Crédito: Archivo Agencia Uno
Mujeres

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Durante estos días se ha discutido en torno a la efectividad de la denominada ley de cuota y sus efectos sobre la representación femenina. Para algunos, esta ley ya fracasó producto de la extendida práctica del “relleno”. Es decir, llevar mujeres en distritos y regiones escasamente competitivos con el sólo afán de cumplir con el porcentaje mínimo exigido por la ley. Para otros, la ley de cuota es un éxito en sí misma, pues al menos habilita a más mujeres para competir y, eventualmente, que logren una mayor representación.

Lo que hago en esta columna consiste en discutir algunos datos a la luz de la evidencia de las elecciones de diputados 1989-2013. Constato que mujeres y hombres obtienen casi idéntico porcentaje de votos en promedio, sucediendo lo mismo con la cantidad de votos. Si bien al inicio de la nueva democracia la diferencia entre hombres y mujeres era muy significativa, la brecha se fue acortando desde 2001. Sin ley de cuota de por medio, las mujeres fueron alcanzando un desempeño electoral muy similar al de los hombres.

Las diferencias se generan al calcular la elegibilidad. Es decir, el porcentaje de hombres y mujeres que son electas respecto al total de hombres y mujeres candidatos. Acá los hombres corrieron con amplia ventaja en la década de los ’90 y, nuevamente, la brecha se fue acortando desde 2001. Por tanto, y sin cambios institucionales relevantes, poco a poco las mujeres han ido igualando a los hombres en términos de rendimiento electoral y elegibilidad. Ciertamente, la porción de hombres y mujeres en el Congreso es aún tremendamente desigual, por lo que se espera que con la entrada en vigencia de la ley de cuotas para candidatos, la representación femenina reaccione positivamente. Sin embargo, esta esperanza tiene algunas limitaciones. Las variaciones de la representación femenina no han estado muy relacionadas con el volumen de candidatas. En 1997, por ejemplo, compitieron 84 mujeres y fueron electas 13, mientras que en 2001 la cantidad de candidatas se redujo a 54 y fueron electas 15.

La tabla 1 muestra el número de hombres y mujeres que compitieron en los comicios de diputados desde 1989 hasta 2013, mientras que el gráfico 1 lleva estas cifras a porcentaje. Se advierte que en la primera elección libre luego de la dictadura el porcentaje de mujeres candidatas no alcanzó los dos dígitos. Sólo se postularon 34 mujeres de un total de 419 candidatos. Las cifras fueron mejorando lentamente hasta llegar a casi un 20% en las elecciones legislativas de 2013. Con la nueva ley de cuota, ese porcentaje- como mínimo- se duplicará.

Graf1

El gráfico 2 muestra el porcentaje de votos promedio de candidatos y candidatas desde 1989 hasta 2013 considerando siempre la elección de diputados. En 1989 y a pesar del escaso número de mujeres en competencia, consiguieron un porcentaje de votos muy similar al de los hombres. Destacaron los desempeños de E. Matthei, quien alcanzó el 42.3% en su distrito, M.A. Cristi con el 34.4%, Adriana Muñoz con el 30.4%. De ahí hasta los comicios de 2001, los hombres aumentaron la diferencia, hasta quedar casi empatados desde 2005 a 2013. 

En términos de elegibilidad, el comportamiento es parecido a lo anterior. Como muestra el gráfico 3, en 1989 fue electo el 29.4% de los hombres y el 20.6% de las mujeres. Hasta 2001 la brecha aumentó a favor de los hombres para luego acortarse desde 2005 a 2013. Nuevamente, y a pesar del bajo número de diputadas electas, las mujeres fueron mejorando sus índices de elegibilidad. Como señalé, la expectativa para los comicios de noviembre es que el incremento sustantivo del número de candidatas termine por favorecer la representación femenina. Si bien es una expectativa razonable, habría que ser un poco más cauto. Históricamente, la representación femenina no ha reaccionado positivamente en función del número de candidatas. Dicho en otras palabras, el incremento de candidatas no es garantía de un incremento en la representación femenina. Incluso, es posible que la brecha con los hombres- considerando el porcentaje de votos y la elegibilidad-  vuelva a aumentar. Esto, porque si pensamos que la hipótesis del “relleno” es correcta, entonces debiésemos terminar con mujeres escasamente votadas y con un promedio muy por debajo respecto a los hombres. 


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