Crédito: Agencia Uno
Funeral de Nicanor Parra

Míster Nick Parra

Nicanor Parra estuvo varias veces en Estados Unidos entre 1943 y mediados de los años 70, partiendo por el posgrado en mecánica avanzada que estudió en la Universidad de Brown. Más tarde hizo clases en Columbia, en Yale, en la Universidad de Nueva York, en Louisiana State University. Asistió también a congresos científicos, a seminarios de literatura, habló sobre sus oficios, difundió elevadísimos conceptos einstenianos, definió con brillantez las ideas subyacentes en la antipoesía, se codeó con los mejores poetas de su época, e incluso se compró un departamento en Manhattan. Pero acerca de todo esto sabemos poco, o al menos poco en comparación con el famoso tecito que el día 15 de abril de 1970 Parra se tomó en la Casa Blanca con la esposa del entonces presidente Nixon.

El asunto, según lo explicó él, fue una celada, un ardid publicitario propio de las jugarretas sucias de la Guerra Fría, que, no obstante, le costó el desprecio eterno de la izquierda universal. Visto desde otro ángulo, el enredo lo ayudó a vigorizar una de las cualidades definitorias de su personalidad: la independencia a ultranza. Hace once años, durante una conversación extendida en Las Cruces, Parra me aseguró que vivía bajo el imperio de lo que el poeta Keats denominaba la “negative capability”: “Hay que dejar que flameen todas las banderas, sin abanderizarse con ninguna. Hablo de la capacidad de vivir en la contradicción, sin que por ello exista algún tipo de conflicto. A fin de cuentas, todo consiste en manejar las variables ocultas, y lo único claro es que el poeta no debe tomar partido”.

De mayor interés que el tecito en la Casa Blanca es la relación que Parra estableció con algunas de las voces más potentes de Estados Unidos, con ese gigante que fue William Carlos Williams, que tradujo varios de sus poemas, con W.S. Merwin, que hizo lo mismo, con Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, a quienes conoció en el célebre encuentro de poesía llevado a cabo en la Universidad de Concepción en 1960. Pero cuando le pregunté de su cercanía artística con los grandes autores estadounidenses que trató en persona, el antipoeta esquivó el bulto, guardó un instante de silencio, y sólo respondió que los gringos le decían Nick, Nick Parra. Seguidamente, se largó a hablar de la India y de cómo Ginsberg llegó a manejar a la perfección la complicadísima y, a la larga, efectiva técnica oriental para limpiarse el poto con la palma de la mano. Yo interpreté la evasiva como un gesto de modestia: a diferencia suya, ninguno de los mencionados había inventado un género literario. Es bien sabido que Ginsberg opinaba que la obra parriana era “más sofisticada e inteligente que la de Neruda”, y en Writing Across the Landscape, los diarios de viaje que Ferlinghetti publicó un par de años atrás, figura una anécdota que guarda relación con esto.

En agosto de 1982, mientras tomaba una cerveza en un boliche ubicado a un costado de la plaza de Oaxaca, Ferlinghetti fue abordado por un personaje “salido de Nicanor Parra: anteojos oscuros, un bastón, una bolsa de papel, barba gris. ‘¿Habla inglés? ¿Español?’. ¡Trata de venderme un pedazo de lija! Hay una mosca que camina por su corbata, como en el poema de Parra”. Trece días más tarde, durante un encuentro de poetas en la Ciudad de México, Ferlinghetti se enteró de que ningún chileno había asistido, pese a que Parra estaba invitado. “Homero Aridjis, el director, me dijo que Parra fue enemigo de Allende y de Neruda, y que siempre estuvo a favor del actual régimen militar. Aridjis agregó que le informó de esto a Fred Martin de New Directions, la editorial de Parra y mía. Me pregunto si él lo entendió. Esto ciertamente arroja una nueva luz sobre el versátil, agudo e irónico Míster Parra (una mosca en su corbata)”.

