Objeción de conciencia

Objeción de conciencia

Uno de los cuentos más conocidos del escritor norteamericano Raymond Carver se llama “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”, y es probable que a partir de ese título se haya popularizado la práctica de utilizar una similar forma interrogativa para abordar cualquier otro tema. Si alguien va a escribir sobre la justicia, o la globalización, o el fútbol, es frecuente que emplee la fórmula de Carver y acabe titulando “¿De qué hablamos cuando hablamos…?”, y ponga enseguida “justicia”, “globalización”, “fútbol”. Tanto es así que esa manera de titular se ha transformado casi en un tópico -un tópico académico y también periodístico-, y debe ser por eso que me resistí a utilizarla en el caso de esta columna, que bien pudo llamarse, siguiendo la moda, “¿De qué hablamos cuando hablamos de objeción de conciencia?”.

"La objeción de conciencia es individual, no colectiva, o sea, puede ser invocada por personas determinadas y no por colectivos de estas"

En estos días estamos hablando mucho de objeción de conciencia, y eso a partir del proyecto de ley que despenaliza el aborto en tres causales, aunque no siempre tenemos claro qué es la objeción de conciencia. Decimos, por ejemplo, que los médicos que el día de mañana sean requeridos para practicar un aborto (supuesto que el proyecto se apruebe y que el Tribunal Constitucional no lo eche abajo) deberían tener derecho a la objeción de conciencia, es decir, a negarse por motivos de orden moral a una intervención como esa, y algunos agregan que tal derecho deberían tenerlo también los demás profesionales de la salud que acompañen a un médico al momento de practicar un aborto. Se trata de asuntos debatibles, como todo en un proyecto de esta índole, pero antes es necesario aclarar qué es la objeción de conciencia, o sea -y ahora a la Carver-, preguntarnos  ¿de qué hablamos cuando hablamos de objeción de conciencia?

En toda sociedad democrática hay obligación de cumplir con el derecho que aprueban autoridades que han sido elegidas por los ciudadanos y que estos tienen la posibilidad de controlar y juzgar en sus decisiones, pero de pronto puede dictarse una ley o una disposición administrativa que imponga un deber que contraríe fuertemente importantes convicciones morales de uno o más sujetos y que estos, apelando a su conciencia, se excusen de cumplirlo y sin que por ello tengan que sufrir sanción alguna por el incumplimiento. El caso del servicio militar obligatorio es el más común: todos los jóvenes de cierta edad tienen que presentarse a hacerlo, pero uno de ellos, convencido pacifista, podría ser eximido por la misma ley que de manera general establece ese deber.

Tal como se ve, se trata de una situación excepcional, puesto que la obligación de obedecer el derecho se desplomaría del todo si cualquier sujeto ante cualquier deber jurídico pudiera excusarse de cumplirlo diciendo que tiene reparos de conciencia. ¿Se imagina usted que un neoliberal de nuestros días, de esos que consideran injusto o inmoral que el Estado imponga tributos para financiar programas públicos de salud o de educación, se negara a hacer su declaración de renta por estimar que los impuestos que impone el Estado son expropiaciones de la propiedad privada de las personas? Yo sí me lo imagino; es más, conozco a varios.

La objeción de conciencia es individual, no colectiva, o sea, puede ser invocada por personas determinadas y no por colectivos de estas. Es también personal, no institucional, vale decir, se trata de un derecho establecido a favor de los sujetos y no de las instituciones en las que ellos puedan trabajar, cuyas cabezas directivas o propietarios, por tanto, no pueden suplantar la conciencia  personal da tales sujetos. Por lo demás, son los individuos los que tiene conciencia, no las instituciones. Y, por último, la objeción de conciencia es una excusa individual frente a una disposición legal y no una protesta contra esta que pida su derogación. Es en el primero y tercero de tales aspectos que la objeción de conciencia se diferencia de otra modalidad de desobediencia al derecho por motivos morales: la desobediencia civil.

Aunque no hayamos empleado la fórmula de Carver, espero que esta columna ayude a una mejor comprensión de la respuesta a la pregunta ¿de qué hablamos cuando hablamos de objeción de conciencia?


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