¿Quién fue Lucia Berlin?

¿Quién fue Lucia Berlin?

Tenemos una respuesta para esa pregunta. Desde luego, fue una mujer muy bella, atendida la fotografía que tengo a mi vista, una imagen tomada seguramente en los años 50 y en la que lleva un  delgado suéter claro de verano, mientras con su mano izquierda, levemente echada hacia a atrás, sostiene un cigarrillo que recién ha empezado a consumirse. El peinado y un maquillaje algo pesado de su boca y ojos la hacen parecerse a una actriz de Hollywood. A los 35 años tenía ya 4 hijos y tres matrimonios fallidos, y si bien no supo cómo sacar adelante sus relaciones con los hombres, sí lo hizo con esa temprana descendencia, para la cual trabajó como  telefonista, auxiliar de enfermería, empleada doméstica y profesora, labores a las que nunca faltó por mucho que hubiera sido el alcohol que había bebido la noche anterior. De vida algo trashumante, residió en Alaska, Nueva York, Colorado, México, California, Arizona y Santiago de Chile. En una carta escrita a sí misma el 21 de mayo de 1995 contó que “los pájaros  se comieron todas las semillas de malvarrosa y delfinio que planté…Sentados ahí en fila, como en la barra de una cantina”.

Basta leer una y otra vez la segunda de tales frases -“sentados ahí en fila, como en la barra de una cantina”- para descubrir quién fue Lucia Berlin. Naturalmente, fue una escritora. Una escritora largo tiempo no considerada -que es algo peor que olvidada- y que, salvo un premio por aquí y otro por allá, y exceptuado un volumen de cuentos por aquí y otro por allá, no causó gran impresión a editores, críticos ni lectores de su tiempo. Murió en 2004 y solo ahora, a partir de 2015, su obra empieza a ser realmente vista y apreciada en los Estados Unidos y, asimismo, entre los críticos y lectores en lengua castellana. Su “Manual  para mujeres de la limpieza” acaba de ser publicado en nuestra lengua, y si se tratara de decir algo concluyente a favor de esta obra, bastaría con hacer lo que han hecho ya varios críticos: compararla con Raymond Carver, el maestro del cuento norteamericano del siglo XX.

"Solemos decir que el tiempo de los libros es el verano, sencillamente porque disponemos de más tiempo para leerlos, salvo que hayamos tenido la vida de Lucia, quien nunca supo de vacaciones"

Una prosa económica, límpida, cruda, directa,  y con personajes que casi se pueden tocar con la mano gracias solo a unas cuantas  líneas de escritura. Textos inequívocamente autobiográficos, sensibles mas no blandos, por los que desfilan personajes y situaciones con los que cualquier lector puede desarrollar una empatía tan fácil como profunda. Aunque la mayor empatía es la que acaba produciéndose con la propia autora de los relatos.

“Manual para mujeres de la limpieza” es uno de los relatos de este volumen, precisamente aquél que da el título al conjunto de este, y trata de cuatro de ellas que viajan por la tarde de vuelta a casa en el mismo autobús, y uno de cuyos consejos es este: “aceptad todo lo que la señora os de y decid gracias. Luego lo podéis hacer desaparecer en el autobús, en el hueco del asiento”. Y este otro, tan lacónico como certero: “nunca trabajéis para psiquiatras. Os volveréis locas”.

No está mal ese relato. No está nada de mal. En verdad es endiabladamente bueno. Pero hay otros aún mejores, y es del caso que cada lector los descubra por sí mismo. Uno de ellos, “Buenos y malos”, transcurre en Chile, el año 1952, cuando Lucia vivió aquí con su padre, un ingeniero de minas que trabajada para la CIA, y estudió en un colegio norteamericano donde su profesora les hablaba mal de sus padres a las alumnas, padres casi todos norteamericanos, desde el Embajador para abajo, y quienes Miss Dawson llamaba “villanos”, una diatriba que no impidió que Lucia y su profesora pudieran tener largas conversaciones durante los recreos, unos recreos que olían a rosas.

Solemos decir que el  tiempo de los libros es el verano, sencillamente porque disponemos de más tiempo para leerlos, salvo que hayamos tenido la vida de Lucia, quien nunca supo de vacaciones. Pero el invierno, en cuanto nos recluye temprano en casa, es también una invitación a la lectura.

Si usted toma ahora “Manual para mujeres de la limpieza” lo terminará pronto, y no porque sea breve, sino porque lo más probable es que corra por sus 427 páginas, luego de lo cual podría pasarle lo mismo que a mí: preguntarse cuándo tendremos en castellano una nueva obra de Lucia Berlin.


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