Los deberes de votar y pagar impuestos

Los deberes de votar y pagar impuestos

Decimos vivir en la era de los derechos, y eso está muy bien. Se trata de la era en que los individuos reclaman con mayor fuerza sus derechos, eludiendo toda forma de sometimiento a otro, ya sea en el terreno político, moral, laboral y de género, como si todos hubiéramos escuchado el vibrante llamado de Rudolf von Ihering, el jurista que hace poco más de dos siglos nos legó la obra que tituló “La lucha por el derecho”. Reclamo, ante todo, de esa categoría especial  de derechos –los derechos fundamentales- que en tal carácter consagran las constituciones de los Estados democráticos y que en el ámbito internacional reconocen y protegen declaraciones, pactos y tratados sobre la materia.

Derechos fundamentales que algunos querrían reducir a los derechos sociales de atención sanitaria, educación, vivienda y previsión, echándose al bolsillo los derechos personales y políticos –como los de libertad de expresión, de propiedad, de asociación, de sufragios-, que es lo que ocurrió en los así llamados socialismos reales, mientras que otros intentan hoy cargarse los derechos sociales, negándoles validez e incluso existencia como tales, en nombre ahora de los derechos personales, en particular el de propiedad. Si estás con la causa de los derechos fundamentales tienes que aceptarlos todos y no solo aquellos que prefieras porque cuadran mejor con tu ideología o con tus intereses. Entonces, un Estado que pretendiera ser Estado de derecho, pero que suprime los derechos personales y los políticos, es solo una dictadura, mientras que un Estado de derecho que hiciera eso con los derechos sociales sería en verdad otra cosa: un Estado de derecha.

No hay que ser de derecha para abogar también una cultura de los deberes, aunque ese sector se ha caracterizado siempre por poner el acento antes en los deberes que en los derechos, especialmente si estos últimos son de carácter social. La cultura de los deberes está hoy debilitada y pareciera que nadie quiere oír hablar de las obligaciones que supone el hecho de vivir en sociedad  y no aislados unos de otros. Es comprensible que estemos más preocupados  de reclamar nuestros derechos que de cumplir con nuestras obligaciones, pero ese impulso no debería ser llevado al  extremo de desconocer una necesaria cultura de los deberes. Una cultura que no viene a  restar fuerza y menos a reemplazar  la de los derechos, sino a complementarla. Siempre preocupados de hacer ver los deberes de los demás antes que de poner atención a los propios, tendríamos  que ser más diligentes con  las obligaciones que tenemos para con otros.

Es bastante notable que en América tengamos desde 1948 una “Declaración americana de los derechos y deberes del hombre”. Pocos meses después, la “Declaración universal de derechos humanos” no contempló en su denominación  la palabra “deberes”, pero incluyó el siguiente artículo: “toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que solo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad”. Su personalidad  y también su profesión y sus negocios –podríamos agregar-, para destacar de ese modo la obligación de declarar y pagar los impuestos  que gravan a las personas y a las empresas. Mucho más consciente fue la declaración americana, que incluyó una capítulo completo sobre los deberes, disponiendo, entre otros, el de “pagar los impuestos establecidos por la ley para el sostenimiento de los servicios públicos” y el de “votar en las elecciones populares del país que sea nacional”.

Por tanto, cuando un nuevo gobierno tome la iniciativa para corregir  aspectos técnicos de la reforma tributaria que sacó adelante el  actual, sería deseable que resguardara y ojala mejorara las normas que tratan de impedir tanto la evasión como la elusión tributaria, en especial aquella elusión que consiste en hacer negocios “inshore “, es decir, dentro de Chile, y sacar luego las utilidades “offshore”, o sea, llevarlas a paraísos fiscales en los que se oculta la riqueza y no se pagan impuestos. Menos presentable representa ese ardid tributario cuando quienes lo practican  afirman estar preocupados por Chile, por su déficit fiscal y por el efecto negativo de este en las políticas sociales.

¿Se atreverá también un nuevo gobierno a proponer el voto obligatorio y, en otro ámbito, a terminar con la ley que asigna a las fuerzas armadas el 10% de nuestras ventas de cobre? Ese sí que sería recorte.


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