Crédito: Agencia Uno
Elecciones municipales

Participación electoral en las municipales de octubre

Existe un gran debate en torno al volumen esperado de participación electoral para los próximos comicios municipales de octubre. Según algunos, la participación retrocederá sustantivamente. Según otros, esa participación no será tan distinta a la observada en 2012. La primera aseveración se basa en los resultados de las encuestas del CEP de agosto de 2012 y 2016. Dado que en agosto de 2012 las personas que estaban seguras de votar representaban el 50% de la muestra, en 2016 la cifra no alcanzó el 30%. Si en 2012 votó el 42%- 8 puntos menos que lo señalado por la encuesta- lo que se espera para 2016 es una cifra muy por debajo del 30%.

Sin embargo, esta interpretación no es necesariamente correcta. En 2012 era factible pensar que los encuestados sobre-declararon su opción de participar en los comicios locales en el contexto del debut del voto voluntario. Dado que votar probablemente era visto como algo "bueno" para la democracia, entonces los encuestados no querían aparecer en una postura teóricamente minoritaria en caso de sincerar su preferencia por no votar. Para 2016, en cambio, el hecho de no votar no debiese ser interpretado automáticamente como un acto contrario al régimen democrático por parte de los encuestados. Más bien, podría indicar precisamente lo contrario. No votar sería sinónimo de castigo a una clase política involucrada en casos de corrupción y renuente a abandonar sus malas prácticas. Visto así, el hecho de no votar podría ser percibido como lo "correcto" por parte de los encuestados en un escenario en que la elite política no ha estado a la altura del desarrollo democrático del país. En consecuencia, lo que podría estar sobre-declarado no es la intención de votar, sino que la predisposición a no votar.

Asociado a esta discusión sobre el volumen de participación, también resulta adecuado preguntarse por la composición de la misma. En otros trabajos he argumentado que con la entrada en vigencia del voto voluntario se incrementó el sesgo de clase de la participación. Es decir, que vota más la gente de estratos socioeconómicos altos en comparación con quienes provienen de segmentos populares. Esto se ve ratificado con los datos de la última encuesta CEP. Como muestro en el gráfico que compara la predisposición a votar en 2012 y 2016- donde sumo a los votantes seguros y probables- las diferencias según nivel socioeconómico son evidentes. Para ambas mediciones los segmentos altos superan por 15 puntos a los segmentos bajos. Algo similar sucede al medir el efecto de la edad sobre la predisposición a votar. Mientras los jóvenes muestran una predisposición que no alcanza el 40%, los más añosos lo hacen en un 60%.

Estos resultados, evidentemente, podrían variar. Dichas variaciones dependen- entre otras cosas- del nivel de competencia en algunas comunas urbano-populares de la capital. Si efectivamente se anticipa un resultado estrecho en La Pintana, Renca y San Bernardo, entonces resulta esperable que el sesgo de clase disminuya dado el incremento de la participación en esas comunas. Igual cosa podría suceder en aquellas donde existen candidatos jóvenes. En un estudio que estamos desarrollando junto a Claudio Lara concluimos que la presencia de candidatos jóvenes en las legislativas de 2013 estimuló la participación electoral. Así, damos pie a la idea de una solidaridad etaria del voto. Es decir, que los jóvenes voten más por candidatos jóvenes.

Adicionalmente, el mismo gráfico muestra que los electores de zonas rurales votan más que los de zonas urbanas. En 2012 la diferencia no superó los 4 puntos, aumentando a casi el doble en 2016. La capacidad para movilizar votantes el día de la elección es mayor en zonas rurales con pocos habitantes que en los grandes centros urbanos. Esto también se produjo en las recientes primarias municipales, por lo que no es una novedad en sí misma.

Estos resultados conducen a dos conclusiones. Primero, es probable que en un contexto de desafección y de evidente crítica hacia la clase política, el hecho de salir a votar no sea necesariamente interpretado como algo normativamente “bueno” para la democracia. En su lugar, es factible que lo sobre-declarado sea la intención de no salir a votar ante la ausencia de una oferta política atractiva. Segundo, que persiste un fuerte sesgo etario y de clase, profundizándose además un sesgo territorial en favor de las zonas rurales.

 


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