Desbinominalización y cambios en la cartografía política chilena

Desbinominalización y cambios en la cartografía política chilena

Hasta las últimas elecciones presidenciales de 2013, el mapa político chileno era más o menos predecible en su configuración estructural. Dos bloques o coaliciones con cambios de denominación de por medio -más por cuestiones de estrategia electoral que por razones de arquitectura ideológica o programática- dominaron sin contrapeso el escenario político. Por cierto, tras el retorno a la democracia en todas las elecciones hubo candidadatos que infructuosamente intentaron romper el cerco del sistema electoral mayoritario, ideado por los redactores de la Constitución de 1980 y que se expresó en los hechos en la actual binominalización de la politica chilena. De esta forma, Errázuriz (1989), Max Neff y Pizarro (1993), Marín (1999), Hirsch (2005) MEO (2009 y 2012) y Parisi (2012) no pudieron con el duopolio de la Concertación de Partidos por la Democracia -hoy Nueva Mayoria- y de Democracia y Progreso -que pasó por llamarse Unión para el Progreso, Alianza por Chile, Alianza, Coalición por el Cambio-, hoy Chile Vamos.

Sin embargo, y tras 27 años, el ciclo político que modeló el sistema binominal parece estar llegando a su término. El anuncio del PDC de concurrir hasta la la primera vuelta en noviembre próximo no es más que la constatación del fin de un ciclo y, a su turno, el surgimiento de una reconfiguración del mapa político chileno.

En esta decisión han pesado cuestiones que remiten a varios factores, entre los que destacan la crisis de representación e identidad partidaria, la pérdida del annimus societatis y el predominio de lógicas de juegos no colaborativos en la actual coalición oficialista.

A su vez, en la vereda opositora queda claro que tanto Manuel José Ossandón como José Antonio Kast y los líderes de Evópoli permanecen coaligados hasta ahora solo por la expectativa de ser gobierno en 2018. Sin embargo, en el mediano plazo el escenario más probable para Chile Vamos será inevitablemente la ruptura de dicho pacto. Esto porque no resulta razonablemente posible mantener la unidad solo a partir de un objetivo puramente táctico, que carece de proyecto de gobierno, relato y gobernabilidad. La evidencia de que disponemos muestra que hace rato que este sector político viene estando dominado por una energía centrífuga que, por lo demás, es atávica en la derecha chilena.

El Frente Amplio, a su turno, es un espacio aún en construcción. Se debate en lo estratégico entre una configuración estilo Unidos Podemos, como en el caso español, o el modelo de centroizquiera del Frente Amplio uruguayo, más próximo a la actual Nueva Mayoría, con la diferencia que en Uruguay hacen parte de dicho bloque a organizaciones sindicales y de la sociedad civil. Si su apuesta es solamente de ampliación de la oferta electoral, su rendimiento quedará agotado a la primera vuelta.

Lo que en verdad parece estar ocurriendo en paralelo con lo anterior, es que el sistema proporcional corregido que debutará en las elecciones parlamentarias de 2017 introduce un conjunto de incentivos en clave de "desbinominalización".

La mayor expectativa estaría en que a partir de ahora podrían evitarse -por lo menos teóricamente- algunos de los resultados desestabilizantes e "injustos" del binominal, ya que se reducirán los "escaños de recompensa" para los grandes partidos y las tiendas pequeñas podrán tener acceso al parlamento sin necesidad de obtener grandes cantidades de votos. De este modo, se espera que el nuevo sistema evite los resultados anómalos del actual sistema binominal, facilitando una conformación de las cámaras más representativa.

La literatura sobre sistemas electorales y la evidencia comparada muestran que estos sistemas traducen con presición votos emitidos en escaños, generan pocos votos desperdiciados, facilitan a los partidos minoritarios el acceso a representación, permiten a los partidos presentar listas de candidatos diversificados, estimulan la elección de representantes de minorías, hacen más probable que las mujeres resulten elegidas y tornan más viable el poder compartido, entre otras ventajas que se anotan.

Son estas consideraciones las que podrían estar a la base de los actuales movimientos tácticos y estratégicos que observamos de los actuales partidos y sus dirigencias políticas. ¿Estamos finalmente frente -ahora sí- al anunciado big bang del sistema de partidos políticos? No lo sabemos con certeza, por lo que habrá que esperar hasta el próximo 19 de noviembre. Lo cierto es que la actual configuración de dos grandes bloques articuladores de la política en Chile se agotó y será inexorablemente reemplazda más temprano que tarde por una nueva configuración, que mostrará sin duda una nueva cartografía política chilena. Quizás este dato sea incluso más importante que la propia elección presidencial, cuya suerte parace también estar atada a este término de ciclo político.


Lo más visto en T13