El Donald presidencial (y tramposo)

El Donald presidencial (y tramposo)

Pese a que existía una abierta provocación en contra de su persona y de su investidura –decenas de parlamentarios demócratas simplemente se negaron a asistir al Discurso del Estado de la Unión; los miembros de la bancada afroamericana habían autorizado a sus integrantes a retirarse de la ceremonia cuando les diese la gana–, Donald Trump no delató inquietud ni ofuscación el martes en la noche en el Capitolio. De hecho, bajo diversos puntos de vista, el presidente estuvo a la altura de las circunstancias y, algo no común en él, pronunció un discurso articulado y bastante moderado para sus parámetros habituales, aunque, claro, no faltaron las exageraciones, las ramplonerías y las mentirijillas. 

Trump sabía de antemano que sus palabras iban a causar euforia en un solo segmento de los asistentes, los republicanos, y es por eso que casi todo el tiempo, durante los 80 minutos que duró su alocución, dirigió la cabeza y la mirada hacia el flanco izquierdo, que es donde se encontraban ubicadas las huestes republicanas. A su derecha, lugar en que estaban reunidos los demócratas, reinó el silencio y la apatía. Trump volteó hacia ellos en un par de ocasiones, es cierto, cuando supuso que sus propuestas sonarían dulces para los oídos liberales, pero el acto de conminarlos a pararse gesticulando con las manos en actitud desafiante, vulgar y patronal, no provocó la reacción anhelada: que siquiera por un instante sus enemigos reconocieran su grandeza y le ovacionaran. Los demócratas, amurrados, permanecieron apernados a sus butacas.

"Bajo diversos puntos de vista, Trump estuvo a la altura de las circunstancias y, algo no común en él, pronunció un discurso articulado y bastante moderado para sus parámetros habituales, aunque, claro, no faltaron las exageraciones, las ramplonerías y las mentirijillas."

Si bien en Estados Unidos nadie estima que el Discurso del Estado de la Unión, sea quien sea el mandatario que lo pronuncie, producirá cambios sorpresivos en la política nacional o internacional del país, las expectativas en torno a la primera vez que Donald Trump cumplía con la tradición eran altas por tratarse, precisamente, de Donald Trump. Los morbosos quedaron decepcionados, como dije, puesto que Trump se contuvo. Es más: por primera vez se pudo distinguir en él algún viso del atributo que sus oponentes se niegan a reconocerle: la facultad de parecer presidencial. Sin embargo el brillo no traspasó el aura de lo meramente formal. 

De partida, Trump no dijo nada que no hubiese dicho antes. Y los aplausos un tanto histéricos y exagerados de los republicanos ante los anuncios del presidente no guardaban relación con el contenido mismo de sus palabras. Me explico: la mitad de quienes sudaron palmoteando y celebrando con efusión hasta las más nimias frases de Trump, van este año a la reelección en sus distritos parlamentarios. Y la otra mitad, evidentemente, quiere mantener la mayoría republicana en ambas cámaras. A todos ellos Trump les dio lo único que les interesaba oír, a saber, que la economía estadounidense está creciendo. Con eso bastaba, el resto fue impostación: si buena parte del público asistente iba a mantenerse en obstinado silencio, los otros simplemente debían aplaudir el doble. 

Por supuesto que no todo fue jolgorio, ya que las fisuras existentes dentro de un partido que efectivamente puede perder el control del Parlamento este año –algo impensable hace 12 meses, y que de suceder se debería en buena medida a la bajísima popularidad de Trump–, se hicieron evidentes incluso para el telespectador: tras la arenga antiinmigración del presidente, el senador republicano Marco Rubio no aplaudió y, al igual que sus colegas demócratas, permaneció con mirada adusta apernado a su butaca.      

Cubrí entre los años 2011 y 2017 las intervenciones de Obama ante el Congreso, y me resulta imposible, aunque sólo sea brevemente, no compararlas con el debut de Trump en esta costumbre republicana. Obama es mejor orador que Trump, no hay dudas, y en cada ocasión fue capaz de construir un relato novedoso, en que el humor, las sutilezas, la seducción y la épica no brillaron por su ausencia como el martes pasado (en 2011 sacó a colación el caso de los mineros chilenos como ejemplo de fortaleza ante la adversidad). Salvo las alusiones a la reactivación económica, Trump se limitó a satisfacer al núcleo duro de sus votantes con un discurso más bien plano. 

Pero sí hubo una sutileza de calibre mayor y naturaleza insólita, que no todos captaron en su verdadera dimensión: el presidente sostuvo en el Capitolio que muchos empleados del gobierno federal no hacían bien su trabajo y que debían ser despedidos. Trump no se refería a la bandera de lucha de los republicanos que aboga por reducir al máximo el tamaño del Estado, claro que no: Trump estaba lanzando una amenaza potente a todos aquellos miembros del gobierno o del Poder Judicial, especialmente a los más encumbrados, que no estén dispuestos a protegerlo a él antes que al estado de derecho. Esta vez, hay que reconocer, el exabrupto ciertamente alcanzó un tono presidencial. 

En cuanto a las exageraciones y mentirijillas mencionadas al principio, casi todas se balancean en la fina línea que se traza sobre el contexto en que se expresan. Y el contexto, bien lo sabemos, es algo que Trump se da maña para fijar él mismo, con lo que sus grandes anuncios y sus espectaculares promesas no pasan de ser verdades a medias o una posibilidad más entre decenas de otras.     


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