La democracia tiene su día

La democracia tiene su día

Ojo: no he dicho que la democracia tenga sus días contados. Lo que he puesto como título de esta columna es que la democracia tiene su día, su  efeméride, y eso desde hace 10 años, cuando fue instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Un día que entre nosotros está un poquito condenado a pasar desapercibido, puesto que se celebra el 15 de septiembre de cada año, una fecha que queda justo en medio de otras dos que concentran gran atención: el 11 del mismo mes y las así llamadas fiestas patrias.

Uno tiene perfecto derecho a dudar de la efectividad de este tipo de efemérides, aunque no está mal que una vez al año exista un día que nos haga pensar en la democracia como forma de gobierno de la sociedad. Una forma de gobierno extendida ya por buena parte del planeta y que  no tiene contrincantes en cuanto a la manera en que los individuos preferimos ser gobernados. Otra cosa es que las democracias reales de nuestro tiempo rankeen de maneras muy distintas a la hora de ordenarlas por referencia a lo que podría considerarse una democracia ideal. Así, por ejemplo, nos hemos acostumbrado a decir que Chile recuperó la democracia en 1990, si bien se trató de una democracia severamente limitada por la Constitución de 1980. “Democracia protegida” la llamaron sus partidarios, aunque la verdad es que se trató de una democracia groseramente diseñada para favorecer a los sectores políticos que apoyaron al régimen de Pinochet y para evitar o postergar el mayor tiempo posible las reformas constitucionales  necesarias para llegar a tener una democracia en forma. Como todos recordamos, fue recién en 2005 que pudieron aprobarse los cambios constitucionales que subordinaron el poder militar al poder político y que eliminaron la antidemocrática institución de los senadores vitalicios y designados. Una institución que permitió que un dictador con uniforme regular pudiera llegar al Senado de la República vestido de terno y perla en la corbata.

"Lo que se requiere es una mejor democracia y una meta como esta solo puede lograrse en la medida en que tres de sus características –representativa, participativa, deliberativa- sean llevadas a un nivel más alto que el que actualmente tienen"

Hoy tenemos una mejor democracia que antes de 2005, aunque su calidad, y sobre todo la percepción que de ella tienen los ciudadanos, se encuentra negativamente afectada por el desprestigio de nuestros políticos y el descrédito de la actividad política. Porque así es como están sucediendo las cosas, y esto no solo en nuestro país. El desprestigio que afecta a muchos políticos contamina la actividad política, y el descrédito de esta contamina a su vez a la democracia como forma de hacer política. Cuando los políticos juegan con fuego a propósito de su prestigio personal y las llamas que han encendido se expanden a la actividad política misma, existe el riesgo de que el fuego alcance también a la democracia como forma de gobierno. Esa es la peligrosa secuencia que en distintos grados viven hoy muchos países del mundo y haríamos bien en advertir que lo que está finalmente en juego es algo que nadie quisiera ver consumido por las llamas o entrando en una pendiente de decadencia: la democracia.

Una nueva Constitución será una oportunidad para mejorar nuestras instituciones democráticas y, hasta donde se pueda, para inmunizar a nuestra democracia de los malos hábitos de los políticos y de la mala calidad de la actividad que ellos llevan a cabo. Por cierto que no todo depende de las instituciones, pero cuando estas son las adecuadas pueden influir en las creencias y comportamientos de ciudadanos, gobernantes, dirigentes políticos, parlamentarios y otros tipos de autoridades, es decir, pueden llegar a tener un buen impacto en la cultura política de un país.

Lo que necesitamos no es una nueva democracia. Tampoco otra democracia. Lo que se requiere es una mejor democracia y una meta como esta solo puede lograrse en la medida en que tres de sus características –representativa, participativa, deliberativa- sean  llevadas a un nivel más alto que el que actualmente tienen. Y para eso se necesita una mayor educación democrática y, asimismo, aquellos cambios institucionales que van a continuar  siendo resistidos por los sectores encargados de custodiar la Constitución de 1980.
   


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