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Municipales 2016: ¿Elección fantasma o desacralización de la política?

Diversas argumentaciones buscan explicar la falta de ambiente electoral al cual parecíamos estar acostumbrados pero que paradojalmente criticábamos. Algunos asocian este fenómeno con un nuevo ciclo de despolitización de la sociedad chilena. En los hechos y a menos de un mes de las elecciones municipales, lo cierto es que nadie tiene el tema muy en cuenta y, en los medios, cualquier noticia tiene mayor cobertura que el proceso que se avecina. Algunos comienzan a referirse a este proceso electoral como el de una elección fantasma.

Varios sostienen que sería el cambio en las reglas del juego -en especial en lo referido al financiamiento y su correlato en el marketing político- lo que estaría produciendo la invisibilización de las campañas. Esto sería así por los incentivos puestos en la actual legislación, que busca emparejar la cancha para promover campañas con más oferta de postulantes -y programas- austeras y competitivas.

"Lo que más bien ocurre es que tenemos hacia la política ahora un efecto desprovisto de pasión y entusiasmo. La épica de los 80 y 90 que movilizó a millones, se agotó"

Ciertamente no podemos desconocer el efecto de los cambios institucionales que colocó la Ley de Financiamiento y Trasparencia de la Democracia y que está debutando con esta elección municipal. La idea que subyace detrás de este enfoque es que la reglamentación -en clave de incentivos y restricciones- estructurara comportamientos que determinaran los límites de la aceptabilidad. La existencia de estas reglas beneficiaría en última instancia a todos los participantes y quizá también a la sociedad en su conjunto.

Pero tanto o más importante que el cambio de reglas sería en nuestra opinión un fenómeno más difuso y menos estudiado que se asocia con la desacralización de la política. Esta remite a la lógica de trasformación que atraviesa una sociedad -que sería el caso de la chilena- que ha dejado de ser heroica y vive la política ahora sin el dramatismo de antaño.

La desacralización de la política no significa que todo nos dé lo mismo. Lo que más bien ocurre es que tenemos hacia la política ahora un efecto desprovisto de pasión y entusiasmo. La épica de los 80 y 90 que movilizó a millones, se agotó. Hoy son otros clivajes los que se disputan la división de los votantes.

Si tanto se defiende el pluralismo político en todas sus formas, ¿por qué no aceptar que existe también un pluralismo en relación con el grado de participación y compromiso público? Interesándose más o menos por la política, los ciudadanos emiten señales. Pero estas deben ser leídas adecuadamente. El desinterés es también una forma válida de opinar o decidir, y no necesariamente una falta de compromiso político.

Es cierto que ya la política no moviliza las pasiones de los ciudadanos. Pero lo anterior no quiere decir que las demandas que se hacen al sistema político o al gobierno hayan desaparecido. Parece ser lo contrario. A pesar de su frustración reiterada con la política y los políticos, los resultados que los ciudadanos ilusionan siguen importando a la gente. Hoy los ciudadanos están más empoderados y vigilantes frente al cumplimiento de sus exigencias. Pero sus expectativas ya no se inscriben en el contexto heroico de una política totalizante.

En un contexto de nuevas reglas del juego, desestructuración del padrón y volatilidad del voto es probable que la participación electoral, no solo en número sino que también en forma, ya no sea igual a la que conocimos. Esta será ahora más episódica, dando lugar a lo que algunos identifican con una “ciudadanía intermitente”. Hay que abandonar el fácil esquema que contrapone activismo clásico con desafección. La gente desea ser implicada en el proceso político, pero en otros términos, de manera intermitente, parcial y episódica. Esta es la clave para leer la actual elección municipal y las que vendrán.


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