Crédito: Agencia UNO
Aporofobia

Aporofobia

“Aporos” quiere decir pobre, sin recursos, y “fobia” es animadversión, rechazo, de manera que “aporofobia” significa  rechazo al que es pobre, y se trata de  un término que la filósofa Adela Cortina usó por primera vez hace 22 años y que propuso incorporar al Diccionario de la Lengua Española. No es una expresión de uso habitual,  pero el 20 de diciembre pasado la Academia aceptó incluirla en nuestro Diccionario. Nueve días después, una fundación española la eligió como “palabra del año”. Independientemente de su mayor o menor uso, un vocablo tiene derecho a existir si designa una realidad tan efectiva de la vida social que esta no pueda entenderse cabalmente sin contar con ella.

Aporofobia designa algo muy real en el mundo social, aquí y en todas partes, puesto que existe el rechazo al pobre, la desconfianza y aun la hostilidad  hacia quienes carecen de los medios necesarios para llevar una existencia digna y autónoma. No es mi ánimo sumarme a la creación de nuevas palabras, pero he aquí otra  para designar una realidad distinta y en cierto modo complementaria de la aporofobia: la “plutofilia”, o sea, la veneración del rico, el atractivo y seducción por aquel  que tiene recursos en abundancia y que atrae como un imán a quienes caen rendidos ante el exceso de confort y la opulencia. Si aporofobia es rechazo al pobre por confundir pobreza con defecto, plutofilia es amor al rico porque confunde riqueza con virtud.

"Lo bueno de las palabras es que hacen notorio aquello que se alude con ellas. Si perder palabras equivale a extraviar las cosas que designamos con ellas, ganar un término –en este caso “aporofobia”- sirve para hacer más visible el fenómeno que se menciona con él."

Adela Cortina acaba de publicar un libro que tituló “Aporofobia, el rechazo al pobre”, y que subtituló, correctamente, “Un desafío para la democracia”, en el que no se demora prácticamente nada para ilustrar aquella palabra con el hecho de que a España llegan cada año casi 70 millones de turistas extranjeros, recibiendo el eufórico aplauso del gobierno, los comerciantes y los medios de comunicación, un fenómeno que contrasta con la xenofobia, es decir, con el miedo y aversión al extranjero pobre que arriba a ese mismo país, o a cualquier otro de la Unión Europea, y que, sin equipaje ni euros en sus bolsillos, busca oportunidades de sobrevivencia y de trabajo que el suyo no le brinda. En el caso de España, esos forasteros pobres provienen de Siria, Libia, Afganistán, Nigeria, Albania, Somalía, Irak, Bangladés, mientras que en el caso de Chile lo hacen preferentemente de Haití y naciones de América Latina. Así las cosas, por un lado entusiasta acogida a los turistas extranjeros  ricos y, por el otro, rechazo inmisericorde a la oleada de extranjeros pobres. Dicho de otra manera: xenofobia  para los primeros y plutofilia para los segundos.

Lo bueno de las palabras es que hacen notorio aquello que se alude con ellas. Si perder palabras  equivale a extraviar las cosas que designamos con ellas, ganar un término –en este caso “aporofobia”- sirve para hacer más visible el fenómeno que se menciona con él. Ese hecho es aquí la molestia que suele causar la súbita, inesperada y en ocasiones masiva presencia en nuestro medio de personas que carecen de los recursos materiales suficientes, a quienes se ve como una amenaza para nuestros trabajos, nuestra seguridad, nuestra propiedad y nuestra cultura. Aplaudimos la globalización del comercio y la libre circulación de los productos que nos interesan, celebramos también el libre movimiento del dinero a escala mundial ( algunos lo celebran incluso cuando va a paraísos fiscales), pero desconfiamos de las personas que llegan con lo puesto y caemos con facilidad en el discurso de la sospecha, la aversión y el rechazo.

"¿Cómo irá a comportarse el próximo gobierno con nuestra aporofobia local, enfocada en los chilenos pobres, y cómo lo va a hacer con la que con mayor fuerza aún rechaza al pobre que es extranjero?"

Es probable que nuestros cerebros reaccionen biológicamente contra el extranjero y, particularmente, contra el extranjero pobre, pero el cerebro humano es plástico y, como tal, puede ser entrenado para modificar sus propios condicionamientos biológicos, y el entrenamiento se llama aquí “simpatía”. Preparados biológicamente para el egoísmo, podríamos adiestrarnos, educación mediante, para el altruismo y la cooperación, haciendo trabajar para ello nuestras neuronas espejo.

¿Cómo irá a comportarse el próximo gobierno con nuestra aporofobia local, enfocada en los chilenos pobres, y cómo lo va a hacer con la que con mayor fuerza aún rechaza al pobre que es extranjero? ¿Cuánta aporofilia estamos los chilenos dispuestos a desarrollar en nombre de la justicia y no solamente de la caridad?


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