Crédito: Agencia Uno
Sesgo de clase en la participación: más metodología que datos

Sesgo de clase en la participación: más metodología que datos

Recientemente, un estudio de la UDD publicitado por el diario electrónico El Líbero concluyó que la participación electoral en las municipales del domingo fue mayor en las comunas pobres en comparación con las comunas ricas. Este hallazgo contradice parte importante de la teoría que se ha escrito sobre este asunto en América Latina y el mundo. Lo que señala este estudio es que, en realidad, el sesgo de clase de la participación funciona al revés de lo que algunos hemos planteado. El estudio contribuye a un debate académico emergente en el contexto del voto voluntario en Chile, aunque el planteamiento parece ser más la excepción que la regla.

Voy a realizar cuatro observaciones metodológicas que discuten la tesis planteada por el estudio de la UDD. Al mismo tiempo, mostraré algunos datos que apuntan en la dirección contraria.

"No es cierto que las comunas pobres voten más que las ricas"

En primer lugar, para hacer correctamente este tipo de estudios es necesario comparar peras con peras y manzanas con manzanas. Comparar peras con manzanas conducirá a distorsionar los datos y llegar a conclusiones falaces. No es razonable meter dentro del mismo saco comunas grandes y comunas pequeñas. De hecho, al realizar esta operación se pesan por igual comunas como Maipú y Alhué. Sabemos que Maipú es mucho más grande que Alhué. Así, un 30% de participación en Maipú no es idéntico a un 30% de participación en Alhué. El método adecuado, por tanto, consiste en segmentar los datos según las características de la población y, específicamente, su peso poblacional.

En segundo lugar, resulta más o menos evidente que en las comunas pequeñas y rurales la participación electoral es sustantivamente mayor en comparación con los grandes centros urbanos. Correctamente, el informe de la UDD subraya esto, pero no deja de sorprender que excluya esta diferencia a la hora de explicar el sesgo de clase. El gran problema del informe, por tanto, no está en los datos, sino que en la metodología. Al utilizar de manera asilada las variables centrales -tamaño y pobreza- llega a conclusiones erróneas. No es cierto que las comunas pobres voten más que las ricas. Esto sólo podría sostenerse al comparar comunas metodológicamente comparables. El peor mecanismo para responder la pregunta relativa al sesgo de clase es meter todas las comunas en la juguera y esperar que salga algo. Sólo como ejemplo, en el gráfico 1 correlacioné participación y pobreza (este último dato recogido de www.sinim.gov.cl) en las comunas de la Región Metropolitana con 50 mil o más electores. Se pueden utilizar otras variables como ingresos o niveles de educación. Para este caso, mi objetivo sólo es mostrar un panorama general. El resultado es elocuente y totalmente opuesto al que presenta la UDD. ¿Qué ocurrió? Muy sencillo. Lo que hice fue comparar comunas de similares tamaños poblacionales o, al menos, que no fueran tan heterogéneas. Así, mientras en las comunas más ricas de la capital la participación estuvo por sobre el promedio nacional, en La Pintana y La Granja bordeó el 20%. Alguien podría decir que aplico un malicioso sesgo de selección para que los datos retraten la hipótesis que defiendo. Sin embargo, lo único que hago es comparar comunas de similar tamaño y que concentran cerca del 40% del padrón.

La honestidad académica también lleva a reconocer que este sesgo no se da de manera tan sistemática en el resto del país. El sesgo está más presente en las regiones Metropolitana y de Valparaíso donde se concentra, aproximadamente, la mitad del padrón. Tanto así, que -de acuerdo a la tabla 1- la participación -efectivamente- fue mayor en las regiones con fuerte concentración de población rural y altos niveles de pobreza (rural). Algunos críticos a mi argumento sostienen que si elimináramos del análisis las 9 comunas más ricas del país, entonces desaparecería el sesgo de clase. Mi respuesta ante esa idea es una sola: si eliminamos esas comunas -donde se concentra la población ABC1- terminaríamos con la desigualdad económica en Chile. Acá no se trata de incluir o excluir comunas. Más bien, se trata de comparar comunas “comparables”.

Gráfico 1. Relación entre pobreza y participación

Fuente: Elaboración propia con datos de www.servel.cl y www.sinim.gov.cl

Tabla 1. Participación electoral por región

 

Total Mesas

Total Electores

Total Votación

% Participación

ARICA Y PARINACOTA

603

181.929

55.151

30,31

TARAPACA

715

238.868

74.690

31,27

ANTOFAGASTA

1.311

442.463

126.638

28,62

ATACAMA

687

230.887

91.445

39,61

COQUIMBO

1.674

565.424

193.506

34,22

VALPARAISO

4.549

1.521.722

548.069

36,02

RM

16.760

5.569.144

1.647.766

29,59

O'HIGGINS

2.152

727.965

322.964

44,37

MAULE

2.499

837.568

379.173

45,27

BIOBIO

5.058

1.689.031

697.124

41,27

ARAUCANIA

2.501

836.841

323.397

38,64

LOS RIOS

1.047

332.789

131.093

39,39

LOS LAGOS

2.114

694.885

259.095

37,29

AISEN

294

93.964

33.456

35,61

MAGALLANES

472

157.836

47.474

30,08

         

TOTAL

42.436

14.121.316

4.931.041

34,92

Fuente: Elaboración propia con datos de www.servel.cl

En tercer lugar, el texto de la UDD confunde dos dimensiones elementales: volumen y composición. Dado que correlaciona todas las comunas como si fuesen similares, los resultados carecen de la ponderación adecuada. Como dije más arriba, un 30% de participación en Alhué es menos representativo que un 30% de participación en Maipú. Luego, el informe toma como iguales la composición de la pobreza en comunas rurales y urbanas. Eso, por decir lo menos, es un error de proporciones. Existe suficiente evidencia respecto a que el tipo de pobreza y los factores que la explican no son los mismos en comunas pequeñas y rurales en comparación con comunas grandes y urbanas. Por último, los mecanismos de campañas electorales son diametralmente opuestos. En las zonas rurales aún predomina un sistema de acarreo clientelar mucho más efectivo en comparación con las comunas urbanas donde predomina la pobreza. Con esto no quiero decir que la participación electoral en las comunas rurales responda única y exclusivamente a ese acarreo. También podría obedecer a un mayor sentido cívico o, por el contrario, al desconocimiento del nuevo régimen electoral de voto voluntario.

En cuarto lugar, el informe comete otro error metodológico importante: falacia ecológica. Para estudiar el sesgo de clase en la participación electoral no basta hacerlo con datos agregados a nivel comunal. Los datos individuales de las encuestas de opinión también son necesarios. Por ejemplo, la encuesta CADEM de la primera semana de octubre de este año, mostró que mientras los encuestados de GSE alto participarían en un 53%, los de GSE bajo lo harían sólo en un 33%. Es cierto que los encuestados suelen sobre-declarar su intención de participar en las elecciones, pero esto no altera la tendencia de los resultados que, adicionalmente, fueron confirmados por la última encuesta del CEP.

En síntesis, el informe de la UDD, si bien contribuye a repensar la relación entre pobreza y participación, presenta serias falencias metodológicas que invalidan sus resultados. Cualquier análisis que intente evaluar el sesgo de clase de la participación debe considerar, como mínimo, dos condiciones: comparar peras con peras y manzanas con manzanas, y evitar la falacia ecológica. 


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