Crédito: Agencia Uno
Populismo y posverdad

Populismo y posverdad

Las palabras que incluyen  los prefijos “pos” o “neo” se asientan con facilidad en el habla y la escritura de intelectuales, columnistas y otros colectivos a la caza de curiosidades  y términos novedosos. Hoy es el turno de posverdad. Decimos también  posmodernidad, pospositivismo, posdemocracia, como si hubiéramos dejado  atrás cada uno de esos fenómenos. Jorge Millas solía denunciar de los tics y manías de turno de los que cada generación es presa a su manera.

   El caso más exitoso, pero no por ello  menos curioso, es el de “posmodernidad” para referirse a los tiempos que corren desde hace ya una buena cantidad de décadas. Se lo compraron todos y empezaron a repetirlo como si su llegada hubiera sido tan evidente como la de la próxima primavera. Todos sabemos qué es la modernidad y cómo ella se abrió paso a partir de los siglos XVII y XVIII, de manera que con “posmodernidad” querríamos decir que aquella era o edad de la historia de la humanidad acabó y que nos encontraríamos ya en una fase o momento posterior. Un momento posterior del que sabríamos tan  poco que no estamos en condiciones de adjudicarle otro nombre que el que componemos con una palabra que lo único que dice es que vino después de otro  para el que sí tenemos un nombre.

   Quizás las cosas ocurran de esa manera porque las distintas épocas de la historia de la humanidad  nunca son bien comprendidas por quienes las viven. Lo son, si acaso, por las generaciones posteriores, y a veces muy posteriores, y son estas las que les adjudican  un nombre. Los filósofos griegos anteriores a la era cristiana no sabían que pertenecían a la antigüedad, ni Tomás de Aquino a la edad media, ni Voltaire a la modernidad. Así las cosas, ya se verá cómo llaman a nuestro tiempo quienes lo examinen  más adelante con la suficiente lejanía que impone el paso de las generaciones y las ideas. Y aunque el término parece  batirse en retirada, continuaremos hablando de “posmodernidad”, al menos por ahora, o echando mano de expresiones sustitutas tan imprecisas como “modernidad  tardía”, “segunda modernidad” o “modernidad líquida”.

  “Populismo” es otra palabra que se ha puesto a la orden del día, y aunque no tiene un significado unívoco, se la suele utilizar para denunciar a los  políticos que hacen promesas que no se pueden cumplir y que formulan solo con la finalidad de halagar a las masas y obtener su favor. Es también frecuente que esa palabra se emplee a la manera de un arma arrojadiza que lanzar a la cara de quienes promueven cambios o reformas que, siendo posible llevar a cabo, no son de nuestro agrado. Así, por ejemplo,  bastó el tímido anuncio de una reforma laboral destinada a reforzar el derecho colectivo del trabajo que la dictadura militar había pulverizado para que la derecha –tradicionalmente mezquina con los derechos de los trabajadores- pusiera el grito en el cielo y acusara de populismo a quienes promovieron esa legislación. Este uso de la palabra “populismo” –uso y abuso- la convierte en un epíteto con el que descalificar cualquier  iniciativa a favor del mundo de los trabajadores y de aquellos que viven en situaciones más vulnerables.

  “Populismo” tendría que ser una buena palabra, no una incriminación de la que hacer objeto a opositores políticos que no piensan como nosotros Tendría que ser  un término con el que aludir a ideas y planteamientos a favor de lo que antes llamábamos “pueblo” y ahora  “gente”, una expresión con la que aludir a la disposición virtuosa a favor de quienes se hallan más desprotegidos en el seno de nuestras sociedades capitalistas contemporáneas. Y todo eso en el entendido de que, así como la esclavitud nos parece hoy una institución injusta, cruel, inaceptable, del mismo modo mañana, o pasado mañana, la pobreza y las  desigualdades hondas y prolongadas en las condiciones materiales de existencia de las personas y las familias parecerán también, a nuevas generaciones, un estado de cosas completamente inaceptable.


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