Linchar al Papa

Linchar al Papa

Aquellos que no cultivaron amistad con observantes católicos, o que por cosas de la vida dejaron de mantenerla, habrán notado que entre sus círculos de cercanos en las redes sociales abundaban las quejas ante el peregrinaje del Papa por nuestro país. Otra tendencia, aunque minoritaria, fue la indiferencia total al respecto. El asunto, cualquiera sea el ángulo, resulta fácil de explicar, ya que en los últimos 20 años, a Dios gracias, Chile pasó de ser uno de los lugares más clericales del orbe a una especie de curiosa isla del descreimiento, en donde, claro, todavía subsisten algunos poderosos y estridentes reductos de la fe, pero que por ello mismo, por la estridencia, demuestran su condición de derrotados en la esfera terrenal. Pese a la dilatada y, en mi opinión, aburridísima y a ratos histérica cobertura que la gran mayoría de los medios de comunicación le dedicaron al viaje de Francisco, lo cierto es que al chileno común y corriente los pasos del Santo Padre argentino no le van ni le vienen. Basta reparar en la falta de entusiasmo con que el mensajero divino fue recibido en la Tierra de Campeones. 

Más interesante que la visita misma del Papa me parece el ámbito de las reacciones que provocó el evento, y específicamente las reacciones en las redes sociales. Debo confesar, no obstante, que jamás he participado en red social alguna, y es muy probable que a estas alturas de la vida ya nunca llegue a hacerlo. No lo digo en calidad de purista ni de ludita ni de ensimismado patológico. En el gesto, simplemente, hay algo de flojera, un poco de timidez y a la vez una incierta dosis de iluminación: prefiero gastar el tiempo en otros vicios. 

"Al chileno común y corriente los pasos del Santo Padre argentino no le van ni le vienen. Basta reparar en la falta de entusiasmo con que el mensajero divino fue recibido en la Tierra de Campeones"

Como sea, estoy consciente de que esta admisión podría sonarle vergonzante a tanto exhibicionista de Facebook o Instagram, mas no me impide opinar al respecto, pues de vez en cuando accedo, no sin esfuerzo por la falta de costumbre, a informarme de lo que ocurre en las redes. Tampoco cultivé ni mantuve amistad con demasiados observantes católicos, pero eso no me desacredita para hablar del tema en pos una razón muy precisa: me llaman mucho más la atención aquellos que, sin ser católicos, despotricaron en las redes sociales contra la visita del pontífice o su investidura, que aquellos que, siéndolo, se regocijaron con su cercanía.

Casualmente leo por estos días algunos ensayos de Byung-Chul Han, el filósofo alemán nacido en Seúl que cuenta con millones de lectores en el mundo, muy de moda hace rato, aunque yo recién vengo conociéndolo. El tipo desprecia la autopromoción, rara vez asiste a eventos públicos (exceptuando las clases que imparte en la Universidad  de Berlín), no tiene página de Facebook y poco tiempo atrás concedió a crearse una cuenta de e-mail, que, dicen, rara vez utiliza. Aun así, exóticamente “desconectado”, el hombre exuda una claridad universal tajante: sus conceptos están expresados con suma concisión, con una nitidez que no calza con el intimidante título de “filósofo alemán”, y son, o pueden llegar a ser, un rotundo piedrazo en la sien.

"¿Quiénes son más beatos? ¿Los linchadores del Papa en Twitter, en Facebook, o aquellos que legítimamente creen en la encarnación divina de Bergoglio?"

Con él, leyéndolo, me sucedió lo que a cualquier lector le ocurre cuando descubre que ciertos descoloridos pálpitos propios, vagas sospechas, fobias inexplicables, presagios improbables, han sido articulados por un otro, el autor, con una gracia que uno no hubiese podido urdir ni siquiera a lo largo de décadas cavilando sobre el tema. Pues bien: a Han le cargan las redes sociales porque el exceso de información inútil que producen, y la impudicia que promueven, no iluminan el mundo, no construyen verdades, no alumbran la oscuridad. “Mientras más información se libera”, arguye, “el mundo se convierte en un lugar más confuso y fantasmal”. Las masas y las muchedumbres que antes alentaban los cambios y sostenían las estructuras del poder, hoy en día no existen: han sido reemplazadas por los alaraqueos destemplados de Twitter o Facebook. Permítaseme traducir un párrafo suyo que explica esto a la perfección:

“El enjambre digital no constituye una masa porque allí dentro no habitan ni un alma ni un espíritu. El alma congrega y une. En contraste, el enjambre digital está compuesto de individuos aislados. La masa se estructura sobre lineamientos diferentes: sus atributos no pueden remontarse a individuos. Pero ahora los individuos se están fundiendo en una nueva unidad; sus miembros ya no poseen un perfil propio. Para que emerja una muchedumbre, no basta la reunión ocasional de seres humanos. Se requiere de un alma, de un espíritu común, para que la gente se fusione en una muchedumbre. El enjambre digital carece del alma o del espíritu de las masas. Los individuos que se congregan como enjambre no desarrollan un nosotros. Ninguna armonía prevalece, que es lo que engarza a la muchedumbre unificada hacia una entidad activa. A diferencia de la muchedumbre, el enjambre no demuestra coherencia interna. No habla con una voz. El linchamiento digital [“shitstorm” en inglés] carece también de una voz. En consecuencia, se le percibe como ruido”.   

La ecuación de Han es simple y bastante seductora: es probable, después de todo, que la libertad absoluta nos aterre –“es una carga intolerable”, señala–, razón por la que inventamos a Dios con el propósito de sentirnos culpables y en deuda ante algo. Por lo mismo, luego de haber matado a Dios, se nos ocurrió reemplazarlo por el capitalismo: al igual que Dios, claro que con mayor eficiencia, el capitalismo nos hace sentir culpables por nuestros fracasos y nos incita a endeudarnos hasta el tuétano. 

Y aquí viene un pensamiento suyo que, por fin, me permite retomar el hilo de lo que intento decir desde el principio: en opinión de Han, el teléfono inteligente vendría ser una suerte de rosario moderno, en cuanto a que ambos son adminículos confesionales y estimulan la vigilancia. “Tanto el rosario como el teléfono inteligente sirven al propósito del monitoreo y del control del individuo” (por lo demás, el término digital apunta a dedo). Y si de dedos que apuntan se trata, ¿sabrán nuestros enfurecidos denostadores del Papa en las redes sociales que están actuando precisamente como católicos ejemplares? Han estima que la revolución digital que se inició en 1984 –título del libro de Orwell y, no por casualidad, año en que Apple lanzó su primer computador Macintosh– conformó a la larga, tras la aparición de Amazon, Facebook, Twitter y Google Glass, una versión ultra tecnificada del catolicismo. Y esto da para detenerse en una duda de apariencia simplona, pero de raíz profunda y puede que hasta tenebrosa: ¿Quiénes son más beatos? ¿Los linchadores del Papa en Twitter, en Facebook, o aquellos que legítimamente creen en la encarnación divina de Bergoglio?     


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