Hegemonía del lenguaje económico
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Opinión
Agustín Squella Agustín Squella
Abogado

Hegemonía del lenguaje económico

Llamó negativamente la atención que en informes de las residencias del Sename se hablara de los niños que habían muerto en ellas como “egresos administrativos”, una expresión de la que destaco la primera de sus dos palabras. Ofendió también que el término para los niños y adolescentes habitantes de tales residencias sea “stock”, palabra que tiene un significado predominantemente económico o mercantil, lo mismo que “egresos”. Y sin perjuicio de que la dirección que voy a tomar en esta columna no sea esta, no deja de llamar la atención que también en cuanto a la protección de la niñez más desvalida el Estado haya externalizado el manejo directo del problema en organizaciones privadas que, aunque sin fines de lucro, podrían estar ingeniándoselas para utilizar parte de los recursos públicos que se les asignan no para favorecer a los niños y sí al interés particular o privado de sus fundadores, directivos, empleados u otras personas relacionadas. Si gobernar se nos está transformando en licitar, externalizar, subvencionar o privatizar al máximo servicios que dicen relación con necesidades básicas y satisfacción de derechos fundamentales hacia agentes privados que a su vez externalizan a innumerables subcontratistas, estamos ya al borde de mercantilizarlo todo, de hacer de todo una industria, y de dejar al Estado  a cargo  únicamente de las nada rentables tareas de la policía y la defensa nacional, a cargo de instituciones que, en el caso de Chile, manejan cuantiosos y hasta reservados recursos sin ser debidamente fiscalizadas.

  Pero volvamos a palabras como “egresos” y “stock” para preguntarnos cómo es que nos ofendieron tanto si hace ya mucho rato, y tanto en ámbitos políticos como académicos y periodísticos, nos hemos habituado, a diestra y siniestra, a derecha y también izquierda, a utilizar sin mayor reflexión términos del lenguaje económico que no dan bien cuenta de aquello de lo que estamos hablando y que incluso lo empobrecen de manera significativa. Así, por ejemplo, ¿cómo es que nos habituamos a hablar del “producto” que entregan las universidades, como si los profesionales que egresan de ellas no fueran más que una cosa, una  más de las que entran y circulan por los mercados para producir y mover dinero de un lado a otro? ¿En qué momento los trabajadores pasaron a ser “capital humano” y los departamentos de personal de las antiguas empresas se transformaron en gerencias de “recursos humanos”? ¿Cómo es que el nivel de formación de un joven que ingresa a la educación superior puede ser llamado “capital cultural”? ¿Desde qué momento todo lo importante que posee un individuo es “capital”, y no en el sentido de “cabeza” o “principal” que tiene también esa palabra, sino en su significado más habitual de aquello que rinde intereses o beneficios materiales de algún tipo?

   La economía es un saber y, como tal, tiene su propio lenguaje y categorías de análisis, que se aplican, cómo no, al ámbito de los fenómenos económicos, pero la hegemonía alcanzada por ese saber, que se muestra todos los días  en la circunstancia de que los economistas quieran tener siempre la primera y también la última palabra, y a veces hasta la única, ha llegado a una suerte de imperialismo sobre saberes, lenguajes y categorías de análisis que no son de carácter económico –sociología, teoría política, educación, por ejemplo- que se han dejado colonizar por el lenguaje de los economistas. Primero se pusieron de moda los “análisis económicos de…” (y ponga luego lo que usted quiera: el derecho, la moral, el arte, la religión, etc) y poco después se llegó al absurdo de creer que principios, conceptos y términos económicos podían trasladarse sin más a todos los campos de la vida. El mejor ejemplo de este banalización lo dio un Premio Nobel de Economía, alguna vez invitado de nuestros centros neoliberales criollos, que afirmó esto: “la tasa de adulterios empezó a bajar en los Estados Unidos el mismo día en que mis compatriotas se dieron cuenta de que mantener a dos mujeres es más caro que hacerlo con una sola”.

   En temas de políticas públicas siempre debe haber un economista sentado a la mesa, pero nunca a la cabecera de esta. Caso contrario, se tomará la palabra y tratará de imponer la única respuesta correcta: la suya. Y lo mismo digo de los abogados, cuyo lenguaje colonizó también, en otras épocas, el de no pocos saberes distintos del derecho.