Crédito: BBC
Un reconocimiento tardío

Un reconocimiento tardío

Bernard, “Bernie”, Sanders merecía un reconocimiento. Así lo entendí yo al menos, no más verlo y escucharlo en los debates del pasado año en la primaria demócrata de los Estados Unidos. Podía experimentar simpatía por Hillary Clinton, especialmente si la comparaba con los reaccionarios postulantes republicanos que debatían pobremente entre sí, aunque decir eso en el caso de Donald Trump es decir poco, porque el Presidente próximo a asumir, además de reaccionario, es uno de esos pájaros que se sabe cómo llegan al poder, mas no lo que harán con este cuando lo tengan en sus manos. Sin desconocer diferencias, algo parecido a lo que en su hora pasó con Hitler y, en nuestra América Latina, con el comandante Chávez, quienes también se hicieron con el poder por medio de elecciones. Pero, valga repetirlo, era a Sanders a quien yo prestaba mayor atención. Partiendo por la forma, me atraían su energía y la convicción que mostraba en cada uno de sus planteamientos, algo bastante inusual en un político de 76 años. Lo habitual es que si un senador llega a esa edad esté ya corrompido o que se muestre desencantado o francamente cínico frente a los problemas de su país y del mundo.

"Donald Trump, además de reaccionario, es uno de esos pájaros que se sabe cómo llegan al poder, mas no lo que harán con este cuando lo tengan en sus manos"

Como los lectores recordarán, Sanders habló de socialismo, y uno puede imaginarse el efecto que esa palabra produce en los Estados Unidos, sobre todo si se la vincula con los llamados socialismos reales, que no fueron otra cosa que dictaduras comunistas. Por supuesto que el viejo senador por el Estado de Vermont no empleó la palabra “socialismo” en ese sentido, o sea, en la aplicación marxista del socialismo, sino en la versión de un socialismo democrático, esto es, de una doctrina que respeta las reglas de la democracia tanto para acceder al poder como para ejercerlo, conservarlo e incrementarlo. A ese respecto, nunca estará de más insistir en que la democracia es una forma de gobierno que establece reglas bien precisas no solo para acceder al poder, sino también para ejercerlo, conservarlo y aumentarlo. Por lo mismo, el test que debe pasar cualquier gobierno para ser considerado democrático incluye la observación de todas esas reglas y no únicamente de aquellas que se refieren a las elecciones en que se decide quién o quiénes se harán con el poder.

Pero volvamos a Sanders y a su discurso durante las primarias demócratas. Un discurso que pudo asustar a los neoliberales, pero no a los liberales, o -si se prefiere- que pudo intimidar a esa versión del liberalismo que se hace llamar libertarismo o neoliberalismo, mas no a aquella que se suele llamar liberalismo igualitario o liberalismo social. Una distinción a tener presente, puesto que el liberalismo, igual que pasa con el socialismo, tiene distintas versiones o aplicaciones, de manera que, no existiendo un solo liberalismo ni tampoco un único socialismo, siempre se debe preguntar, según el caso, qué liberalismo o qué socialismo. Cada una de esas doctrinas tiene un cuerpo básico de planteamientos acerca del mejor tipo de sociedad que podríamos alcanzar y de los medios para lograrlo, aunque a partir de ese tronco una y otra han echado no una, sino más de una rama, o sea, tienen ellas más de una aplicación posible a partir de su cuerpo básico de postulados.

Junto con denunciar la política exterior armada de su país, Sanders habló en contra del capitalismo financiero de nuestros días y contra los emprendimientos mal llamados empresariales que solo buscan multiplicar el dinero por medio de una u otra pasada al filo de la ley o con abierta e impune violación de esta. Emprendimientos que tienen que ver no con producir, sino con enriquecerse; no con trabajar, sino con especular; no con la inversión, sino con la manipulación; no con el empleo, sino con el uso de apenas una oficina y algunos computadores a los que se alimenta con información privilegiada; no con el desarrollo de los países, sino con la codicia de quienes llevan a cabo estos emprendimientos y eluden el pago de impuestos en paraísos fiscales muy alejados de los países en que consiguieron hacer su fortuna.

Salvo para los votantes de Trump, la elección presidencial norteamericana de 2016 terminó mal, pero dejó la imagen imborrable de un viejo político que habló fuerte y claro en contra de aquellos que dicen defender el sistema de libre mercado y que solo hacen aprovecharse de él utilizando malas prácticas éticas y jurídicas.


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