Cebolla

Cebolla

“¡Cebolla!”, me reprendían  mis hijas  cuando dejaba el televisor en una imagen de Myriam Hernández  cantando alguno de sus boleros. “Pongan atención”, les pedía yo. “Los boleros son muy instructivos”, agregaba enseguida, pero sin ningún éxito. Me cambiaban  el canal y yo tenía que continuar tarareando solo el resto de la canción de mi  ídola. Bueno, decir eso es demasiado, porque mi ídola, mi verdadera ídola, ha sido siempre Palmenia Pizarro, la sanfelipeña que cuando yo trabajaba en la televisión porteña, allá por 1972, iba a escuchar directamente en el estudio cada vez que  llegaba para participar en algún programa. Conservé  durante años una fotografía juntos  –Palmenia y yo-, jóvenes como éramos entonces, apuestos, ella con un gran cabello negro suelto hasta más abajo de los hombros, captados en medio de las cámaras del estudio. No soy de los que conserven fotografías, pero cierta vez, buscando no sé cuál en el álbum familiar, descubrí que mi retrato con Palmenia había sido intervenido. Aparecía yo, solamente yo,  porque alguien había eliminado a la cantante con un decidido golpe de tijeras. La principal sospechosa ha sido siempre mi esposa, pero no descarto la autoría de alguna de mis hijas. 

Como muchos, descubrí temprano que tangos y boleros son buenas maneras de completar nuestra educación, aunque mi inclinación ha sido siempre mayor por los segundos. Los boleros gustan y duelen a la vez, y es por eso que suelo decir que Santiago Wanderers de Valparaíso es muy parecido a un bolero. Hasta los 18, la edad en que entré a la universidad, lo que escuchaba en casa y ponía en los wurtlitzers era de preferencia rock, el rock y las baladas de Elvis Presley, el rock de Ricardito y sus Gatos y el de Bill Haley y sus Cometas. Pero cuando en días de invierno empecé a salir tarde de clases en mi Escuela de Derecho de Valparaíso, partía con mis compañeros a tomar cerveza en la fuente de soda “Nancy” de avenida Pedro Montt. Y allí, poco a poco, fui descubriendo y haciendo míos algunos boleros de no te muevas, muchos de los cuales veo ahora  retratados en “Llora corazón. El latido de la música cebolla”, un muy logrado libro de Marisol García.

Lo de canción cebolla es una expresión despectiva para una música que parecía de pobres y que se relacionaba directamente con  el mal gusto. Canciones cursis, rascas, que nunca se cantaban en la tele, algo en ciertas radios, y siempre en bares y tugurios de mala muerte y de buena vida.  Canciones que ponían las empleadas domésticas y los enceradores cuando los dueños de casa habían salido de compras. Lucho Gatica y Antonio Prieto solían cantar  vistiendo terno  y hasta corbata de etiqueta. Llenaban el Casino de Viña del Mar y algún teatro a medio camino entre el sector oriente y poniente de la capital. Buenos boleristas, pero de salón, lo mismo que hay también huasos de club de golf. En cambio, Ramón Aguilera, Luis Alberto Martínez, y ni qué decir el porteñísimo Jorge Farías, cantaban en los mismos bares donde necesitaban aparcar cada tanto en la barra para poner  combustible y seguir cantando con  igual determinación  sus siguientes coplas de dolor. Lo suyo, como lo de todos quienes aparecen en el libro de García, eran las canciones sentidas, tristes, exageradas, sufridas, melodramas sin pudor desde la primera a la última línea, como aquella que dice “hoy se casa la novia que era mía, la mujer que siempre yo he querido, por mi color moreno sus padres se opusieron a que ella me diera su cariño”. O aquella otra que pide “quémame los ojos, si es preciso vida, pero nunca digas que no volverás”. O  la que suplica “devuélveme el rosario de mi madre, y quédate con todo lo demás”. O la de ese tema cumbre del género –ensalza la autora- y que  parte diciendo “no puedo verte triste porque me mata tu carita de pena, mi dulce amor”,  concluyendo con este juramento: “si tú mueres primero, yo te prometo: escribiré la historia de nuestro amor con toda el alma llena de sentimiento. La escribiré con sangre, con tinta sangre del corazón”.

Nada mejor que un libro que confirma nuestros gustos. Gustos que se han ido abriendo  paso con el  transcurso de los años. ¿O acaso Lucho Barrios no cantó “La Joya del Pacífico” en el Olympia de Paris? Sí, allá, pero nunca en nuestro Teatro Municipal.
  


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