Crédito: Agencia UNO
Sorpresas de verano

Sorpresas de verano

La mayoría de mis amigos cinéfilos dice que Woody Allen ya no sorprende a nadie, que desde hace tiempo viene solo con el vuelo, que sus grandes películas pertenecen al pasado. Una afirmación  que tampoco sorprende puesto que es lo que suele ocurrir con los grandes realizadores cinematográficos y, asimismo, con los buenos escritores. Al cabo de un tiempo, y solo porque una o dos de sus obras no alcanzan la altura de sus primeras, se les priva de la entusiasta adhesión de un comienzo y sus antiguos fans empiezan a encontrar un cierto deleite en restar importancia al autor que antes adoraron. Hay casos también en los que el enorme peso de un artista –pensemos por ejemplo en Neruda o en Roberto Bolaño- produce, si no envidia, una cierta saturación en sus colegas, críticos y lectores, y es así que no tarda en levantarse un coro de voces pidiendo que se deje de exagerar sobre la importancia de sus obras. Es por eso que uno se encuentra a menudo con un antinerudismo (como que basta ya de ensalzar al vate) y también un antibolañismo (que ante el éxito del autor empieza a poner en duda los atributos de su escritura, especialmente aquellos que en gran cantidad le han adjudicado críticos y lectores extranjeros).

En el caso de Woody Allen es cierto que que viene con el vuelo, aunque no hace mucho  nos regaló una de sus mejores películas: “Match  point”. Ahora, con la última de ellas, recién estrenada entre nosotros, “La rueda de la maravilla”, no añade un título importante a su filmografía, pero nos ofrece un inolvidable personaje femenino, magistralmente interpretado por Kate Winslet, y unos de 10 minutos finales de película que tienen gran categoría, como si de pronto, y ya hacia el final, la película subiera a las nubes. Toda una sorpresa, en consecuencia, porque el espectador parte creyendo que verá otra película de Allen en línea con sus últimas, y se encuentra de pronto con una secuencia final que lo maravilla.

"Bajando ahora a la tierra, nadie podría negar que el primer gabinete del nuevo Presidente de la República produjo también mucha sorpresa, y no precisamente para bien."

Me sorprendí también este verano con la breve novela de un autor chileno, Patricio Jara. La novela se llama “Dios nos odia a todos”, y cayó en mis manos gracias a mi amigo, el lector, escritor, editor  y librero Francisco Mouat. Me dejo caer cada tanto en su librería y él, que conoce bien tantos mis gustos como mis mañas, no tarda en poner en mis  manos los títulos que considera apropiados para un lector que lo que primero pide a una novela es buena prosa, o sea, simplemente, que esté bien escrita, y, en lo posible, muy bien escrita. La historia, el tono, la estructura, todo eso  también es importante, pero la primera prueba que tendría que pasar toda obra literaria es que ya en su primer párrafo las palabras sean las justas para la ocasión. Tan justas como las de la primera frase de la novela de Jara: “Y poco importó después saber si tenía más verdad o más mentira lo que le contaban los marineros escapados del bombardeo a la primera Antofagasta, cuando cayó sobre el puerto una lluvia de muertos tan muertos que hundió los techos de las casas y se desparramó en vísceras luego de rebotar contra el suelo”. Mucho es lo que resuena allí, en ese aguacero de muertos  similar a “una bandada de grandes pájaros negros”. A mí me pareció muy buena esta novela, y no solo la historia, sino, y ante todo, la inusual calidad de su prosa.

"Hay a los menos 4 designaciones, y no precisamente en ministerios de menor importancia, que llaman la atención por la falta de antecedentes de los designados en relación con las carteras que ocuparán."

Bajando ahora a la tierra, nadie podría negar que el primer gabinete del nuevo Presidente de la República  produjo  también mucha sorpresa, y no precisamente para bien. Otra cosa es que el propio Presidente, sus partidarios y algunos columnistas afines al nuevo régimen traten de bajarle el perfil al asunto. Hay a los menos 4 designaciones, y no precisamente en ministerios de menor importancia, que llaman la atención por la falta de antecedentes de los designados en relación con las carteras que ocuparán. He escuchado que en una de ellas –Relaciones Exteriores- la explicación se encuentra en que sería el propio mandatario quien se ocuparía directamente de ellas, lo cual, lejos de constituir una buena explicación, hablaría solo de la sobrevaloración que Sebastián Piñera tendría de sus capacidades. No hay político que no tenga la  autoestima por las nubes  y su buena dosis de narcicismo, pero ¿tanto como eso? ¿Tanto como estar a la vez en La Moneda y en Teatinos con Agustinas, por muy cerca que se encuentren ambas construcciones?

Sí, habrá que ver. A todo nuevo Presidente y sus equipos no hay que descalificarlos de entrada, sino darles tiempo, el tiempo que necesitan y que se merecen, lo cual no excluye la sorpresa ni la crítica inicial que puedan expresarse ante algunas designaciones que poco o nada tienen que ver con las biografías, antecedentes, talentos y convicciones de los designados.


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