Sacarle el jugo a Francisco

Sacarle el jugo a Francisco

No es usual que un pontífice de la iglesia Católica visite nuestro país. Hasta ahora, la única vez había sido aquella en que Juan Pablo II puso pie en Chile durante la dictadura militar, un acontecimiento que en ese momento trataron de aprovechar tanto el dictador como sus detractores: el primero sacando al pontífice a uno de los balcones de La Moneda para que viera no cuánto apoyo tenía el prelado de Roma, sino el propio gobernante militar que en ese momento extendió uno de sus brazos sobre la multitud, casi como si le perteneciera; y los segundos porque, con justa razón, veían en Juan Pablo II al jefe de la única institución importante que en Chile no se había inclinado ante la prolongada dictadura que se inició con el golpe de Estado de 1973. En cualquier caso, la visita de Juan Pablo II alentó más a los opositores que a los partidarios del régimen de Pinochet, puesto que, cuando menos, dio voz pública a los reclamos políticos y sociales de una población cuyo 40% vivía en condición de pobreza y cuyos dirigentes eran, cuando no encarcelados o exiliados, dura y constantemente hostilizados por un régimen que no admitía la disidencia.

Por lo demás, eso es lo que suele ocurrir con la doctrina católica en general: como  tiene una muy extendida aceptación en nuestro país, hay grupos que aprovechan una parte de ella, mientras otros destacan otra que sienten más próxima. Así, por ejemplo, la mayor parte de la derecha chilena desatiende y hasta se mofa de la doctrina social de la iglesia y su crítica al capitalismo, pero, a la vez, celebra los planteamientos conservadores acerca de sexualidad, reproducción humana y familia. Por su lado, el mundo laico de izquierda aplaude hasta hoy la conducta de la iglesia Católica durante la dictadura, pero protesta cada vez que sus clérigos y obispos tratan de de influir en las decisiones de un parlamento que funciona en un país ya largo tiempo separado de la iglesia. Los propios católicos suelen tener sentimientos encontrados respecto a su iglesia, en especial de la jerarquía, porque la ven alejada de la imagen y el modelo del profeta que hace dos mil años recorría Galilea sin más vestimenta que una túnica ni calzado que unas sandalias.

"Bien por el Papa Francisco que haya perdido perdón por los abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes, aunque debió pedirlo también por aquellos pastores de su iglesia que en presencia de tales abusos miraron para el lado y encubrieron luego a los culpables. Por lo demás, pedir perdón no basta. También debe haber justicia"

No es posible olvidar que el hoy santificado Alberto Hurtado, una figura especialmente destacada por el actual Papa, fue tildado de “cura rojo” por los sectores católicos conservadores de mediados del siglo pasado.

Un sacerdote habló en Santiago de “sacarle el jugo a Francisco”. Lo hizo de buena fe, sin duda, pero el hecho es  que mientras unos tratan de sacarle jugo por un lado, otros lo intentan por el lado opuesto.

Eso es lo que está pasando, ahora mismo, con motivo de la visita papal. Unos aplauden cada vez que habla de justicia social, mientras otro sector permanece indiferente; unos baten palmas cada vez que pone límites en materia de sexualidad, reproducción humana, matrimonio  y  familia, y otros alzan la voz en señal de protesta. Y eso no solo en general, sino  también entre quienes se consideran católicos. ¿Cuánta división hubo en ellos cuando se aprobó aquí la ley de divorcio, o la igualdad de derechos de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio, o la reciente legislación que despenalizó el divorcio en tres causales? Incluso dentro de un mismo credo religioso –el cristianismo- y aún dentro de una misma iglesia –la Católica-, los fieles están cada día más proclives a formarse sus propias opiniones con independencia de lo que postulen los clérigos y ministros. Y si se me permite una acotación adicional, es  rara la incondicional y pareja devoción que el mundo católico manifiesta ante pontífices tan distintos -distintos en carácter, actitud, ideas y planteamientos- como han sido Juan Pablo II, Benedicto XVI y el actual Papa Francisco. Parece que basta con que un cardenal de la iglesia llegue a Papa para que todos los católicos, ipso facto, caigan rendidos ante él, así profese ideas e impulsen acciones que poco tienen que ver con las de sus antecesores. Lo que yo veo tras ese fenómeno es una cierta nostalgia de la monarquía, del poder inconmensurable de uno solo, de la adoración de alguien que, igual que los antiguos monarcas, llega al poder por designio divino. 

La visita del para Francisco ha tenido la típica ambigüedad de su doble rol de jefe de un Estado –el Vaticano- y  de cabeza de una iglesia, la Católica. Eso también es muy raro. Por ejemplo, cuando llegó a la Moneda a entrevistarse con Bachelet, era, ante todo, un jefe de Estado, pero cuando ofició luego la misa del Parque O'Higgins, era la cabeza de una iglesia cristiana en particular. Lo cual me motiva a decir lo que suelo expresar a mis amigos católicos: es muy malo para una iglesia ser también un Estado, y es probable que la recuperación de la iglesia Católica en el mundo pase, entre otras cosas, por renunciar a la institucionalidad política que tiene actualmente. Jesús tuvo el propósito de fundar una iglesia, no un Estado.

Bien por el Papa Francisco que haya perdido perdón por los abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes, aunque debió pedirlo también por aquellos pastores de su iglesia que en presencia de tales abusos miraron para el lado y encubrieron luego a los culpables. Por lo demás, pedir perdón no basta. También debe haber justicia, y son varios los abusadores sexuales de la iglesia local que gozan de confortables retiros, dentro y fuera de Chile, facilitados por la misma iglesia. Además, se debilita mucho el pedido papal de perdón si entre los obispos asistentes a la misa del Parque O'Higgins había uno que, blindado por sus colegas episcopales, parecía completamente sustraído a las acusaciones que pesan sobre él y a la honda división que  su  presencia ha producido entre los católicos de su diócesis.


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