Crédito: Agencia Uno
Piñera y Guillier se medirán en la segunda vuelta electoral

No da lo mismo: decidir en un escenario complejo

Todo un período de la historia comienza a terminarse ante nosotros. El orden político y social del Chile posdictatorial continúa cayendo, pero lo nuevo no termina de emerger. Nada lo expresa mejor que la segunda vuelta: por un lado, una derecha retrógrada, conservadora, que intenta una salida burguesa a las evidentes complicaciones del régimen político y a las ya prolongadas dificultades del modelo neoliberal para cumplir con su obsesiva promesa de crecimiento económico; y, por otro lado, un “progresismo” ambiguo, flojo, que no termina de enterarse de su propia crisis. Ninguna de las dos opciones representa una buena alternativa para el país. 

No queda otra. El Frente Amplio debe ser oposición al próximo gobierno, sea quien sea que gane la segunda vuelta, y desde allí enfrentar los desafíos venideros. Pero ¿qué quiere decir que seremos oposición?

La pregunta se responde más en el campo político que en el programático, esto es, en la definición de los actores sociales de la política que viene. Mientras las decisiones se tomen a espaldas de la gente, mientras se siga desoyendo a los movimientos y las organizaciones sociales, mientras se continúe usando la racionalidad tecnocrática como límite de la democracia, nuestro problema central es con quiénes decidirán los que deciden (incluso los del Frente Amplio). Nuestra estrategia implica centralmente una nueva articulación de efectivo protagonismo social. No de “nuestros” votantes, no de la gente que “nos sigue”, sino de segmentos sociales reconstruyendo por sí mismos nuevos sentidos del bien común.

"No hay nada que negociar, ni política ni programáticamente. Por el contrario, la clave del Frente Amplio estriba en reafirmar la apertura de un nuevo momento histórico"

Por tanto, no hay nada que negociar, ni política ni programáticamente. Por el contrario, la clave del Frente Amplio estriba en reafirmar la apertura de un nuevo momento histórico, en el que en medio del declive del bloque de centroizquierda logre emerger una nueva alternativa de izquierda democrática, contemporánea y actualizada, asociada a una elevación sustantiva de la participación de amplias franjas sociales excluidas de la política. 

Tenemos entonces el desafío de nuestra propia maduración política. Superar nuestra disposición impugnadora, acostumbrada a la carencia de incidencia, y convertir la ya demostrada potencia electoral en capacidad política. Una capacidad que, según muestra el proceso de la Alcaldía Ciudadana de Valparaíso, se origina en la vinculación del discurso y la construcción de una política de izquierda, con un proceso de cambios concretos y visibles en aspectos específicos y relevantes de la vida de la gente. Esto es, una política de izquierda con una vocación comprobable de transformación democrática posneoliberal. 

Frente a ello, la alternativa de derecha implica una evidente regresión conservadora, el desmontaje violento de muchas conquistas impulsadas por las luchas sociales, y la apertura de nuevos procesos de desposesión de signo neoliberal. En ese sentido, la derecha constituye al adversario político principal del Frente Amplio.

Por otro lado, el débil proyecto de Guillier no implica para nosotros, ni debe implicar para el país, ninguna forma de liderazgo efectivo. Por el contrario, el Frente Amplio es hoy, aun en su juventud y su temprano crecimiento, el actor más confiable y alineado con las voluntades de democracia y justicia social, sea como sea que hayan votado en estos años. 

El proceso que comienza aquí debe ser entonces aquel en el que nuestro proyecto termine de superar el marasmo de la Nueva Mayoría y abra un período de transformaciones democráticas. Por ese sentido histórico, claramente incomprendido por Guillier, es que nunca llamaríamos a creer en su propuesta.

Pero por eso mismo también, y por encima del candidato y de su patente miopía, debemos entender que es necesario ingresar al nuevo período de la mejor forma posible, que no da lo mismo quien gobierne, que el desarrollo futuro de nuestro proyecto democrático requiere detener ahora el avance de la derecha.

 


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