo fue en la  Nueva Mayoría.

Pero, como el hombre (y la mujer)  es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra eso es muy posiblemente lo que sucederá. Tendremos derecha para rato?