Crédito: Archivo Agencia Uno
Controverias, conflictos, disyuntivas

Controverias, conflictos, disyuntivas

Al filósofo francés Paul Ricoeur debemos un pensamiento bastante útil a la hora de pensar en  conflictos en la sociedad chilena actual, como también en otras no tan actuales. Distinguió él entre la lógica del conflicto a cualquier precio y la del acuerdo a cómo de lugar.

Acaecido un conflicto, la primera de esas lógicas invita a agudizarlo hasta sus últimas consecuencias, sin reparar en los costos sociales que eso podría acarrear; por su parte, la segunda es la que ante un conflicto, incluso si se trata de una simple discrepancia, incita a la más pronta suscripción de un acuerdo, aun si este se consiguiera con sacrificio de los principios de una o ambas de las partes involucradas. Entre 1970 y 1973 se impuso en Chile la lógica del conflicto a cualquier precio, y entre 1990 y 2000, si no más, la del acuerdo a cómo de lugar.

Con el propósito de explicarnos mejor, podría decirse que la lógica del conflicto a cualquier precio es temeraria y que la del acuerdo a como dé lugar es hija del miedo.  Si la primera se muestra  desaprensiva ante los posibles efectos de un conflicto, la segunda es temerosa de este. Es por eso que la prudencia  recomienda eludir tanto una como otra y apartarse de dos actitudes igualmente necias frente al conflicto: la de quienes consideran que hay que ahondar y prolongar los conflictos sin importar que estos puedan llegar  a un punto en que se resuelvan en aplicación de la ley del más fuerte (11 de septiembre de 1973), y la de quienes en presencia de un conflicto corren a buscar un acuerdo o transacción, sin detenerse a ponderar adecuadamente la calidad de la solución que se convenga (como ocurrió en varias ocasiones durante la transición iniciada luego del plebiscito de 1988).

En el caso chileno, la primera de esas lógicas condujo a una tragedia nacional, mientras que la segunda imprimió a nuestra transición una exasperante lentitud, muy del gusto de aquellos que perdieron aquel plebiscito y aprovecharon muy bien, incluso hasta hoy, los quórums supramayoritarios para modificar la Constitución de 1980 y las así llamadas leyes orgánicas constitucionales. Fue de tal manera que se instaló entre nosotros la lógica del acuerdo a como dé lugar –tanto de un lado como del otro del espectro político- que hemos llegado casi al extremo de avergonzarnos de nuestros desacuerdos –por ejemplo, el que tenemos en materia de reforma o cambio de la Constitución-, creyendo que ellos constituyen una anomalía de la que deberíamos curarnos lo más pronto posible.

Ni qué decir del temor ya crónico que hemos desarrollado ante la posibilidad de que los desacuerdos se transformen en conflictos, que es lo que ocurre, por ejemplo, cuando las discrepancias propias de toda negociación colectiva no se superan y los trabajadores de una empresa van a la huelga, es decir, pasan del desacuerdo al conflicto. Todos recordamos  bien el  pánico que ciertos sectores empresariales y políticos mostraron ante la huelga efectiva con motivo de la tímida reforma laboral que consiguió aprobar el actual gobierno.

Creemos, erróneamente, que la vida en sociedad se reduce a relaciones de intercambio y a unas cuantas de colaboración o de solidaridad, y  nos resistimos a aceptar que las relaciones de competencia, de desacuerdo y  de conflicto son tan consustanciales como aquellas a la vida en común. La lógica del acuerdo como dé lugar se ha incorporado de tal manera al ADN de parte importante de nuestra clase política que se acusa de pasar la retroexcavadora cada vez que una discrepancia en el Congreso se resuelve no por un acuerdo, sino en aplicación de la regla de la mayoría. Los propios medios de comunicación parecen también asustados y suelen informar bajo la convicción de que cualquier desacuerdo es ya un conflicto y de que todo conflicto es  violencia o la antesala segura de esta.

 A veces un buen libro motiva una columna. En este caso se trató de uno muy bueno y oportuno: “Conflictos, controversias y disyuntivas”, editado por Rodrigo Araya y Florencio Ceballos, con textos de Nicolás Somma, Rodrigo Márquez, Manuel Tironi, Juan Flores, y Eugenio Tironi. Un libro que ayuda  a comprender y a la vez a no asustarnos de la conflictividad que tenemos actualmente  y que continuaremos teniendo de manera latente y también patente, porque así es como funcionan las cosas en cualquier sociedad democrática y abierta.


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