Tal vez sea oportuno informar que hoy en día, transcurrido el tiempo y difuminada la sombra protectora y patronal de Octavio Paz, Aridjis no concita demasiada admiración en su patria, en parte por cambullonero, y en parte por mediocre. Al menos así lo deja entrever el reseñista de Letras Libres que se hizo cargo de su Antología Poética (2009): “Pensemos en un lugar común que funcione como axioma y prejuicio. Nada más infortunado, entonces, que una obra poética escrita desde hace medio siglo reducida en su totalidad a los axiomas y prejuicios que se desprenden de ella, indistinguibles entre sí”. Y un poco más adelante, se lee lo siguiente: “En el caso de la poesía de Homero Aridjis (Michoacán, 1940), el prejuicio mayor que rodea su lectura –el chisme canónico de pasillo, la sentencia lapidaria que surge de una charla entre escritores, la “cosa ya sabida” que se desvanece antes de rozar la cuartilla o el micrófono– es el mismo desde hace mucho tiempo: los títulos escritos antes de cumplir los treinta años son los únicos merecedores de su justa mención”.

El 27 de junio de 1968, el diario New York Times publicó una crónica titulada “Físico chileno lee su poesía”. Allí se detallaba la participación de Parra en un encuentro de poesía auspiciado por el Lincoln Center. Junto a él, en el programa, figuraban nombres eminentes, como el pakistaní Zulfikar Ghose, o los polacos Zbigniew Herbert y Czeslaw Milosz. Parra había recitado “La víbora”, y el extracto que más llamó la atención del periodista, traducido al inglés por Merwin, dice así: “Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas / En el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo; / No me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado / Y me acusaba de haber arruinado su juventud: / Lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez / Y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda, / Pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios”.

La doble condición de físico y poeta fue un rasgo que también deslumbró al cronista. Que a Parra le preocupara que todos los físicos no fuesen poetas, y viceversa, era algo demasiado novedoso para no ser destacado. “Practico la Física para ganarme la vida, y practico la poesía para mantenerme vivo”, fue la cita con que el periodista ilustró esa doble militancia vitalista. Y cuando se le pidió definir un antipoema, Míster Parra saltó con la que hoy en día es la acepción canónica del concepto. La respuesta, partió explicando, yace en la diferencia que existe entre la lírica y la antilírica: “Cuando hay humor, ironía, sarcasmo, cuando el autor se ríe de sí mismo y de la humanidad, entonces el autor no está cantando, sino que contando una historia. Eso es un antipoema”.

No muchos años atrás, una editorial neoyorkina de renombre quiso publicar una edición bilingüe de la poesía de Parra, pero él, ojo al charqui, pidió un adelanto que, dicen, escandalizó a los tinterillos a cargo. Cicateros ellos, además de poco avispados, pues nada les hubiese costado colgarse del éxito que obtuvo Bolaño en su país, para así promover a quien el detective salvaje consideraba un maestro. Ahora bien, que el antipoeta de Las Cruces siga siendo un misterio para los lectores de lengua inglesa, la lengua que él tanto amó, es algo que no debiera quitarnos el sueño (en Estados Unidos se reeditan libros suyos con relativa frecuencia). Mejor demos algo por cierto: el moment de Míster Parra llegará sooner than later.

Nos avala en esta predicción el refinadísimo gusto ajeno, nada menos que el de autores de la talla de William Carlos Williams, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, W.S. Merwin, y de tantos otros que supieron distinguir la luz de la genialidad en los versos de Nick Parra. Legítimo también sería apretujar dentro de la lista de eminentes parrianos gringos al sumo sacerdote de la crítica estadounidense, me refiero al gordete de Harold Bloom, que sentenció hace ya bastante tiempo que el chileno contaba con méritos sobrados para recibir el Nobel. Y dado que estamos en esto, metamos finalmente al baile a Stephen Greenblatt, un viejo enemigo de Bloom que en la actualidad se dedica a enseñar a Shakespeare en la Universidad de Harvard. Su caso debiera aportar certeza a nuestro pálpito: hasta hace un año y medio, fecha en que lo entrevisté, Greenblatt apenas conocía la obra de Parra; hoy por hoy se declara un admirador más. Mientras tanto, los empolvados, los tartufos y los apollerados de la Real Academia Española ni siquiera se han tomado la molestia de rendirle un homenaje al hablante que utilizó, como nadie en nuestra era, la lengua a su favor.


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