Teoría del Viaje

Teoría del Viaje

No por  manoseada deja de tener sentido la distinción entre viajeros y turistas. Yo la encontré hace ya sus buenos años en “El cielo protector”, la espléndida novela de Paul Bowles, la misma que dio origen a una película de Bernardo Bertolucci, con John Malkovich y Debra Winger en los papeles protagónicos, y que nuestras salas de cine, creyendo tal vez que se trataba de una de esas películas de Semana Santa que atraen escaso público, exhibieron con el título siniestro de “Refugio para el amor”. En el filme aparecía también, fugazmente, un anciano Paul Bowles vestido con terno de lino blanco, sentado a la mesa de un café en África, luciendo un aire distraído.

Si el viajero sale solo con pasaje de ida, el turista lo hace con uno de ida y vuelta que confirma y hasta acaricia cada tanto mientras realiza sus desplazamientos. El turista va y regresa, encontrando gran placer en el retorno, mientras que el viajero se interna cada vez más, tierra o mar adentro, sin pensar siquiera en el regreso, atento solo al punto siguiente de su travesía. El turista hace adquisiciones con las que volver a casa y el viajero compra solo lo necesario para continuar el viaje. El viajero no lleva mapas y el turista los pide a cada paso, en la recepción de los hoteles, en las oficinas de turismo, en Internet.

"Echar de menos…¿Puede haber expresión más elocuente para decir que algo nos falta, algo importante, algo de uno mismo que hemos dejado allí donde partimos?"

El turista no arriesga transformarse en otra cosa, mientras que el viajero puede derivar en vagabundo, en alguien que se desplaza no solo sin dirección precisa, sino sin rumbo, sin sentido, un errante que podría acabar moviéndose en un círculo que no advierte y que, sin él quererlo, lo hace volver una y otra vez al punto de partida, igual que pasa con el viajero.

El verano es tiempo de viaje –para los que pueden, se entiende-, y son muchos los que en esta época  hacen honor a su vena nómade y confunden descansar con desplazarse. Las líneas aéreas, los cruceros, las agencias de viaje, han sido bastante eficientes en su campaña por desprestigiar el sedentarismo, esa razonable disposición a obedecer la ley de la inercia y permanecer donde se está y donde se puede incluso ser feliz. De falta de mundo nos acusan a los sedentarios y, en efecto, conocemos poco mundo, aunque la recomendación  de los clásicos  acerca de que una vida sin examen no vale la pena se refiere a la inspección de uno mismo y no a la de cada rincón del planeta que habitamos. Antes de poder llegar a scout fui expulsado de una manada de lobatos: luego de mi primera noche en un campamento en el Fundo Los Perales pedí al sacerdote a cargo del grupo que me permitiera volver a casa. ¿”Qué ocurre?”, me interrogó. “¿Estás enfermo?” “No, respondí. “Echo de menos”.

Echar de menos…¿Puede haber expresión  más elocuente para decir que algo nos falta, algo importante, algo de uno mismo que hemos dejado allí donde partimos?

Del escritor  Michel Onfray se publicó recientemente “Teoría del viaje”, un librito que se lee con agrado a pesar de la militante falta de humor del autor francés. Ni una línea, ni una sola línea, en la que el lector pueda no digo reír sino esacasamente sonreír. Con Onfray todo es grave, sentencioso, imperdible, lo cual no excluye la agudeza de muchas de sus afirmaciones.

Onfray hace la apología del nomadismo y embiste contra aquellos que lo pensamos dos veces antes de hacer  una maleta, y lo que me temo es que mis compatriotas estarán de acuerdo con él y no con el sedentario profesor universitario de provincia que escribe esta columna. Nomadismo y sedentarismo –dice él- son dos formas de estar en el mundo. La forma del  labrador y la forma del pastor. La forma del que está y la del que se mueve.

En lo que sí estoy de acuerdo con Onfray es en su convicción de que es mejor viajar a dúo que solo. A dúo, o sea,  de a dos, porque hacerlo solo obliga a estar demasiadas horas del día con uno mismo y porque viajar en grupos numerosos puede  resultar un fastidio.

Ni solo ni con muchos más: esa es la fórmula.


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