Piñera y Guillier: muy parecidos
Opinión
Agustín Squella Agustín Squella
Abogado

Piñera y Guillier: muy parecidos

Incluso a quienes teníamos preferencia por Ricardo Lagos, lo ocurrido hace una semana en el Comité Central del Partido Socialista causó poca sorpresa. Cerrar la puerta a Lagos, como antes a Insulza y a Atria, otros dos aspirantes socialistas también  mal ubicados en las encuestas, era algo previsible en una colectividad política que, como todas, se dejaría llevar al fin por el oportunismo antes que por las ideas, por los cálculos antes que por los planteamientos, por el apetito de ganar y no de convencer, por las encuestas antes que por la democracia interna que los partidos tendrían que ser los primeros en respetar. Es cierto que hay también otros factores que explican que la postulación de Lagos haya sintonizado poco con la opinión pública -algunos atribuibles a él y otros a la percepción que muchos tienen del gobierno que hizo el ex Presidente-, pero no cabe duda de que incidieron bastante menos que el oportunismo en la decisión socialista.

Las candidaturas de Piñera y de Guillier se parecen bastante. De partida, ambos han sido proclamados por partidos en los que no milita ninguno de los dos, porque, claro, ser o parecer independiente de los partidos es algo que congratula con una ciudadanía ya harta de ver las transversales incorrecciones de estos, de sus dirigentes, de sus parlamentarios. Harta también de que los rabiosos grupos de poder que existen al interior de cada partido, con manifiesto abuso del lenguaje, se presenten como distintas “almas” o “sensibilidades” de las distintas colectividades. Hartos, en fin, de que los partidos políticos -aquí y allá, porque el fenómeno no es puramente local- pretendan contrarrestar la grave y justificada pérdida de confianza ciudadana recordándonos a cada instante que ellos son indispensables para el funcionamiento de la democracia.

Se parecen también esas dos candidaturas en que ninguno de los dos postulantes satisface realmente a su sector, algo que se capta muy bien en las conversaciones privadas con quienes se declaran partidarios de Piñera o de Guillier. En verdad, no hay tales partidarios, o muy pocos, porque buena parte de la derecha liberal tiene escaso respeto por un ex Presidente que todavía no separa sus negocios de la política, mientras que la derecha más dura no le perdona ni el cierre del Penal Cordillera ni, menos aun, el famoso mote de “cómplices pasivos”, aunque, la verdad sea dicha, Sebastián Piñera se quedó corto con esa expresión, puesto que los civiles que colaboraron con la dictadura fueron activos, muy activos. En el otro lado, Guillier convence poco o nada a la izquierda de la Nueva Mayoría, aunque esta ve en él la única posibilidad de conservar el poder, lo mismo que la derecha ve en Piñera la única oportunidad de recuperarlo. Llegado el momento, Piñera y Guillier tendrán muchos votos, pero pocos partidarios.

Se parecen, en fin, en que ambos se manejan casi siempre con titulares, con frases hechas, con cuñas que repiten majaderamente ante la prensa, mientras que los grupos más activos de pensamiento, tanto a derecha como a izquierda, se están moviendo fuera de ambas candidaturas y encontrando expresión en intelectuales y líderes jóvenes que se posicionan lejos de las dos figuras que con mayor probabilidad van a disputar esta año la segunda vuelta electoral. Con todo, hay en esto una asimetría: mientras esos intelectuales y líderes jóvenes se desplazan en el caso de la derecha hacia menos derecha, en el de la izquierda lo hacen hacia posiciones más de izquierda.

Lucha por el poder, eso es la política. Lucha por ganarlo, por ejercerlo, por conservarlo, por incrementarlo, por recuperarlo, y lo bueno es que la democracia sujeta eso a reglas y permite reemplazar gobernantes sin derramamiento de sangre, sustituyendo por el voto el tiro de gracia del vencedor sobre el vencido. Y si bien todo eso puede entenderse sin problemas, lo malo para una sociedad -y en esto la nuestra vuelve a no estar sola- es que todo se reduzca a lucha por el poder y a la recíproca, altisonante y majadera descalificación de los partidos, coaliciones y candidatos que compiten por él. Casi todo el mensaje que se escucha son declaraciones acerca de contra qué están Piñera y Guillier: en un caso la retroexcavadora, en el otro la derecha.

Después de lo ocurrido en el PS, como también a propósito de otros episodios de la vida política nacional reciente, queda claro, una vez más, que la política nunca ha sido la actividad en que predominan los mejores sentimientos del corazón humano, aunque no se ve por qué tengan que hacerlo los peores.