Los pobres no pueden emigrar

Los pobres no pueden emigrar

No es raro que la mayor parte de la derecha chilena se muestre reacia al fenómeno de inmigración que vive actualmente el país. Digo la mayor parte, no toda ella. Se trata del comportamiento habitual de los partidos de derecha en todo el mundo. El temor y consiguiente rechazo a la inmigración es característico de la derecha, y ni qué decir de la derecha extrema, de manera que lo que tenemos aquí es otro de los factores -hay también otros- que permiten distinguir entre derecha e izquierda ante aquellos que dan por muerta esa díada e intentan hacer política sin brazos o de escribir tan bien con una como otra de sus manos. Por cierto que tampoco toda la izquierda acepta de buena gana la inmigración, puesto que se sabe de agrupaciones sindicales de izquierda que la rechazan al verla como una amenaza para sus puestos de trabajo.

En esto, como también a propósito de otros factores que distinguen a la derecha de la izquierda, no se trata de posiciones absolutamente cerradas -vale la pena insistir-, sino preferentes, habituales, mayoritarias, lo mismo que pasa también, por ejemplo, con los valores del orden y la libertad. No es que la derecha opte por el orden con desprecio de la libertad y que la izquierda haga exactamente lo contrario, sino de que la derecha, frente a la tensión en que viven orden y libertad, se inclina más del lado de aquel que de esta, mientras la izquierda lo hace al revés. Tampoco es que la derecha valore solo la tradición y rechace cualquier cambio, y que la izquierda, por el contrario, se incline siempre por el cambio y desdeñe toda tradición. Se trata, como se dijo, de preferencias, de inclinaciones, que permiten caracterizar y diferenciar a cada uno de esos sectores del espectro político.

"Uno de manera más abusiva y reprobable que el otro, hay ya dos precandidatos presidenciales de derecha que han relacionado migración con delincuencia, rebajando el tema de político a simplemente electoral"

De manera que resulta ingenuo pedir que la inmigración no se politice, puesto que se trata de un tema político. No solo político, desde luego, pero que tiene que ser regulado por la política, salvo que como hemos hecho ya con la mayoría de los asuntos públicos lo dejemos  también en manos de los economistas para que sean ellos quienes lo resuelvan aplicando la casi única regla que conocen: costos y beneficios.

Esos son también los economistas campeones de la globalización en tanto se trate de circulación de productos y de capitales financieros, mas no de personas. Arancel cero para los productos que se importan y exportan, desregulación para los capitales especulativos que entran y salen de los paraísos fiscales que facilitan a sus dueños el sueño de sus vidas -no pagar impuestos allí donde han producido su riqueza y donde sí los pagan los trabajadores que la hicieron posible-, pero, por otro lado, muchos obstáculos cuando un individuo quiere pasar de un país a otro o radicarse en uno distinto al de su origen. Son libres los productos y desde luego el dinero, pero no las personas, incluso cuando el dinero se mueve con infracción de las leyes tributarias.

"La inmigración es también un asunto social y es del caso preguntarse cuánto de rechazo social hay en la animadversión a los inmigrantes que llegan a un país en situación de pobreza"

La inmigración es también un asunto social y es del caso preguntarse cuánto de rechazo social hay en la animadversión a los inmigrantes que llegan a un país en situación de pobreza. Racista, poco amiga de la diversidad, recelosa del extranjero, nuestra sociedad ha sido siempre socialmente discriminatoria, partiendo por los pobres, a los que el lenguaje políticamente correcto pasó a llamar “vulnerables”. Sufrimos también de aporofobia, es decir, rechazo al pobre, al pobre que es el que delinque, el que tiene malas costumbres y al que es preciso controlar en su identidad y detenerlo por sospecha. La filósofa Adela Cortina está tratando hace tiempo de que la Real Academia de la Lengua incorpore al diccionario la palabra “aporofobia”, sin éxito hasta ahora, porque los señores académicos están más atentos a expresiones como “cachai” y otras del habla común de nuestros días que los tienen realmente fascinados. “Weón” y “weá” entrarán antes al diccionario que “aporofobia”.

Uno de manera más abusiva y reprobable que el otro, hay ya dos precandidatos presidenciales de derecha que han relacionado migración con delincuencia, rebajando el tema de político a simplemente electoral. Han visto las encuestas que muestran cuánto recelamos los chilenos de los inmigrantes pobres y, como estos últimos no votan y sí lo hacen quienes los rechazan, ambos optaron por no seguir en esto su declarada conciencia cristiana y preferir la inapelable voz de las encuestas.


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