Dos mujeres

Dos mujeres

Mi primera columna en este sitio trató de Lucia Berlin, la escritora norteamericana que fue redescubierta en su país el año 2014 y cuyo volumen de relatos, casi todos autobiográficos, constituyó record de ventas en 2016 en las poco frecuentadas librerías nacionales. Hace escasos días, gracias a una nota informativa de Pedro Pablo Guerrero publicada en El Mercurio, nos enteramos de que en Ureña, un pequeño pueblo de Castilla La Mancha, hay nada menos que una librería por cada 20 habitantes. Sí, cada 20 habitantes. En el pueblo viven 189 personas y las librerías son 10. Estamos muy lejos de conseguir algo así en Chile, o en cualquier otro lugar, pero uno puede alentar la expectativa de que algún día aquí las librerías sean a lo menos tantas como los sitios de venta a la calle de comida rápida, aunque sin la fuerte contaminación olfativa que  producen estos últimos.

Volviendo a Lucía Berlin, a raíz de la aparición de la versión castellana de su libro, todos, críticos y lectores nacionales, empezamos a hablar de esta hermosa mujer y espléndida escritora que vivió parte de su adolescencia en Chile y que tuvo de adulta una vida personal bastante complicada. Varios matrimonios, una seria y persistente dolencia en la espalda, alcoholismo severo, ocupaciones que fueron desde empleada doméstica a profesora de literatura, todo lo cual, especialmente lo último que acabo de poner, hace entendible el título de su volumen de relatos: “Manual para mujeres de la limpieza”.

"Uno puede alentar la expectativa de que algún día aquí las librerías sean a lo menos tantas como los sitios de venta a la calle de comida rápida"

No terminaba de leer a Lucía Berlin cuando cayó en mis manos el libro de otra mujer, María Moreno, cuyo título es “Black Out”. Ella es argentina y escribió uno de esos libros, hoy bastante habituales, que se resisten a las clasificaciones por género literario, partiendo por las más general y común de ficción y no ficción, aunque tratándose del libro de María Moreno uno tiene la convicción de que allí todo es cierto, nada más que sujeto a las propias vivencias e interpretaciones de la propia autora. Muy bien escrito, el libro revela a una escritora en alto grado consciente de sí misma y de sus voces y procesos interiores, pero que no se solaza en sí misma. María Moreno estará en Chile el 22 de este mes, en Casa 0 de Lastarria, y habría que acercarse a verla. A verla y a escucharla. María José Viera-Gallo la entrevistó para la revista “Ya” y apareció allí, con toda nitidez, la autora que no se cuenta cuentos a sí misma ni tiene tampoco interés en hacer eso con los demás, salvo que entendamos dicha palabra “-cuentos”- en su sentido estrictamente literario y no en el de esas quimeras que solemos inventar para mejorar la imagen que vemos todos los días en el espejo y aquella que ofrecemos a los demás.

A mí lo que me gusta de “Black Out” no es que sea una obra difícilmente clasificable ni que se trate de un libro incorrecto en el que su autora se muestra tal y como es, alcoholismo incluido, en el que, según dice, cayó por placer y en el que se quedó para no sufrir (Marguerite Duras lamentaba que lo malo de morir sea dejar de beber). Ya casi todos los libros que se publican tienen la misma doble pretensión recién apuntada, hasta el punto de que no pocas veces me sorprendo exigiendo a gritos que por favor me den a leer una novela, una pura y simple novela, no un batido de novela, autobiografía, testimonio, ensayo y vaya uno a saber cuántas cosas más, y que por favor no sea el autor el principal personaje del libro, aunque de algún modo siempre lo sea, si bien no de una manera demasiado explícita. No, lo que más me gusta, lo mismo que me pasó con Lucía Berlin, es la calidad de su escritura, su buenísima prosa, esa que tanto escasea de la mano de escritores que creen que serlo es tener buenas historias que contar y no contarlas con las palabras debidas. En el caso de María Moreno, me gusta también que haya contado algo tan justo y sorprendente como lo siguiente: la portada de “Blak Out” es una fotografía suya, algo más joven. La fotografía elocuente de un rostro desolado y triste que no mira a la cámara, y que ella observaba de vez en cuando hasta que decidió ilustrar esa fotografía y ponerse a escribir su libro.

Entonces, “Black Out” es la ilustración de una fotografía, la ilustración de la fotografía de una mujer que tenía ya bastante andado cuando se la tomaron y que siguió andando sin preocuparse de si lo que hacía, decía o escribía gustaba o no a los demás.


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