Crédito: Agencia Uno
Locales y mesas de votación elecciones 2017

Preguntas sobre la democracia

Con gran asistencia de público y su habitual variedad y calidad de actividades, acaba de ponerse término en Valparaíso a la séptima versión de Puerto de Ideas, una iniciativa para la que su creadora, inspiradora y directora –Chantal Signorio- ha conseguido el respaldo de instituciones públicas y privadas que creen en las ideas y en que Valparaíso es un  buen lugar de acogida para ellas. Fueron tres días durante los cuales se pudo escuchar y conversar con el arquitecto Alejandro Aravena, Premio Pritzker 2016, con el escritor y cineasta francés  Philippe Claudel, con el igualmente escritor y cineasta Alberto Fuguet, con los politólogos Fernando Vallespín y Jesús Silva-Herzog, con el neurocientífico Facundo Manes, con el historiador chileno Rafael Sagredo, con nuestra ensayista Adriana Valdés, con el antropólogo Andre Staid, con la escritora camerunesa Leonora Miano, y con los dos Martin –Martin Hilbert y Martin Hopenhayn-, quienes estuvieron acompañados por la psicóloga Constanza Michelson,  unos nombres que no agotan la lista de invitados  que tuvo esta nueva versión de Puerto de Ideas. Instituciones públicas y privadas que creen en las ideas –indicamos al inicio- y que creen también en que la búsqueda de la verdad, sea lo que sea lo que designamos con esa palabra, es siempre colaborativa y no la tarea de algún o algunos seres privilegiados que hayan sido especialmente iluminados por la razón o alguna especie de divinidad. A Puerto de Ideas se va a conversar y no a convertir.

Una de las actividades que congregó mayor cantidad de público estuvo dedicada a la posverdad, una palabra que ni es tan vieja ni tan nueva como se cree, en la que Hopenhayn, Hilbert y Michelson, con lucidez, buen lenguaje y sentido del humor, dieron vuelta en torno a una expresión que se  ha sumado con gran  éxito a la ya extensa lista de palabras a las que  se está poniendo el prefijo “pos”, un tic  o manía de nuestro tiempo solo comparable a las muchas otras palabras a las que se antepone el prefijo “neo”. Muchos “pos” –partiendo por la palabra más imprecisa de todas (posmodernidad)- y también mucho “neo” –partiendo en este caso por la más discutida de todas (neoliberalismo)-, como si de manera simultánea estuviéramos dejando atrás muchas cosas e inaugurando o dando vida a  otras. En medio de tanto “pos” y “neo” pareciera que nos estamos moviendo constantemente entre el pabellón de maternidad de una clínica y su depósito de cadáveres. Y la pregunta, claro está, es si acaso no estaremos enterrando muchas cosas antes de tiempo, como cuando se habla de posmodernidad, posfilosofía, posdemocracia, y anunciando  también nacimientos que  podrían no ser tales, como en el caso de neoliberalismo, neoconservadurismo, neopositivismo, y así.

Vallespín, de España, y Silva-Herzog, de México, junto a Manuel Antonio Garretón, conversaron sobre la crisis que vive hoy la democracia a nivel planetario, correctamente moderados por Consuelo Saavedra. Lo bueno de esta moderadora, como también en el caso de Constanza Michelson, Héctor Soto y los que  condujeron otras conversaciones, es que tenían un buen conocimiento del tema o asunto al que se referían los expositores invitados, transformándose en cierto modo en un discreto panelista adicional tan versado como los hablantes principales.

¿Crisis? ¿Transformación? ¿Decadencia? ¿Qué es exactamente lo que pasa con la democracia en los tiempos que corren? ¿Por qué se la prefiere por lejos como la mejor forma de gobierno y por qué se vive un evidente y generalizado desencanto con ella? ¿Es que la democracia hizo promesas que no ha sido capaz de cumplir o que los ciudadanos hemos esperado de ella cosas que nunca prometió y que jamás pudo prometer, como felicidad –por ejemplo-, una palabra que anda en boca de muchos políticos como si  no tuvieran ya bastante con las tareas de proveer bienestar a las personas y desarrollo a los países que gobiernan? ¿ Tiene remedio la mala calidad de los políticos, que acabó contaminando a la actividad que ellos hacen –es decir, a la política- y lo tiene acaso la mala calidad de esta, que , a su vez, habría terminado por contaminar a la democracia como forma de hacer política? Ese tipo de preguntas estuvo muy presente en el panel de Vallespín, Silva- Herzog y Garretón, pero también en otros de la reciente versión de Puerto de Ideas.

Es evidente que para la democracia necesitamos nuevas ideas, aunque, claro, de ideas que la mejoren y no la vacíen de contenido, que es lo que pasa  cuando se habla de “democracia popular”, “democracia protegida”, “democracia autoritaria”, y otras expresiones que, como en el caso de esas, el adjetivo deja sin contenido  al sustantivo.


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