¿Somos un país republicano?

¿Somos un país republicano?

Decimos que el pronto reconocimiento de su derrota por parte de Alejandro Guillier fue un gesto republicano y lo mismo se afirma de la visita que hizo al candidato ganador la misma noche del domingo 17. Un par de días después, cuando un ex Presidente del sector político opuesto al del mandatario electo se reunió con este, volvimos a destacar ese acto como un episodio republicano y otro tanto vamos a hacer cuando en marzo del próximo año tenga lugar la ceremonia en que Michelle Bachelet haga entrega de la banda presidencial a Sebastián Piñera. En fin, todos recordamos las exequias del Presidente Patricio Aylwin y el espíritu republicano que estuvo presente en cada uno de sus momentos.

Todo eso está muy bien, aunque se corre el riesgo de creer que el espíritu republicano es aquel que flota en determinados actos públicos en los que se percibe una cierta mezcla de solemnidad ceremonial y altruismo por parte de quienes participan en él y que, por lo mismo, son capaces de producir una emotiva vibración ambiente que se extiende por la piel de todos los asistentes y por la de quienes observan tales actos en los televisores de sus hogares. El riesgo consiste en creer que tal espíritu aparece únicamente en determinadas actividades públicas dotadas de poder simbólico y regidas por un estricto e inusual protocolo.

Porque una república es mucho más que eso. Desde luego, no es solo lo opuesto a monarquía, es decir, a aquel régimen en que el gobierno está en manos de uno solo que accede al poder en consideración al vínculo de sangre que tiene con el monarca anterior y sin que en tal sustitución quepa al pueblo ninguna participación más que agitar banderitas en las calles y apartar una lágrima cuando el nuevo rey aparece en el balcón para saludar a la multitud. Es cierto que en las actuales monarquías constitucionales los reyes reinan pero no gobiernan, pero lo propio de la monarquía clásica es que se trata siempre del gobierno de uno, no de pocos (aristocracia) ni tampoco de muchos (democracia).

Si “democracia” es una palabra griega, “república” es un término romano. Dos viejas palabras que no pocas veces, sin embargo, se utilizan como sinónimos, es decir, como gobierno de la mayoría. Ambas son bastantes simples desde el punto de vista etimológico, que en el caso de la segunda de ella es “res-pública”, o sea, cosa pública, aunque se trata de un término que no tiene un uso único ni uniforme en el lenguaje de la teoría política.

En rigor, hay una diferencia importante entre “democracia” y “república”, puesto que la primera es una forma de gobierno que responde a la pregunta acerca de quién debe gobernar (el pueblo), mientras que la segunda contesta a la cuestión de para qué se debe gobernar, diciéndonos que el objeto único de un gobierno republicano es el bien general de la sociedad y no el personal de los gobernantes ni el privado de algún grupo de interés de los muchos que existen al interior de toda comunidad organizada. La república es una manera de ejercer el poder a favor de la cosa pública, y lo que la caracteriza es la constante búsqueda del bien general o común. Se trata del modo de gobernar de quienes son capaces de alzarse por encima del torbellino de los intereses privados y sectoriales, de quienes forman sus juicios y toman las decisiones de gobierno de una manera desinteresada y teniendo únicamente a la vista el bien común de la sociedad de que se trate.

"El principal enemigo de la república es la corrupción, es decir, el uso privado de la cosa pública, la apropiación de lo público en beneficio de intereses privados."

Consistiendo en eso la república y el espíritu que la anima, los republicanos son personas que, junto con anteponer el bien general al personal o privado, se irritan con aquellos que promueven sus intereses particulares por medio de la política, lobistas de por medio, como si se tratara de actos desinteresados y virtuosos, hechos en nombre de la patria, pero que ocultan un engaño de fondo. Es legítimo defender los intereses propios, pero no lo es intentar que una causa personal o sectorial luzca como un acto de virtud patriótica. Defender un interés no debería pasar por el engaño de altisonantes declaraciones de desinterés.

Chile es una república, ciertamente, pero se trata de un ideal político y moral, de una guía para la acción de los gobiernos y parlamentos, a cuya altura es necesario ponerse y permanecer. Por tanto, el principal enemigo de la república es la corrupción, es decir, el uso privado de la cosa pública, la apropiación de lo público en beneficio de intereses privados. Mucho más que debilitar o simplemente desprestigiar a una república, la corrupción acaba con ella. Si puede tener sentido hablar de una democracia corrupta, no lo tendría hacerlo de una república corrupta. Una república corrupta resultaría algo tan contradictorio como si dijéramos de alguien virtuoso que está lleno de vicios.


Lo más visto en T13