Crédito: Agencia Uno
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En nombre de Dios

Debo confesar que, sin creer en Dios, siempre he sentido un profundo rechazo contra el abuso que comúnmente se hace de esa palabra, como si se la llevara en el bolsillo al modo de una patita de conejo que frotar para que las cosas nos vayan bien en la vida. Debo esa comparación al poeta y creyente Armando Uribe, y estoy completamente de acuerdo con él cuando dice que nadie debería referirse a Dios como si se tratara de un objeto disponible. “Con el favor de Dios aprobaré el examen”, “Gracias a Dios que tengo el colesterol bajo”, “A Dios gracias que volvió a ganar  ColoColo”: es a ese tipo de frases a las que me refiero, como también al gesto de algunos jinetes que después de ganar una carrera hacen gestos de gratitud hacia lo alto, como si Dios hubiera decidido que él resultara victorioso y los demás jinetes perdedores.

“Dios”, incluso para un no creyente, es una palabra importante. Ocho de cada diez personas dicen creer en él y le atribuyen una importancia decisiva en sus vidas. ¿Vamos entonces a involucrarlo en los exámenes de fin de año, en el estado de nuestra salud, en los triunfos hípicos o futbolísticos, en la aprobación de ley de presupuesto? Sé que se dirá que la invocación a Dios en tales contextos es solo una manera de hablar. Concedido, pero se trata de una mala manera de hablar.

"Dios se menciona también como aquel en cuyo nombre se abren las sesiones de nuestras cámaras legislativas y de otros tipos de organismos públicas, y ya es hora de que dejáramos de hacerlo. Nada tiene que ver Dios con lo que ocurre en un parlamento"

Dios se menciona también como aquel en cuyo nombre se abren las sesiones de nuestras cámaras legislativas y de otros tipos de organismos públicas, y ya es hora de que dejáramos de hacerlo. Nada tiene que ver Dios con lo que ocurre en un parlamento (si tuviera algo que ver no pasarían las cosas que suelen pasar allí) y tampoco es argumento para abrir las sesiones en su nombre que la mayoría de los parlamentarios y habitantes de la república sean creyentes. Involucrar a Dios con la discusión y aprobación de las leyes, aunque se lo haga solo por costumbre y sin mayor reflexión (lo cual es todavía peor) constituye un abuso de confianza en él, el mismo que se produce cuando nos encomendamos a Dios antes de una prueba en la universidad, de un examen médico, de un viaje en avión, de un partido de fútbol, o del clásico que va a disputarse en el hipódromo.

No se trata de sacar a Dios del espacio público ni de prohibir su mención en éste. Los creyentes de distintas religiones tienen perfecto derecho a expresar públicamente su fe. Por tanto, un parlamentario podría mencionar a Dios sin problemas en cualquiera de sus intervenciones, pero otra cosa, muy distinta, es abrir la sesión de una Cámara en nombre de Dios, puesto que ese nombre no dice nada a varios de los parlamentarios presentes, a no pocos de los ciudadanos que siguen la sesión legislativa en las tribunas, y a muchos de aquellos que la ven en el televisor de sus domicilios. Dios, quiérase o no, divide, y más valdría dejarlo tranquilo, fuera de nuestros asuntos humanos cotidianos, y abrir las sesiones con una frase tan sobria y exacta como la siguiente: “Se abre la sesión”.

En materia de relaciones entre el Estado y la religión hay cuatro alternativas posibles: la del Estado confesional, que es aquel que adopta una religión oficial, a la que da un trato especial y preferente; la del Estado religioso, que sería aquel que sin adoptar una determinada religión como oficial valora positivamente a todas las religiones por igual y decide darles apoyo en atención al bien que producirían en la sociedad; la del Estado laico, es decir, aquel que rehúsa tener una religión oficial y que, más allá de eso, no da ningún trato especial a las religiones y permanece neutro ante el fenómeno religioso y ante las diferentes expresiones de este en múltiples credos; y la del Estado antirreligioso, que sería aquel que combate a las religiones, tratando de acabar con ellas, por entender que de su existencia y práctica se siguen efectos negativos para la sociedad.

"Chile es un Estado laico, no un Estado confesional ni religioso ni tampoco antirreligioso, y está bien que así sea."

Chile es un Estado laico, no un Estado confesional ni religioso ni tampoco antirreligioso, y está bien que así sea. No adopta una religión, no apoya indiscriminadamente a todas las religiones, no persigue a las religiones, y deja simplemente que cada cual crea y exprese en este ámbito lo que mejor le parezca. El Estado laico no adopta una posición de enfrentamiento ante las religiones. Lo que hace es ponerse de espaldas y permitir que en ese campo exista la más completa libertad, sin discriminar entre las religiones ni otorgar tampoco privilegios a una o más de ellas en particular. Neutralidad, lo mismo que en una guerra. Un Estado, en fin, que no toma partido y que permite que cada individuo tome el partido que le parezca.

Así las cosas, no habría por qué seguir con la práctica de abrir las sesiones de nuestras cámaras legislativas en nombre de Dios, salvo que, como se lo hace hoy, se continúe con la práctica solo por la maquinal inercia de una tradición que acaba por trivializar una palabra importante y tan lejana y ajena a tales sesiones como no podemos imaginar.

A Dios, que no ha muerto, no lo van a matar los ateos, sino aquel tipo de creyentes que banalizan su nombre, es decir, que lo pronuncia en vano.


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