Pensiones: revisa tres ejemplos de cómo cambiarían las jubilaciones con la reforma
Política

La gran ausente

Agustín Squella
Agustín Squella

Abogado, periodista y doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Ex rector y profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valparaíso. Miembro de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Morales del Instituto de Chile. Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2009). Autor, entre otros, de los libros “Democracia, derechos humanos y positivismo jurídico”, “Introducción al Derecho”, “Filosofía del Derecho”, “Deudas intelectuales”, “Lugares sagrados”, “Igualdad”, “Libertad”, “¿Es usted liberal? Yo sí, pero…”, ¿Cree usted en Dios? Yo no, pero…”, “¿Es usted feliz? Yo sí, pero…”, “Hermano, no tardes en salir”.

Puestas de esta manera, juntas, libertad, igualdad y fraternidad, son palabras con las que estamos bien familiarizados. Tres palabras importantes por las que a lo largo de  la historia de la humanidad se han librado buena cantidad de contiendas políticas y hasta  enfrentamientos armados. Palabras que apelan a nuestros mejores sentimientos morales y que estamos dispuestos a izar hasta lo alto de sus mástiles, manteniéndolas allí bien firmes y a la vista de todos.

En esto, claro, la libertad la tiene más fácil, puesto que se trata de un valor superior  que nadie pone hoy en duda. Parecido a lo que ocurre con “democracia”, “libertad” es una palabra a la que no renuncian ni siquiera quienes la pisotean a vista y paciencia de todos. Ambas palabras, bien lo sabemos, son invocadas hasta por los dictadores y autócratas de todos los signos, aunque  suelen adjetivarlas de maneras tan pintorescas como “verdadera”, “real”, “protegida”, “popular”, “bolivariana”, y así.

"Bien podríamos entender el valor de la fraternidad como un llamado a comportarnos como si fuéramos hermanos"

En cambio, igualdad enfrenta un  inconveniente: se trata de un ideal que incomoda si, por error o mala fe, se lo presenta como opuesto a diversidad  y no a su antónimo más propio, que es desigualdad. Valoramos la diversidad y recelamos de la igualdad si ésta atenta contra aquella, pero la valoramos si en su nombre se acomete la lucha contra las desigualdades injustas, tanto económicas como sociales, que abundan en los sistemas capitalistas de nuestro tiempo. Además de una igualdad básica en las condiciones materiales de existencia de todos,  además de esa igualdad de todos en algo (los bienes indispensables para tener una vida digna y autónoma), la igualdad en consideración y respeto, en la ley y ante la ley, en la titularidad de los derechos  fundamentales, en la capacidad para adquirir otro tipo de derechos, en la participación y valor del voto en las elecciones para cargos de representación popular, son también conquistas a las que nadie en su sano juicio estaría hoy dispuesto a renunciar.

En cuanto a la fraternidad  o - en terminología laica, “solidaridad”-,  tiene también sus dificultades, puesto que los individuos de la especie humana no somos hermanos,  no hemos nacido de un mismo padre, no hay nadie a quien podamos identificar como un antepasado biológico común, salvo que se piense en Adán, o en Dios, aunque esta última hipótesis no es aceptable para los muchísimos que no creen en una figura paterna como esa. Sin embargo, y aunque estrictamente hablando no seamos hermanos, bien podríamos entender el valor de la fraternidad como un llamado a comportarnos como si  fuéramos hermanos, y ello supuesto  que  este sea el vínculo  que asegura una mejor y más generosa relación entre los individuos.

"Hay que entender y celebrar que en Chile exista un pilar solidario en materia de pensiones"

El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, no un peligroso izquierdista, dijo cierta vez que la fraternidad era la gran ausente de las sociedades capitalistas contemporáneas y que nuestro deber era redescubrirla y ejercitarla. La solidaridad, o sea, el vivo interés y la pronta acción ante situaciones de precariedad que puedan afectar a otros seres humanos, cuyo dolor, pobreza, exclusión o desamparo  sentimos como propio o, cuando menos, como indigno de la condición de cualquier prójimo. En una sociedad de mercado todo se intenta reducir a relaciones de intercambio en las que cada participante  cuida su interés y busca maximizar el beneficio propio; en cambio, en una sociedad solidaria, además de las relaciones de intercambio, las hay también de colaboración y solidaridad, y estas últimas no pueden quedar solo en manos de instituciones de caridad. El Estado tiene el deber de promover la solidaridad y adoptar  instituciones que la aseguren.

Es en ese contexto que hay que entender y celebrar que en Chile exista un pilar solidario en materia de pensiones y que ese pilar vaya ahora a ser  incrementado por un 2% del 5% de cotización adicional propuesto por el Ejecutivo. Los insensibles a la solidaridad  se oponen a ese 2% o piden que tal porcentaje provenga  de impuestos generales, pero si este último hubiera sido el camino escogido, habrían  puesto el grito en el cielo, como siempre, por los mayores impuestos.

El dominante y empobrecedor individualismo posesivo de nuestros días no quiere oír hablar de solidaridad, pero, una vez más, estaremos obligados a pensar en ella con motivo de las reformas a nuestro sistema de pensiones.